Café Nexus – Parte 2

IV

Tommy se sentía genial. El aire acondicionado de la cabina del camión por fin funcionaba como debía, y lo estaba aprovechando al máximo. “No más sufrir el maldito calor, gracias a Dios”, pensó el joven, mientras su camión rojo arrastraba el gran trailer cuya pintura blanca ya necesitaba un retoque. “Bueno, Dios y el viejo Frank”. La radio interrumpió sus pensamientos, el sonido de la estática anunciando que se acercaba un mensaje. Con la mano derecha agarró el micrófono del aparato para responder, mientras con la otra en el volante mantenía el curso del camión.

— Tommy Boy, ¿estás ahí? —preguntó la voz que surgía de las bocinas.
— Aquí estoy, Donny. ¿Qué ocurre? —dijo Tommy, para luego rascarse la alborotada cabellera rubia. La gorra azul de camionero, con el logotipo de la empresa ya casi desvanecido, tenía algo que le causaba comezón de vez en cuando.

Tommy casi agradecía la distracción, ya que no quería quedarse hipnotizado por la monotonía del camino. En esos momentos era cuando pasaban los accidentes.

—No has checado con la base en más de cuatro horas, eso es todo —respondió Donny.
— Lo siento mucho, ya sabes lo divertidos que son estos viajes, te distraen de lo importante —continuó Tommy, mientras pensaba en algo entretenido—. Me detuve porque en la última parada había un enorme festival de rock con cervezas y parrilladas, y me pidieron que fuera juez del concurso de camisetas mojadas, así que entenderás que haya perdido un poco la noción del tiempo.
La risa de Donny surgió de las bocinas de la radio.
— ¿Oh, de verdad? ¿Fue más divertido que la feria con un show de los Rolling Stones, hace 2 días? —recordó, con un tono divertido en su voz.
— No voy a mentir, eso fue una mierda muy buena, pero esto fue cien veces mejor —describió Tommy, con una gran sonrisa.

Habían pasado dos días desde la última vez que se afeitó, pero su actitud era que no siempre tenía que verse presentable para alguna imprevista cena con el presidente y la reina de Inglaterra.

— Ya en serio. ¿Sigues apegado a el horario? —cambió Donny, con más seriedad en la voz.
— Lo siento mucho, amigo, pero creo que llegaré media hora antes. Dile a Denise que siento mucho destruir su lindo horario, sé lo mucho que ama esas cosas —dijo el joven, con todo el sarcasmo que pudo reunir en su voz.

Ya se había cansado de la mierda de Denise. Durante los dos primeros meses de su llegada a la compañía, había sido una verdadera tortura tener que lidiar con ella y sus malditos horarios, impresos en el amarillento papel que parecía sacar de una caja de cartón con fondo infinito. Era cierto que había logrado que la compañía de transporte obtuviera más beneficios, pero Tommy habría cambiado todos sus días de descanso por la oportunidad de poder hacer cachitos todos los horarios que colgaban de las paredes de la oficina de esa mujer. Los otros conductores se sentían igual al respecto, pero Tommy era el único que llevaba su molestia a otro nivel. Desde su última discusión con Denise, en que la regordeta mujer le había colgado un número de descripciones insultantes, Tommy se las había arreglado para llegar lo más temprano posible a todos sus destinos. Claro que tenía que saltarse un par de comidas al día aquí y allá, dormir un par de horas menos de lo que debía, o aprovechar las grandes distancias desiertas para subir la velocidad un poco más del límite, pero para él valía la pena el introducir un poco de desorden a los planes de esa mujer. Ella era el tipo de persona que no podía aceptar que algo se hiciera con sólo un instante de diferencia. Una media hora era un cambio que no podía tolerar, iba en contra de su naturaleza, aun si era más temprano.

A Tommy le divertía que Denise no pudiera quejarse de que llegara antes de lo que los clientes esperaban. Lo único que podía hacer era endurecer la expresión mientras hacía malabares numéricos para ajustar de nuevo el horario, según le habían contado los otros conductores.

— Oh, chico, eso le va alegrar el día —lamentó Donny—. ¿No podrías parar a tomar un café o comer un sandwhich?
Tommy soltó una risa breve, a la vez que dio un golpecito de celebración al volante.
— No lo sé, tuve un muy buen desayuno en la mañana, y me siento con suficiente energía para llegar a Nuevo México de un jalón —mintió Tommy.

La verdad era que no iba a llegar media hora antes, sino casi dos horas antes, incluso si se apegaba de manera estricta al horario a partir de ese momento. Ya se había vuelto demasiado bueno para acumular minutos extra aquí y allá, para el disgusto de Denise.

— Te diré qué haré —ofreció el conductor—. En la siguiente oportunidad me detendré, estacionaré con mucho cuidado, pediré la hamburguesa más grande que tengan, luego me lavaré las manos con lentitud, y tal vez hasta me tome una foto con un cacto parecido a Lincoln o lo que tengan por ahí.
— ¿No te cansas de imaginar esas cosas, hombre? —inquirió Donny.
— Debo de mantener la cordura de alguna manera, si no mi compañero el conejo invisible se preocuparía de veras —finalizó Tommy, sin dejar de sonreír.
— Muy bien, le diré que esta vez llegarás justo a tiempo. No me hagas decir mentiras, ¿Okay? —pidió Donny, no muy convencido.
— Enterado. Si no te compraré una jarra de cerveza al volver —prometió el joven conductor.

Tommy dejó el micrófono otra vez en su lugar, y volvió a concentrarse por completo en la carretera.
“Qué diablos, tal vez sí sea buena idea parar a comer algo”, pensó él, mientras con la vista comenzó a buscar letreros que indicaran la proximidad de un buen lugar para detenerse. De acuerdo a las señales, faltaban quince millas para llegar a Winslow. Pero Tommy no quería gastar tiempo maniobrando en las calles del pueblo, tratando de acomodar el trailer. De ninguna manera iba a renunciar a su cómoda ventaja de tiempo.
El camionero decidió que mantendría el ritmo, y vería como se presentaban las cosas después de pasar Winslow. En el peor de los casos, comería alguna cosa calentada en microondas a bordo de la cabina.

Tommy tanteó por encima del tablero del camión, en la que había varias cajas de discos compactos. Por fin encontró el que prometía en la portada “Las mejores baladas de Rock’n Roll de todos los tiempos”. Con un movimiento bien practicado, sacó el disco de su caja con la mano derecha, y lo metió en el reproductor de música. Las llantas del camión continuaron girando a gran velocidad, mientras el vehículo continuaba por la interestatal 40, rumbo al Este.

El Sol ya comenzaba su descenso, causando que una larga sombra se proyectara en ángulo por delante del camión, como una flecha negra que lo jalara a lo largo del camino.

 

V

Lo primero que sintió Daisy fue el frío del piso contra su mejilla izquierda. La nariz comenzó a picarle por el fuerte olor a cloro del lugar. La adolescente trató de levantarse con cuidado, apoyando su peso en sus delgados brazos. Con mucho esfuerzo logró quedar sentada contra la pared más cercana, casi al lado del lavabo. “¿Dónde estoy?”, pensó ella, mientras trataba de recuperar las fuerzas suficientes para ponerse de nuevo de pie.
Poco a poco fue recordando. Cómo habían dejado atrás el motel donde pasaron la noche anterior, poco antes del alba, el largo viaje a través del desierto, el encuentro con el policía, el letrero al lado de la carretera. Y cómo encontraron aquel restaurante al lado del camino.

Sintió un enorme hueco en el estómago al tratar de recordar las sensaciones que le provocaron el desvanecimiento. En sus diecisiete años de vida nunca se había enfrentado a emociones tan intensas, y a la vez tan extrañas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que cayó al suelo? ¿Por qué nadie había venido a ver como estaba?
Daisy había sido demasiado inquieta en su niñez. No sólo por estar sujeta a una estimulación sensorial más intensa que el resto de la gente, sino también por tener una energía casi inacabable. Hasta aquella vez en que Robert le puso el bote de pegamento a Janice en las manos. La lección que aprendió de esa experiencia fue clara: debía enfocarse en una sola cosa a la vez.

Lo primero era levantarse de aquel frío piso. Daisy tuvo que colgarse del lavabo, preocupándose por un momento si no lo desprendería y le caería encima, pero logró ponerse en pie. El agua de la llave estaba algo caliente, debido a el incesante calor que quedaba atrapado en las paredes de concreto del edificio. Sin embargo, le ayudó el echarse un poco en la cara, la cual fue recuperando poco a poco su color habitual. Daisy respiró de manera profunda. Una parte de ella temía lo que encontraría al salir del baño. Sabía bien que lidiar con las fuentes de las emociones que sentía era algo complicado y desordenado. En particular por lo que había pasado con Robert. Daisy se estremeció mientras trataba de dejar pasar el recuerdo, todavía vívido y lleno de color en su mente.

“Una cosa a la vez, chica. Una cosa a la vez”, pensó ella, mientras veía su reflejo en el espejo del baño. Con un ligero empujón, abrió la puerta del baño con facilidad. Lo primero que percibió fue el olor, que en su boca dejaba un gusto metálico, parecido al cobre. Tras dar un par de pasos de vuelta al café, pudo ver con claridad la sangre, destacando sobre las losetas blancas y negras del piso.
— Oh, Jesús —gimió la chica, tapándose la boca con las manos en un acto reflejo.

La visión se le puso borrosa por las lágrimas, y tuvo que limpiarlas con el dorso de sus manos. Aún así no le costó nada de trabajo el identificar los cuerpos de su madre, Janice, y Mike. Janice yacía sobre un charco de su propia sangre, como una muñeca que una niña hubiera tirado de manera descuidada. Su boca estaba manchada con el mismo tono carmesí del charco de sangre que rodeaba su cuerpo.  Sus ojos parecían mirar a algo distante, mucho más allá de las paredes, sin lograr enfocarlo del todo. La mayor fuente de la sangre era una gran mancha en su abdomen, que había dejado pegajosa su playera. A juzgar por la parte más oscura de la mancha, la herida era grande y muy profunda.

Un poco más adelante, cerca de la puerta, estaba el cuerpo del mesero rubio, llamado Nick. El joven se veía algo más pacífico, casi como si estuviera durmiendo. Pero lo que rompía la ilusión de la calma era el ángulo en que descansaba su cabeza, con el cuello doblado justo a la mitad.

Daisy se acercó a la barra. Sobre ella estaba el cuerpo regordete de la vieja cocinera, tirado encima como si hubiera tratado de saltarla. Sus ojos estaban muy abiertos, con una  expresión de sorpresa congelada en su rostro. En el piso, justo donde se había escurrido de su mano izquierda, estaba un gran cuchillo para cortar carne, manchado de sangre. Era muy parecido al que tenía clavado en la espalda, un poco más abajo de la base del cuello.

Un sonido, casi un murmullo, surgió justo detrás de la barra, llamándola.  Daisy se acercó con mucha cautela, buscando mantener la calma. La chica se asomó por encima de la barra, tratando de mantenerse alejada lo más posible del cadáver de la mujer.

— ¡Mike! —gritó ella para luego subir sobre uno de los bancos y librar la barra casi de un salto.
— Dai… sy…—jadeó Mike, haciendo un gran esfuerzo por juntar el aliento necesario para hablar.
— ¡Oh, Dios mío! —exclamó Daisy, al ver estado en que se encontraba Mike.

El hombre tenía cortadas diversas en los brazos y en la cara. Pero la más profunda estaba justo entre su cuello y su hombro izquierdo. El pánico comenzó a apoderarse de Daisy, la urgencia de hacer algo, pero sin estar segura de qué.

Mike abría la boca, respirando de manera entrecortada, jadeando de manera cada vez más ruidosa. La chica se arrodilló justo a su lado, sintiendo el frío de las losas a través de sus pantalones de mezclilla. Quiso poner su mano sobre el hombro de Mike, pero no se atrevía a tocarlo.
— ¿Ja…nice? —logró articular Mike, pero al ver cómo Daisy bajaba la vista al oír el nombre de su madre, de inmediato supo la respuesta.

Daisy comenzó a sollozar, grandes lágrimas brotaban de sus ojos enrojecidos, y escurrían por sus mejillas. Mike reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

— Ve…te… llama…—indicó él con gran esfuerzo, sabiendo que cada palabra era una cuenta atrás—. po…li…cía.
Daisy sacudió la cabeza de un lado a otro, en negación.
— ¡No, nada de policía! —exclamó la chica—. ¡De ninguna manera!

El hombre joven tomó unas cuantas bocanadas más de aire, cada una más corta que la anterior.

— Haz…lo —insistió Mike.  Sin importar lo que había pasado antes, necesitaba hacer que Daisy entendiera que no había alternativa.
La chica pudo sentir una gran fuerza detrás de las palabras de Mike. Era como si cada palabra estuviera hecha de acero sólido, a pesar de que podía ver como su fuerza física se iba yendo poco a poco.

— Está bien, les llamaré ahora mismo —prometió Daisy, mientras se secaba las lágrimas con la mano derecha—. Tú quédate aquí y resiste.
Mike cerró los ojos. Su respiración ahora era casi imperceptible.

— Tu… madre… —susurró él, en un tono tan bajo que Daisy tuvo que acercarse para oírlo. — Nosotros…
Mike no pudo completar la frase.  Dejó de respirar, dejando que su última palabra colgara en el aire, deteniendo el tiempo por un instante.
— ¿Mike? —preguntó Daisy, con voz queda.

La joven comenzó a sollozar. Su voz se fue elevando hasta llegar a un grito de angustia y dolor.

— ¡Mike! ¡Mike! —gritó dejando que las lágrimas surgieran de nuevo—. ¡Papá!

Lo conoció hacía sólo seis meses pero en ese tiempo su presencia había llenado un vacío en su corazón que ella no sabía que existía hasta entonces.

Pero casi no tuvo tiempo para lamentar la pérdida de su familia. Un ruido surgió de la cocina, el inconfundible sonido del metal, como una campanilla que rompiera la pausa en que se encontraba. La chica se paró lo más rápido que pudo secándose las lágrimas casi a manotazos. La tristeza dio paso al miedo y a la cautela, inspirando su instinto de autoconservación, de salir huyendo sin mirar atrás. Pero otro sentimiento comenzó a cobrar fuerza en su interior. Era algo oscuro, con aristas duras y filosas como la obsidiana. Era lo mismo que había sentido hace sólo unas semanas atrás. Sin dejar de vigilar la puerta de la cocina, Daisy camino alrededor de la barra y con un movimiento rápido se agachó frente al cuerpo de la vieja cocinera. Por un momento dudó en recoger el cuchillo, con toda seguridad manchado con la sangre de uno o ambos de sus padres. Una de las aristas de aquel sentimiento la cortó en su interior. Daisy se forzó a tomar el cuchillo. Luego tomó un puñado de servilletas de un dispensador de brillante metal pulido,y limpió la hoja lo mejor que pudo, tratando de no cortarse la mano izquierda.

Lo había olvidado en la confusión de toparse con aquella escena, pero todavía quedaba al menos una persona en aquel lugar. Alguien que le daría respuestas, o contra quién dirigir las afiladas aristas de su furia. Daisy caminó con la mayor cautela posible, tratando de que las suelas de goma de sus zapatos no rechinaran sobre la pulida superficie de las losetas.
La chica echó un vistazo hacia donde estaba el cuerpo de su madre. Tendría que cubrirlos, a ella y a Mike, con cualquier mantel que encontrara en la cocina. La puerta blanca estaba justo frente a ella. Daisy acercó el oído para ver si podía escuchar algo, alguna indicación de algún peligro desconocido que la acechara del otro lado, pero todo había quedado de nuevo en calma.

Daisy se sentía demasiado inquieta como para percibir alguna emoción de la chica de la limpieza, si en verdad era ella la que estaba escondida tras la puerta. “Al diablo”, pensó la adolescente, abriendo la puerta de golpe, apretando bien el cuchillo en su mano derecha, tan fuerte que sus nudillos palidecían. A pesar de que algunas lágrimas todavía oscurecían su visión, no tuvo problema en encontrar la causa del ruido, y su posible blanco. Encogida en la esquina más lejana de la cocina, justo entre un gran refrigerador de metal y una vieja estufa de color blanco con quemadores de negro lacado, estaba la chica rubia.

Por un momento Daisy sintió lástima por ella. Casi le recordaba a algún animal pequeño que algunos chicos traviesos hubieran acosado con piedras. Pero el sentimiento pasó con rapidez, empujado por el enojo que ocupaba casi todo su ser. La muchacha temblaba de manera visible, mientras abrazaba sus piernas. Sus sollozos eran tan quedos, que casi se perdían antes de que Daisy los escuchara. Caminó con pasos seguros que rechinaron en aquella cocina vacía como al retirar la aguja de un disco de vinilo antes de que parara el tocadiscos.

Kim chilló al sentir que una mano la agarraba del cabello, forzándola a salir de su improvisado escondite.  La chica se retorció mientras era arrastrada por el piso que tantas veces tuvo que limpiar, hasta que fue lanzada contra la mesa de metal que había en el centro de la cocina. Levantó los brazos en un gesto reflejo, tratando de protegerse, pero Daisy la forzó a bajarlos. La joven posó la rodilla derecha en el suelo, y acercó el gran cuchillo lo suficiente para que la otra chica lo viera. Kim dejó de moverse, entendiendo la amenaza implícita.  Daisy volvió a sentir lástima por ella. Sus ojos verdes rebosaban de lágrimas, y parecían mucho más grandes de lo normal. Su labio inferior no dejaba de temblar, tratando de contener sus sollozos. Viéndola más de cerca, se dio cuenta de que era un par de años más joven que ella misma.

— Por favor, no más —pidió Kim, en una voz muy queda, casi en un quejido—. ¡No más!
— ¿No más qué? —preguntó Daisy, sin bajar el cuchillo.

Kim tragó saliva antes de responder. —¡No me lastimes más, por favor! —suplicó la chica rubia, escondiendo la cabeza entre sus brazos—. Ya no puedo más…

El sentimiento de enojo abandonó a Daisy de manera lenta, como si un velo se levantara, y fue reemplazado por otra sensación que venía de la chica. Una que ella había conocido muy bien, hasta hace poco. Miedo. La chica rubia estaba llena de miedo. La rodeaba casi como si fuera un hedor que bloqueaba el exagerado olor a cloro que parecía llenar a todo el restaurante. Y muy poco de ese miedo era por causa de Daisy.
Antes de que pudiera disculparse con la chica, el sonido de un portazo provino del otro lado del muro que dividía la cocina del área de comer. Daisy se levantó con cautela, echando un vistazo por la ventana que los comunicaba, pero no pudo ver gran cosa. La chica echó un vistazo hacia Kim, pero ella seguía hecha un ovillo, sollozando de nuevo de manera muy queda.  Daisy trato de relajarse, pero los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza. Hasta donde podía percibir, no había nadie del otro lado de la puerta. La abrió despacio, planeando asomarse poco a poco. No parecía haber ningún peligro, así que salió de la cocina, de nuevo posando cada paso con mucho cuidado.

Llevaba el cuchillo frente a ella. La brillante hoja todavía tenía algunas manchas carmesí que se iban oscureciendo poco a poco. Lo primero que hizo fue ver hacia dónde había dejado el cuerpo de Mike.

— ¿Pero qué… mierda? —soltó Daisy en voz alta.

El cuerpo de Mike ya no estaba ahí apoyado contra la pared divisoria. Lo único que quedaba eran un par de grandes manchas de sangre. Daisy rodeó la barra, impulsada por una acelerada urgencia. El cuerpo de la vieja cocinera seguía imperturbado, pero no le importó su estado. La chica soltó un gemido. Tampoco estaban los cuerpos de Janice y el mesero rubio.

Daisy caminó unos cuantos pasos, sin dejar de ver el espacio que acusaba la ausencia del cadáver de su madre. Al igual que con Mike, lo único que quedaba detrás eran las manchas de sangre, que ya comenzaban a secarse. Se sentó sobre uno de los banquillos que rodeaban la barra, y dejo el cuchillo sobre la superficie, blanca como el hueso. Por primera vez en su vida no sabía que emoción sentía. En su interior sólo había un torbellino que no parecía que fuera a parar jamás.
Daisy comenzó a reír, como si toda la situación fuera un absurdo chiste cuya resolución acababa de adivinar. La risa no tardó en convertirse en un llanto ahogado. La adolescente cruzó los brazos sobre la barra y hundió la cabeza entre ellos. Su cuerpo entero comenzó a temblar.
La luz que entraba por las grandes ventanas del Café Nexus comenzó a teñir los alrededores con los tonos dorados del atardecer. Seccionada en cuadrados idénticos por las ventanas, la luz comenzó a descender por las paredes. Daisy no dejó de sollozar sino hasta que la luz casi tocó el suelo.

 

VI

El oficial Richard Kenneth se detuvo en la estación de servicio, justo cuando el gran disco solar se había ocultado tras el vasto horizonte del desierto. Richard bajó sin prisa de la vieja patrulla Ford, pintada en color blanco y negro, cerrando la puerta con un sólido golpe. Los amortiguadores del auto rechinaron un poco al verse libres de su peso, que cada día era un poco menos de lo acostumbrado. Se quitó las grandes gafas oscuras de aviador y las colgó del bolsillo izquierdo de su uniforme, con un movimiento practicado miles de veces a lo largo de los años. Con la misma naturalidad se ajustó el sombrero blanco en la cabeza, antes de dirigirse a la entrada del garage.

— ¡Phil! —gritó con voz reseca aunque todavía llena de vida y autoridad—. ¡Phil, sal a saludar, viejo bastardo!

El oficial posó las manos en el cinturón, del cual colgaba la funda de piel negra en que llevaba su arma reglamentaria, una pistola automática calibre nueve milímetros. Había veces en que extrañaba el viejo revólver, con un peso reconfortante que los polímeros de la nueva arma no podían imitar.

— Ya voy, ya voy —respondió Phil, su voz lacónica surgiendo del fondo del garage, detrás de un par de viejas camionetas. Una de ellas era roja y la otra verde oscuro, sus colores casi ocultos por la polvareda del desierto.

Richard no tuvo que esperar mucho. Phil salió del mal iluminado garage, limpiándose las manos con un gastado trapo lleno de manchas de grasa. Con otras personas trataba de pasarse de listo, ofreciéndoles la mano grasienta, la típica broma de un mecánico con pocas diversiones en medio de la nada. Pero no con Richard. El viejo mecánico sabía que ese hombre no tenía mucha paciencia para ese tipo de bromas. La única vez que lo intentó, la primera vez que se conocieron, recibió una mirada que le hizo desear que se lo tragara la tierra.

— ¿Qué te trae por aquí, Richard? —preguntó Phil, mientras tendía una mano limpia hacia el oficial.
— Un simple seguimiento, eso es todo —dijo él, apretando la huesuda mano de Phil.

El mecánico había pasado los últimos dieciséis años en aquella vieja estación de servicio, después de casi toda una vida en Oregon. La poca familia que le quedaba había tratado de hacerlo cambiar de opinión, pero fue inútil. Tras la muerte de Sandra, su esposa, sólo quería estar lo más alejado posible de cualquier lugar que le hiciera recordarla. Aún después de todo ese tiempo, había momentos en que se quedaba soñando despierto, ya fuera porque algún aroma traído por el viento o algún color de la naturaleza, le hacía pensar en ella.
Phil se la pasaba encorvado la mayoría del tiempo, en parte por la vejez y en parte por pasarse horas revisando bajo el capó de algún vehículo, tratando de hallar el desperfecto. El calor del desierto le había dejado con un bronceado permanente, que hacía destacar aún más su canoso cabello, el poco que le quedaba bajo la maltratada gorra. De por sí era moreno cuando llegó, pero con la resequedad del ambiente, hacía parecer que su rostro tenía más grietas que cualquiera de los riscos que se adivinaban en la distancia.

— ¿No es sólo por los pastelillos de crema? —inquirió el viejo mecánico mientras tomaba otro trapo del bolsillo trasero de su overol de trabajo, para limpiarse el rostro.
— Bueno, eso también —admitió Richard. Sus labios curvándose en una sonrisa discreta que otros confundían con un gesto condescendiente—. Pero antes dime si vino una familia en un viejo Chevy azul. Una pareja y una adolescente, todos afroamericanos.
— No, nadie así ha parado aquí hoy —respondió Phil enfatizando la negativa moviendo la cabeza de un lado a otro con lentitud.
— ¿Estás seguro? —insistió el policía para luego echar un vistazo a la carretera, como para asegurarse de que no fueran a aparecer en ese preciso momento.
— Muy seguro —afirmó el anciano mecánico mientras se ponía de nuevo la gorra—. Soy el único en el turno de día hasta que Fred se recupere del pie roto, y el turno de Dave no empieza hasta dentro de dos horas.

Richard bajó la mirada, en un gesto que Phil ya sabía que indicaba su impaciencia. El oficial carraspeó un poco, antes de volver de nuevo su atención al viejo.
— Los únicos afroamericanos que pararon hoy fue una familia, en un remolque con un neumático ponchado. Pero eran cinco de ellos, con un perro, y ninguna chica mayor —recordó Phil.

Richard se quedó mirando hacia la carretera, en la que horas antes había visto a la familia de Daisy.  Por un lado entendía que no había nada de raro en que no se hubieran detenido en la estación para solucionar el problema de la luz. No era el fin del mundo si seguían conduciendo así, y tal vez hubieran preferido llegar al siguiente pueblo para hacer la reparación, en vez de esperar en una estación en medio de la nada. Pero por el otro lado, era curioso que no se hubieran detenido, aunque fuera para cargar algo de gasolina, comprar algo de comer, o usar el único baño en ochenta millas a la redonda.

El turno de Richard acabaría en un par de horas. Podía sólo reportarlo al siguiente oficial, que fuera él quien lidie con la situación. En el peor de los casos, habrían sufrido una ponchadura y a juzgar por el estado del vehículo, no tendrían las herramientas para cambiarla. Richard oiría todos los detalles al empezar su turno del día siguiente y eso sería todo. O bien podrían haber sufrido algún tipo de accidente. En un área tan desolada como aquella, no era raro que el conductor se confiara y se saliera del camino, cayendo por algún terraplén o estrellándose contra otro vehículo.

Richard suspiró para luego rascarse la mandíbula justo debajo de la oreja derecha. Sabía que Julia lo seguiría esperando despierta, aun si el insistía en que no era necesario Con un ademán señaló a Phil que fueran hacia el interior de la estación de servicio donde tenía todo lo necesario que una tienda en medio del desierto pudiera necesitar, incluyendo un montón de comida chatarra.

— Necesitaré tres de esos pastelillos de crema, Phil —indicó Richard, mientras buscaba la vieja cartera de piel café en el bolsillo de los pantalones.

Por un instante su mano se posó en el mango de la pistola, asegurada en su funda, mientras esperaba que el mecánico sacara el cambio de la máquina registradora. Cuando Richard dejó atrás la vieja estación de servicio, con sus luces brillantes desapareciendo detrás de una vuelta del camino, se preparó para la búsqueda. Tras anunciar a la oficial las características del vehículo, decidió ir primero hacia el oeste, la dirección en que los había visto irse aquella mañana. Si no los encontraba, daría la media vuelta, y revisaría cerca de dónde los había detenido, al menos el tiempo necesario para asegurarse de que no hubieran visto envueltos en algún accidente.
Richard tomó uno de los pastelillos de crema del empaque abierto sobre el tablero, justo enfrente del volante. El aire que entraba por la ventana se puso más frío, Richard subió el vidrio dejando sólo una rendija. Era casi el final del verano pero todo el calor del día se escapaba siempre con rapidez, disipándose en muy poco tiempo. Era el tipo de noches en las que le gustaba trabajar, cuando parecía que todo en el mundo estaría tranquilo hasta el amanecer y podía quedarse solo con sus pensamientos, acompañado sólo por el sonido de la radio hasta que fuera hora de volver a casa.

La temperatura comenzó a bajar con rapidez. Las estrellas comenzaron a aparecer, una por una, sobre el gran tapiz del cielo nocturno rematado con una enorme luna creciente. Su pálida luz daba un aire fantasmagórico alrededor de la patrulla conforme avanzaba por la carretera. Lo único que rompía esa ensoñadora iluminación era la luz proveniente de los faros de la vieja patrulla Ford que parecían abrirle paso.

 

Sobre el autor: José Luis Toscano López – Ha colaborado con el Estudio Utopía, Grupo ComyC, la revista MAD México y The Helicarrier Network. También tiene un blog en el que sube escritos varios, El Vampiro de Neptuno.Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1982, a tiempo para disfrutar una gran década para el cine fantástico y de ciencia ficción. En su tiempo libre le gusta leer, ver películas, entrenar en box, correr en carreras, y escribir libros que pronto irá publicando.

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