Travesuras

Es un amanecer tranquilo, la brisa es cálida y ligera, el oleaje es calmo, el azul turquesa del mar caribeño acompañado de su peculiar aroma son un verdadero halago para los sentidos.

Chan camina tranquilamente por la playa, testigo del proceder organizado y sistematizado de un enjambre de trabajadores enfundados en sus uniformes que los distinguen según su actividad, resistentes overoles verdes para los jardineros, frescas camisolas blancas con vivos de color durazno para los encargados de limpieza, camisas blancas perfectamente planchadas para los meseros, camisas de gabardina café identifican a los diferentes especialistas de mantenimiento (electricistas, plomeros, carpinteros, etc.), blusas color durazno y una bella sonrisa adornan la recepción. Todos y cada uno de los personajes se entregan afanosamente a su tarea. Acarrean camastros por la playa, colocan toallas limpias cerca de la alberca, recogen ramas de palmera y afilan las cuchillas de las podadoras, acomodan sillas y visten elegantes mesas con los utensilios necesarios para disfrutar de un rico desayuno; jalan la pesada carga de ingredientes que serán utilizados por la mañana en la cocina principal, acomodan papeletas, imprimen reportes, contestan teléfonos, también preguntas… sonríen.

Bordeado por el mar Caribe y abrazado por la selva se encuentra este conjunto de bellos edificios con elegantes líneas, bellos y cómodos interiores, con todos los servicios de la vida moderna y aderezados con pequeños detalles que hacen la delicia de sus ocupantes temporales.

Lo que hace posible que todo esto funcione es el empeño de gente animosa y capaz, gente que durante su jornada están dispuestos a caminar el equivalente a varios kilómetros en el calor de la selva, mover grandes contenedores de ropa entre maquinas, prensas y planchas sudando a cada movimiento, dispuestos a arriesgarse a buscar un cable eléctrico entre los charcos durante una noche de lluvia, capaces de mantener una sonrisa por lo menos durante ocho horas a pesar de la convalecencia en el hospital de un ser querido.

Canché observa tranquilamente todo el movimiento desde la azotea de uno de los edificios más altos, hace tiempo que le dejó de impresionar.

Antes de que se haya esfumado por completo el alba dando paso a una radiante mañana, Chan y Canché se vuelven a la selva, con algunos silbidos se llaman para finalmente encontrarse en uno de sus puntos de reunión habituales, había sido una noche especialmente fructífera. Dan un último vistazo al hormiguero humano y se pierden entre la verde espesura.

De prisa y malhumorada una robusta mujer de piel de bronce recoge y acomoda un sinfín de botellines, cajitas y jaboncitos; los agrupa por categoría y los separa según la sección a la cual serán enviados.

A la distancia se observa un grupo de tres hombres que apresuradamente suben a una azotea, de sus bolsillos y cinturones especiales sacan un arsenal de herramientas que en sus manos expertas y con el ingenio que les caracteriza han de localizar y reparar una pequeña fuga en una tubería, reconectarán los cables de un condensador, atornillarán las piezas de una puerta a punto de caer e izarán una antena que se vino abajo inexplicablemente.

Una bajita y simpática chica busca desesperadamente en cajones, repisas y gabinetes las servilletas blancas con bordado dorado indispensables en las mesas para el desayuno; siempre mostrando una bella y perenne sonrisa.

Un jardinero cae estrepitosamente de su bicicleta al desprenderse la llanta delantera, una obesa mujer sale empapada del baño de damas al desprenderse el maneral del lavamanos, en la cocina principal se escucha el gran estruendo de decenas de platos cayendo de una estantería floja, afuera se escuchan las risas de un pequeño grupo de amigos que vieron caer al más gordo de ellos a causa de una silla que fácilmente cedió.

Por todos lados se ve a ese ejército de gente sonriente moviéndose rápidamente, sudando, reparando, buscando, limpiando, siempre sonriendo.

Solamente Mateo camina con calma, mueve rítmicamente su escoba y observa ocasionalmente la espesura de la selva, escucha las risas y continúa su labor tranquilamente.

Después de todo es la casa de ellos, después de todo les gusta hacer travesuras, después de todo mañana será igual. Así son los Aluxes.

Sobre el Autor: Ramiro Muñoz Jiménez (Ciudad de México, 1980) – Estudioso del turismo y profesional de la hotelería. En los viajes y el trabajo ha sido posible conocer historias, leyendas y tradiciones de diversas partes de México y el mundo. Licenciado en Turismo; Maestro en Ciencias y Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable. 

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