Revelación

Desde que llegó al paradero lo vi: imberbe, mirada inocente, casi hombre, casi niño, con la confianza que da la ignorancia, cargando una mochila al hombro, de sonrisa fácil y unas mejillas sonrojadas, esperando su camión. Y su destino. Al subir al transporte el chico se acomodó en el asiento del fondo. Yo en el primero justo al lado de la puerta. Eso me hizo recordar cuando yo pasé por eso. Hace tanto tiempo…

Faltaba una semana para mi cumpleaños. Las promesas de regalos y fiestas no se hicieron esperar. Mis padres reflejando orgullo, esperanza e, inexplicablemente, algo parecido a la compasión; mis hermanos mayores prometiéndome que ellos me llevarían a “hacerme hombre”; las amigas de mi hermana más cariñosas que de costumbre y secreteando entre ellas con aquellas risitas burlonas.

Cruzar la adolescencia es un trance difícil. Dejar la seguridad de tu cuerpo de niño para descubrirte cotidianamente en un cuerpo nuevo: ahora una espinilla que no estaba, de pronto vello salido de la nada, los cambios en la voz y en el carácter, la incertidumbre de que nunca sabes lo que te espera ni dentro ni fuera de ti.

Eso es lo más difícil de todo: tener la certeza de que algo te sucederá pero no tener la menor idea de qué se trata. Sabes que a todo mundo le sucedió pero nadie habla al respecto; mucho menos tus amigos que son un poco mayores que tú. Al hacerse adultos… se hacen adultos y ya no te ven ni te tratan igual. Te evitan.

Y todo por vivir en este pueblo de costumbres extrañas: todo mundo conoce a todo mundo, nadie se escapa de los saludos, los comentarios, las iniciaciones a la vida adulta y la tajante separación entre adultos y no adultos. Ahora lo recuerdo vívidamente, era una tarde justo antes de mi cumpleaños número dieciséis. Hacía frío. Esperaba el transporte que me llevaría a casa, precisamente en aquella parada de camiones que acabamos de dejar. Me sentía extraño, tenía un calor que me parecía inexplicable, algo así como un bochorno a pesar del aire gélido de febrero. Junto a mí había sólo adultos: una señora de complexión robusta que vestía un abrigo grueso y sombrero a la moda; un hombre de gesto severo, no muy viejo, que se levantaba el cuello de su saco para cubrirse la boca.

El autobús se detuvo frente a nosotros, cedí el paso a la señora pero ambos me conminaron a subir antes que ellos. El chofer del vehículo me sonrió de manera extraña. No era el mismo chofer de todos los días, este era uno calvo y de bigotes espesos con unas manos que me dieron miedo: eran enormes. Deposité mi pasaje y busqué un lugar. Las miradas me pesaban, de nuevo caí en la cuenta que en el camión viajaban exclusivamente adultos. Aquí el tío de Juan Carlos, mi compañero de clase; más atrás el dueño de la dulcería, a su lado la enfermera del colegio; casi hasta el último asiento la que cantaba en el coro de la iglesia. Me sentía observado y me fui hasta el asiento del fondo buscando escapar de sus miradas.

El viaje me fue muy incómodo, yo sentía ese extraño calor en mi cuerpo, mis mejillas y orejas enrojecidas. El chofer no dejaba de dedicarme miradas casuales por su espejo retrovisor. Nadie hablaba, pero de cuando en cuando alguien volteaba para asegurarse que yo siguiera a bordo del maldito camión. Te hacían sentir como si tramaran algo, como si ellos supieran algo que tú desconoces, como que tarde o temprano te revelarán algún terrible secreto que no alcanzas, por más que te esfuerces, ni siquiera a imaginar.

No subió nadie más y empezó a oscurecer. Algo hizo que me sintiera muy extraño, ahora que soy adulto podría decir que era una especie de bochorno postorgásmico, pero a esa edad no sabía explicarlo. Yo seguí vigilando a todos los pasajeros que en ocasiones cruzaban miradas cómplices incluso entre los más separados.

El tío de Juan Carlos rompió el incómodo silencio poniéndose de pie y hablando en voz demasiado alta: “Con que mañana tendremos un adulto más en el pueblo” dijo mientras con un ademán exagerado me señalaba. Sentí que mis mejillas ardían. Un murmullo de aprobación inundó el camión. Entre “felicidades” y demás palabras trilladas me sentí en el ojo de un huracán: húmedo y caliente.

Vagamente recuerdo haberles agradecido todas sus felicitaciones cuando me puse de pie dispuesto a correr de ahí: “Bajan”. El chofer me seguía observando con esa sonrisa en su rostro, pero no detuvo el vehículo ni abrió la puerta.

— ¿A dónde vas, chico? —me preguntó con una voz desconocida la señora del coro.
— Aquí me bajo —contesté con una frase temblorosa y para colmo con uno de esos cambios repentinos en la voz de los adolescentes. En respuesta escuché algunas risitas calladas.
— Aquí no hay parada, mi chavo —me gritó el conductor.
— Pero… pero ¡yo quiero bajarme aquí! —titubeé en el escalón de la puerta de salida mientras veía que el resto de los pasajeros se ponía en pie y se acercaban a mí lentamente. Mis manos sudaban.
— No creo que te quieras bajar solo en medio de la carretera, ¿o sí? —preguntó una voz que no reconocí, mientras veía por la ventanilla trasera del autobús alejarse las luces del pueblo.
— Pero, yo… yo… me quiero bajar —alcancé a chillar con voz de niño. El temor crecía a pánico con velocidad.
— Sí, pero antes… —el dueño de la dulcería hizo una desesperante pausa.
—… Tendremos que iniciarte a la vida adulta —escuché al conductor a mis espaldas que ya había detenido el camión y abierto la puerta por la que yo quería bajar. Todos los rostros me parecían demasiado cercanos y… grandes y… morbosos y… amenazantes…
— Tranquilízate, chico, crecer es difícil pero todos pasamos por esto —fue lo último que escuché mientras las manazas del chofer me tomaban con fuerza por los antebrazos y me jalaban fuera del autobús hacia la noche y la oscuridad. El resto de los pasajeros nos siguió en silencio y con esas miradas tan… tan extrañas…

Un grito ahogado en miedo me regresó a la realidad.

Y una orden apremiante terminó por sacarme de mis recuerdos: “¡Usted!, el del primer asiento, ayúdenos con el muchacho —escuché la voz del chofer.

            Me acerqué a la puerta trasera y lo único que acerté a decir mientras le acariciaba los cabellos fue: “Tranquilízate, chico, crecer es difícil pero todos pasamos por esto”.

La oscuridad nos devoró.

Samuel Carvajal.

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