Estigma

Era una rata. Una rata de tierra inmunda.
Y pretendía saborear en la penumbra lo ajeno. Lo que no le pertenecía, lo hurtaba.

Era una sociópata no diagnosticada.
Se casó en la década de los ochentas. Le pareció que su sed iba a ser calmada. Sus tules, ni siquiera de beba se volvían blancos. La luz del sol se enajenaba en ellos y se volvía parda y los aromas lejanos de la vibra del jazmín del país, desaparecían.

Fue creciendo. Sus apéndices eran grises, brillantes, insolentes a veces, tanto que los otros se alejaban de ella con temor. Su rubio pelo, casi ceniza engalanaba su bonito rostro y sus ojos verdes caramelo. De ellos se enamoró Facundo. Naufragó más de una noche de verano en sus órbitas.
Pasado el tiempo, de una estación a otra, ella tenía cambios bruscos y su marido la contenía en esos ataques de ira que sucedían con frecuencia, él daba amor. Emilia quería, deseaba, más de lo que recibía. Caso omiso a lo que le rodeaba salvo aquél que la sometía.

Y en las claras lunas vestida de rojo, que se transformaba en gris,  abría el zaguán y salía. Presurosa, muda. Facundo se dormía creyendo que ella estaba a su lado. Emilia gozaba. Hierba y tierra. Loba y luna. Sacudirse sobre su oponente era un desafío. Así sentía satisfecho su interior la otra, la que de día era fresca y de noche un mantón.

Esa noche de octubre Facundo estaba sofocado de tanto amor, no se daba cuenta que ese olor era odio, que los apéndices se volvían negros en su piel. La apartó y realmente la vio. Emilia, no era su Emilia: Sucia, con el pelo amarillo y jadeante sobre su sexo, con la voz ronca y pegajosa.
Entonces reaccionó y apartó sus ojos negros de ella. No podía creer.
Emilia arrastró su vestido rojo y con su voz negra, saltó por la ventana y en las fauces de esa noche, desapareció.

Han pasado los meses, el naranjo se llena de azahares, el estío arroba el campo, el invierno viste de enaguas el río y el otoño trae a Facundo el color de esos ojos verdes-miel reflejados en el tinte dorado de los robles. Misterio para él y para el pueblo.
La ristra de ajos ni se mueve con la brisa.
La sal se desparrama cada noche en el camino.
Pero allá lejos, titilan varios pares de ojos en distintos rostros que conocemos, que vimos una y otra vez.

Pero el terror nos atrae, nos despoja de la realidad. A ellos… con su aroma a naftalina… son más miserables aún.

Esperan… El aliento los atrae.

Sobre la Autora: María  Senatore (Floria, Uruguay) – Docente y escritora.Tiene publicada un libro de prosas poéticas, “Ese momento”. El mismo fue presentado en España en el año 2015, en el Encuentro Iberoamericano de Escritores, en Toledo, España, en Córdoba y Buenos Aires, (Argentina), tambien en su país. Es coordinadora en su país de la Sociedad  Iberoamericano de Escritores. Su obra obtuvo ese mismo año, un quinto premio en un concurso en España.En la actualidad está  preparando su segunda obra de relatos y prosa narrativa. ESTIGMA, FORMA PARTE DE ÉL. Es tallerista en Palabras para el Encuentro. Es delegada activa de Umecep Uruguay.

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