La habitación

El zumbido es aterrador, se adhiere con fuerza al cráneo, como un pequeño taladro que se incrusta en la nuca y perfora por debajo de la oreja. Es doloroso sentirlo, escucharlo y por breves instantes saborearlo.  Ese zumbido como el que se escucha justo cuando hay una increíble ausencia de sonido alguno. Imparable e inevitable.

La habitación está a oscuras, una neblina azulosa la cubre. Estoy tirado en el piso, mi baba pegotea mi piel al suelo, puedo sentirla al levantarme, ese chasquido tan representativo.  La habitación es la misma en donde había dormido la noche anterior, pero había pequeñas diferencias, la cama está dentro del hueco para el closet, la cómoda con ropa en el extremo opuesto, hay un escritorio de madera viejo con papeles en blanco apilados junto a una máquina de escribir vieja.

Me pongo de pie, y mi espalda cruje. No sonó muy bien eso. Camino por la habitación, como si no la reconociera en primera instancia, pero estoy seguro de que es la habitación principal del departamento que rento. Tiene las mismas manchas de humedad en las paredes, sobre todo una que parece la silueta de una playmate.  Le doy placer al cuerpo al darme una estirada, levantando los brazos al cielo y poniéndome sobre las puntas de los pies. Me calzo mis tenis, abro la puerta y salgo de la habitación.

Estoy de nuevo en el cuarto, con la cama en el hueco del closet, la máquina de escribir sobre el viejo escritorio de madera junto a la pila de hojas en blanco. Me paso los dedos por los ojos, a modo de cansancio. Trato de despejar la cabeza pero me doy cuenta de que sigo en el mismo lugar, la misma habitación. Camino nuevamente hacia la puerta, la abro y de golpe entro en ella, soóo para terminar nuevamente… en la misma habitación.

Me siento en la cama, intentando razonar aquello. Bruscamente, como si eso me ayudara en algo, abro la puerta pero esta vez me quedo en el umbral del marco. Veo hacia afuera y todo parece en orden. El pasillo que conecta la sala con la habitación está ahí. Intacto y esperándome. Tomo impulso, dejo la puerta abierta y corro dando un salto hacia el pasillo y caigo nuevamente encima de la cama, en la misma habitación.

La habitación ahora es diferente.

Las paredes están pintadas de un blanco marfil, la mancha de humedad no está, la cama está en su lugar habitual y sobre el escritorio no hay pila de papeles ni máquina de escribir, en su lugar hay un viejo revolver.

Vuelvo a abrir la puerta, ahí está el mismo pasillo, la misma ventana que asoma a la calle pero desde la cual no puedo ver nada.  Tomo mayor impulso, y salto nuevamente a través de la puerta, abro los ojos para prestar mayor atención a todo, solo distingo un parpadeo y estoy nuevamente en la habitación.

Hay un niño sentado en posición de Loto, está dándome la espalda, pero sabe que estoy ahí con él.

— ¿Quién eres? —le pregunto.
— ¿Quién crees? —su voz infantil suena segura.
— Acabo de llegar, niño, y no estoy teniendo un muy buen día.
— Es porque acabas de empezar.

Me acercó al niño, su corte de cabello me es familiar, la forma de su rostro, sus pequeños hombros y la forma en la que su espalda se encorva un poco. Lo veo y no puedo creerlo, no puedo aceptarlo, es una cosa imposible y absurda.

— Soy tú –dijo el niño, como si supiera lo que estaba pensando.
— Es imposible.
— Somos viajeros, eso hacemos, todo el tiempo.
— ¿Qué?

Me entra el pánico, abro la puerta y sin importarme nada entro al pasillo dejando atrás esa habitación.

Estoy parado nuevamente en el cuarto, ahora las manchas de humedad son más grandes. Las hojas de papel son amarillentas y añejas, la máquina de escribir, así como el mismo escritorio, están llenas de tierra y telaraña. La cama también tiene esa ligera película de polvo. Doy unos pasos y delante de mí está un cuerpo tirado, con un arma en la mano.

Tiene mi ropa, mi complexión, mi corte de cabello, pero no puedo ser yo, ¿verdad? Es imposible, pues yo estoy viéndolo a él. Camino muy despacio, temiendo que de algún modo ese cuerpo inerte se levantara como un zombi y me atrapara. Llego a la puerta y giro el picaporte nuevamente y salgo.

— Hola.
Volteó asustado, y ahí estoy yo, nuevamente. Pero al menos quince años más viejo. Nos vemos con detenimiento, yo asustado sin entender lo que pasa, él con un dejo de tristeza y una ligera chispa de esperanza.
— ¿Qué es este lugar? —le pregunto.
— Llevo años intentando saberlo —su respuesta es desconsoladora.
— ¿También eres yo?
— Sí… Y aún busco una salida.

Camino hacia a él, lo veo con detenimiento, es mi viva imagen avejentada, la ropa es la misma, pero eso no tendría sentido, pues me acababa de ver muerto y no tan viejo. Mi cabello no se veía tan gris o la ropa tan vieja. Sólo llena de polvo. En cambio este hombre… está viejo al igual que su ropa.

—Si sales —me dijo antes de que yo mismo llegara a la puerta—, no podrás volver al mismo sitio.
— No puedo quedarme aquí, viejo.
— Lo sé —el anciano se quedó sentado un momento, viendo a la nada y antes de que yo saliera sólo dijo—: el revólver.

Cerré la puerta en el mismo momento en el que mencionó el arma.

La habitación nuevamente está sola, esta vez cambio de táctica. Camino hacia la ventana y levanto las persianas de plástico.  La visión es nula, no se ve nada de lo que hay afuera, un negro total y absoluto. Camino nuevamente hacia la puerta pero antes me detengo, giro sobre mis talones y veo el arma encima de los papeles apilados. La tomo sin pensarlo. Y vuelvo a salir.

Más de lo mismo, no hay fin, nunca termina. Una y otra vez será lo mismo. Me siento en posición de loto, con el arma en la mano. El viejo me pidió que la llevara, tal vez él la dejó y se arrepintió. Repeticiones de mí mismo, una y otra vez, de diferentes tiempos y edades, ¿por qué? ¿Para qué?

Caí en cuenta de algo. No pude recordar quién era antes de la habitación, cuál es mi nombre, ni cómo llegué ahí. Así que levanté el arma, la puse contra mi sien derecha, amartillé, dije una plegaria en silencio y apreté el gatillo… Sólo para ver cuando otro yo entraba por la puerta e intentó detenerme y todo se volvió oscuridad nuevamente.

Despierto.

El zumbido es aterrador, se adhiere con fuerza al cráneo, como un pequeño taladro que se incrusta en la nuca y perfora por debajo de la oreja. Es doloroso sentirlo, escucharlo y por breves instantes saborearlo.  Ese zumbido como el que se escucha justo cuando hay una increíble ausencia de sonido alguno. Imparable e inevitable.

Sobre el Autor: Jorge Robles (Gomez Palacio, Dgo) – Diseñador Gráfico, ilustrador y escritor,autor de la mini serie en cómic “2010” y artista del cómic oficial del equipo profesional de basketbol de La Laguna, los Algodoneros, titulado “ALG”

 

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