El día que Don Goyo se fue a pasear

Ya se que estás aquí
Cargando el libro de la vida
Tu nombre es Azrael
Y te quiero proponer un trato.
Hellish Stürm
“Azrael”

 

Jueves

A Don Goyo nunca le gustaron los hospitales.

Principalmente era el olor a desinfectante que se le metía en la nariz causándole un escozor que no podía rascarse aunque resoplara por las fosas o se metiera un pañuelo desechable tratando de aplacarlo. También le disgustaba la idea de que a su alrededor todo esta limpio, y por ende, muerto. Se había sentido menos incómodo las veces que pasó el fin de semana en la preventiva (aunque ni fueron tantas) rodeado de la peste de vomitadas y orines, de patanes buscapleitos y catarrines que detrás de cada pinta, cada pelea o cada borrachera, le habían gritado al mundo y a los uniformados que estaban vivos, y que iban a dejar su marca en la tierra aunque tuvieran que hacerlo de la única forma que la naturaleza y sus padres ausentes y la sociedad represiva les habían enseñado: con sus fluidos corporales.

Don Goyo sonrió recordando aquellos días tan lejanos al final de la década de los sesentas, cuando había vivido más intensamente.

Pero ahora había cruzado la barrera de los setenta años y sus riñones se habían rendido, después de aguantar sentado sobre ellos miles de horas, detrás del volante de un Thornton o de un Pettibone. El sobrepeso y la cerveza lagger habían hecho su parte también, y al ver sus dedos hinchados y amarillentos, cuando antes eran rojos y regordetes, supo que estaba realmente mal.

— Buenas tardes, le traigo la comida —la enfermera no se parecía en nada a las que aparecen en las películas porno, ni jovencita ni bien formada. Supuso que esa albóndiga machorra de cabello corto seguramente habría acosado a sus amigas en su juventud. Gregorio sonrió de forma burlona y la señora le devolvió la sonrisa antes de colocar la bandeja con una pinche gelatina y medio vaso con agua sobre la mesita y acercársela.
— No tengo hambre, doñita —respondió con voz queda, dejando de sonreír.
— Al ratito que lleguen sus visitas a ver si le da —revisó la bolsa del suero y apuntó algo en la tabla antes de salir sin decir nada más. Goyo no pudo evitar echarle un ojo al par de petacas que la mujer tenía por nalgas. Bufó y pensó que necesitaría estar muy muy muy borracho como para tirársela y eso si los dos tuvieran veinte años menos.

Los cuartos de los hospitales caros tienen televisión por cable y un cuadro abstracto y raro en la pared, simulando el mar o campos de trigo o sabe Dios qué. Su cuarto era bastante más austero, con una sola ventana eternamente cerrada y cubierta por persianas grises, dos juegos de lámparas fluorescentes en el techo que parpadeaban varios segundos al encenderse, un bañito diminuto y dos sillas de plástico  acomodadas entre la puerta del baño y la puerta de entrada. Ni una triste TV analógica. Ni una pinche pintura, ni siquiera uno de esos feos cuadros de payasos tristes que tan mal le cayeron siempre; pero que a su compadre Juan le gustaban tanto, que había insistido en que lo usaran como portada para el long play que nunca grabaron, en el que iban a hacer un cover de esa horrible canción, “Payasito” que obsesionaba a Juan.

¿Qué habría sido de Juan? Tenía años sin verlo. Como muchos de sus amigos de aquellos días, Gregorio se había cortado la cola de caballo, se había casado y se había convertido en el hombre provechoso para su comunidad que tanto había aborrecido. Y los hombres provechosos no se juntan con los vagos.

— ¡Quihúbole, compadre!

Y ahí estaba Juan, cerrando la puerta detrás de sí casi sin hacer ruido. El mismo tatuaje de pantera negra en el antebrazo, pero en vez de agazaparse sobre un pastizal velludo, reposaba arrugada y rodeada de manchas hepáticas. Diente de oro a la Pedro Navajas en la sonrisa y una calva acompañada no por una corona de laureles, sino de cabello gris y ralo.
Pero los mismos ojos negros de cabrón que no quiere dejar de mamar.

— ¿Juan? ¡Qué pasó! –y Don Goyo, el severo abuelo de cuatro adolescentes, sintió que sus años mozos le entraron en un chisguete por la cánula del suero, y en su alma dejó de verse viejo y volvió a ser Goyito—  ¡Qué milagro!
— Pues aquí visitando a las estrellas. ¿Qué pasó, viejito? ¿Se te pasó la mano de mota o qué? —Juan se sentó en una de las sillas de plástico. Se veía delgado, panzón, sí, pero delgado en general a diferencia de él. La silla lo cargó sin problemas.
— Los riñones, compadre, que me dio insuficiencia. Me hicieron diálisis ayer pero que me tienen que operar… no entendí bien de qué o cómo… pero el sábado en la tarde. ¿Cómo supiste que estaba aquí?
— Pasé al “As de Espadas” y el Chuy me dijo que estabas aquí. Y pues aquí estoy, nomás para jorobarte un rato. Pero cuéntame, ¿qué te has hecho? ¡Tengo toda la vida sin saber de ti!

“Toda la vida”.

Si, toda la vida contando desde que los dos terminaron la escuela técnica y cada uno se fue por su lado, allá por 1975. Todos esos años escuchando de vez en cuando rumores de dónde estaban sus amigos, pero sin darse nunca tiempo para buscarlos, escribirles o echarles un telefonazo. Bueno, ahora en este cuarto no tenía nada más qué hacer. ¡Ah, lo que hubiera dado porque ahí tuviera una rockola para echarle un veinte y escuchar el “Twist Hawaiano” de Los Apson!

— Pues qué te digo, Juanito. Saliendo de la escuela empecé a jalar con mi tío Memo, el camionero, él me metió a lo de los choferes. Empecé con troquitas moviendo gente a las obras o llevando escombro. Para un chamaco que vivía con su mamá no ganaba mal, y pues empezamos los planes de boda con Lucía…
— “Lucifer” —interrumpió Juan riéndose de forma gutural. Sí, “Lucifer” le decían porque era endemoniada, maliciosa a la hora de hacer bromas pesadas, y perversota. ¡Pero en qué madre tan ejemplar se había convertido!
— Sí, “Lucifer”. Dios me la guarde en su gloria. Nos íbamos a casar en el 80 pero se nos adelantó mi hijo el más chico…
— ¡Te lo hubiera bautizado pero no me lo pediste!
— Ah que compadre tan alburero. Me agarraste en mis cinco minutos del día, no va a pasar de nuevo. Pero bueno, nos casamos, nos fuimos a vivir a la capital y a mí me gustaba la manejada. Luego saqué la licencia para quinta rueda, me ofrecieron trabajo en una transportista grande del Bajío, y allá vamos Lucía y yo, cargando a Miguelito y con Beto ya en su panza. Dianita nació allá y allá la registramos. ¿Pero a ti como te fue, compadre? ¡Cuéntame!
— Pues mas o menos parecido. Tuve dos chavos con dos señoras diferentes. Muchachos buenos los dos, aunque casi casi tuvieron que criarlos solas sus madres. Estuve trabajando la maquila toda la vida: primero en Tijuana, luego Juárez, Piedras y ya al final en Reynosa. Un tiempo estuve en Agua Prieta. ¡Me tocó ver a Los Apson!
— No’mbre, compadre… Las veces que estuve en El Chopo compré unos viniles de ellos, por ahí los debo de tener…

La voz de una enfermera se escuchó en la puerta contigua, señalando a los familiares de un enfermo vecino, que la hora de visitas estaba por terminar y debían retirarse. ¡Qué rápido había pasado el tiempo!

— Lo vengo a ver mañana compadre… a’i le encargo…

Viernes

— Perdón que no viniera ayer papá, es que hubo auditoría y mi jefe no me dejó venir —Diana era una mujer delgada entrada en los treintas, de cabello teñido de caoba rojizo para ocultar algunas canas tan prematuras como las arruguitas junto a sus ojos. Si su hija estaba envejeciendo, ¿en qué estado se encontraba él? Se veía cansada, mal dormida.
— No te preocupes, hija, el trabajo es primero. Fíjate que ayer vino mi compadre Juan —tan sólo ver el gesto de su hija supo que no sabía de quién hablaba—. Era un amigo de mis días rockabillies… teníamos un grupo, se llamaba “Hellish Stürm”. Yo quería que hiciéramos rock pesado como el de Black Sabbath y Rolling Stones, pero el era más fresa… bueno… tenía otros gustos. Tenía años sin verlo.

La enfermera llevó una comida aun más magra que la de ayer, entró junto con un interno que tenía cara de bebé, seguramente en sus veintes a lo mucho. Hablaron entre ellos, le preguntaron como se sentía y Don Goyo iba a decirles que se sentía peor que ayer, como si la diálisis no estuviera funcionando, pero no tuvo que hacerlo porque ellos lo dijeron primero. Iban a tener que operar al día siguiente. Necesitaban el consentimiento de su hija y la mujer salió del cuarto de inmediato.

— ¿Qué pasó, compadre? ¿Esa muchacha era tu hija? —Juan había cruzado la puerta pocos minutos después de que su hija y los médicos habían salido. Miró su reloj y sonrió, antes de dejarse caer en la silla de plástico junto a la que había ocupado Diana.
— Sí, es mi hija. Me van a operar mañana y fue a firmar unos papeles…
— Tiene los mismos ojos de “Lucifer”, y apuesto que debió ser tremenda de chiquilla.

La puerta volvió a abrirse, la aludida apareció brevemente, miró a su padre y explicó de forma atropellada que necesitaba hablar con el cirujano y regresaría antes de que terminara la hora de visita. Don Goyo asintió brevemente y su hija desapareció tan rápido  como había aparecido.

— Discúlpala si no te saludó… trae la cabeza en otro lado…
— No hay bronca, Goyito. Oye, ayer ya ni te dije. ¿Te acuerdas del Impala ’61 que tenía? El convertible.
— ¡Cómo no! ¡El azul, del toldo blanco! Era una chatarra compadre, nos dio más problemas que nada, tenía todo el radiador agujerado y tiraba aceite como perro con diarrea… Pero que buenas aventuras pasamos en él ¿verdad?
— Lo restauré, compadre. Pura pieza original salvo por el motor: le puse un V8 que cuando prende, parece que Satanás se echó un pedo en las trompetas del Apocalipsis.

Goyito rió como hacía días no lo hacía y le dolió hasta lo más profundo de sus inútiles entrañas, pero no le importó. Juanito era un poeta maldito, habían tenido el potencial de cambiar el rock en español con sus letras y los acordes de Pedro El Malo, Chaparro y él mismo en el bajo. Pero a la hora de la verdad la banda se había separado.
— ¿Dónde lo estacionaste, compadre? ¿No se ve de aquí?
— Está en el taller, lo están afinando…
— Ah que Juanito, para mí que son puros cuentos los tuyos.
— Por lo más sagrado, compadre, que no miento.

Y así pasaron otro rato, viajando a través de los años por la Avenida del Recuerdo, desde los días de los toquines improvisados en las fiestas, las parrandas, un viaje azaroso para ver a Los Locos del Ritmo, la guerra ideológica contra el stablishment, la guerra auditiva contra la música disco, tan plástica, limpia y comercial que solo les causaba asco; hasta los años de cuidar niños, de verlos crecer por capítulos, después de largas ausencias perdido en la carretera, que el cáncer arrebatara la vida de “Lucifer”, en cuya misa de cuerpo presente la catedral se había llenado a reventar diez años atrás, hasta ver a sus hijos convertidos en padres, cerrando el círculo.

Sábado

Antes de entrar a cirugía permitieron que Miguel, Alberto y Diana lo visitaran. Don Gregorio Suárez estaba tranquilo, en parte por el coctel de sedantes. No terminaba de escuchar claramente lo que hablaban entre ellos. De repente la voz de Beto parecía la de un niño llorón, como cuando en el soft ball le habían dando un batazo no tan fuerte en la cabeza. Lucía se había espantado mucho y el niño lloraba más por los gritos de su madre que por el dolor. Y se sorbía los mocos.

Don Goyo sonrió. Aunque ya veía borroso sin los lentes, por alguna razón ahora estaba peor y no podía distinguir bien las facciones de su hijo. Extendió la mano y le dijo que no se preocupara, que no era grave y a su madre le gustaba mucho hacer dramas por cualquier cosa.

Luego escuchó lejanamente a Miguel, el mayor, el más centrado. ¿Por qué lo había abandonado la mamá de sus hijos? Era un buen hombre, merecía tener mejor suerte en el amor, ¿Qué había pasado? Algo de problemas de dinero… Los muchachos de ahora se ahogan en vasos de agua, ¿Cuántas veces su “Lucifer” lo había mandado a dormir con el perro por llegar borracho, pero al otro día le abría la puerta, lo mandaba a bañar y le servía unos chilaquiles bien picosos? Y su hijo que no tomaba, ni era jugador, ni pendenciero, a él lo habían botado por menos que eso. “Un día vas a hallar una buena mujer, hijo” quiso decirle, pero las palabras se le atascaron entre la lengua y el paladar en forma de sílabas pastosas.

Cuando Diana le dijo “Te quiero” a su padre, él ya estaba bajo el efecto de los sedantes, y los camilleros lo llevaban al quirófano.

— ¿Qué pasó, compadre? —Juan estaba ahí, del otro lado de la puerta del quirófano, y Goyo lo alcanzaba a escuchar claramente.
Giró la cabeza y lo miró, claramente del otro lado del vidrio.
— Pues ya me van a operar ¡Sáquese de ahí o lo van a correr a patadas!
— Pues a ver quién es el valiente. Yo aquí veo puro marica en bata. Véngase compadre, ya me dieron el carro ¡vámonos!
— Estás loco, Juan Robledo. Bien loco. ¿No ves que me van a operar?
— Puro matasanos aquí, Goyito. Mira, lo que necesitas es que nos vuele el chuchuluco en el convertible, que respires aire puro y te pegue el sol ¡Tienes tres días encerrado!
— ¿Y mis hijos, compadre?
— Tú ya cumpliste. Ándale, vente. Te dejaré manejar.

A las ocho de la noche, el cuerpo de Don Gregorio Suárez fue llevado a la morgue, a esperar el acta de defunción, que no sería expedida sino hasta el lunes en la mañana, para después entregárselo a sus hijos.

A las ocho de la noche, Goyito pisaba el acelerador de un Chevrolet Impala 1961 convertible, dejando una estela de polvo y el resplandor rojo de las calaveras por la carretera estatal, mientras su cabello largo revoloteaba detrás de él

En el asiento del copiloto una muchacha morena de gruesos labios, portando una chamarra negra con un diablo bordado en la espalda, gritaba y alzaba los brazos desafiante.

Mientras en el asiento trasero, Juanito tocaba “Highway Star” de Deep Purple en una guitarra Les Paul.

Sobre el autor: Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro” (Tampico, Tamps, 1975) Escritor cuyas historias han aparecido en México en Tierra Adentro, Revista Hiperespacio,Horizonte Cero y Cactus  entre otras. En el extranjero ha publicado en Heavy Metal Magazine, Strange Aeons, Strip Magazine, Próxima, y para DC Comics Digital coescribió Earthbuilders.

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