Número de mala suerte

Sandoval permanecía en su silla golpeando rítmicamente su pierna con los dedos mientras esperaba indicaciones, el pequeño cubículo donde se le había ordenado esperar era de apenas 6 metros cuadrados, vacío, diseñado para apartarle física y auditivamente de la sala donde se le juzgaría, tenía apenas diez minutos encerrado ahí, tiempo suficiente para recordarle su dependencia a los lentes, se los habían quitado cuando habían registrado su cuerpo en búsqueda de cualquier dispositivo de grabación y comunicación. Sandoval amablemente les habían indicado que podían sustraer los tres chips de sus lentes y dejarlos sólo como ayuda visual pero la policía militar decidió que era más recomendable que Sandoval entrase al proceso sin ningún dispositivo electrónico, el comandante argumentó que sin acceso a la red, sin monitoreo médico y sin almacenamiento de datos, sus lentes eran gafas de prescripción comunes, pero ellos quisieron evitar problemas y obedecer las normas, eso era algo que Juan Sandoval valoraba.

La puerta se abrió, un sujeto con aspecto y movimientos de oficinista entro al cubículo apresuradamente

— ¿Comandante Sandoval? —preguntó y sin esperar confirmación añadió— me llamo Miguel Mitrios, soy del área jurídica, espero que el capitán Lorgeno le haya informado de mí.
Sandoval asintió y devolvió la sonrisa aunque de manera mucho más ligera, más acorde con su situación actual de acusado.
— Comandante —inició diciendo Miguel Mitrios de forma lenta—, tengo entendido que voluntariamente se declara culpable.
— Así es.
— Y también que no considera necesario contar con alguien que lo defienda legalmente.
— No, aunque me he asesorado un poco al respecto, tal vez lo haga si el jurado no entiende mis circunstancias y mi justificación.
Mitrios observó atentamente a Sandoval, el comandante sentado aún y con los brazos sobre las piernas se sentía incómodo al ver esa mirada escrutadora desde la silla de ruedas.
— Comandante, aún faltan quince o veinte minutos para que lo llamen a declarar, tengo una idea de cómo sucedió todo el asunto, pero quisiera escucharlo en sus propios términos.

En esta ocasión fue la mirada de Sandoval la que se tornó analítica, el comandante había repetido una y otra vez los hechos a distintas personas, empezaba a creer que había incredulidad en los oyentes o que tal vez no le estaba dando el sentido correcto a la justificación de sus acciones o aun peor, tal vez aquel suceso solo tenía lógica para él, una lógica evidente a sus ojos pero no a ojos de los demás.

— Bien, no es complicado —inició a decir el comandante—. Dentro de la operación “Loto” teníamos la orden de incluir entre nosotros a dos pilotos Han que habían sido residentes legales en Texas por varios años, los incluimos porque conocían el terreno en el que operaríamos, ambos hablaban español e inglés, sólo uno de ellos tenía experiencia militar, un tipo de nombre Deng Li Xiao, el otro sujeto, de nombre Xue Zhang había sido piloto de bípedos de uso civil, durante 2 semanas se les entrenó en la operación de bípedos tipo-55D, aunque ellos no actuarían ofensivamente, su labor era guiarnos en la búsqueda de células rebeldes de “Crótalo” que se escondían en Culberson, Texas.
Una mañana, tal vez siete u ocho días antes de la operación, el Sr. Deng Li ordenó al ingeniero Flaubert que cambiase los números de identificación en cada unidad, nosotros somos la cuarta división acorazada, Sr. Mitrios, cada unidad en tiene tres distintivos blancos en el cuerpo del bípedo para su identificación, todos con el número de la división y dos dígitos adicionales: 4-A1, 4-A2, 4-B1, 4-B2, etcétera…

— ¿Por qué quería Deng Li cambiar los números de identificación? —preguntó Miguel Mitros.
— Le molestaban.
— ¿De qué manera le molestaban?
— Objetivamente en nada, para los chinos el número cuatro se pronuncia prácticamente igual que la palabra muerte: “si” para ambos, existen pequeñas diferencias en su entonación pero para usted y para mí, ajenos a su cultura, sería la misma palabra, ellos evitan el número en ciertas fechas, o en ocasiones importantes, lo disfrazan en elevadores, en hospitales, incluso el ejército popular de liberación cambia el 4 para evitar que este número influya, aun por sugestión, en sus soldados.
— El ejército chino también lo evita —confirmó lentamente Mitrios—, pero sólo por factor psicológico.
— Al parecer sí, ellos saben perfectamente que es una superstición, pero creo que en la vida cotidiana y sobretodo en cuestiones de relevancia, prefieren no correr riesgos. Así que Deng pide alterar nuestros números y además solicita a control que también cambie nuestra identificación por los canales de frecuencia de hidrógeno, lo cual ya implica a su vez un cambio al más profundo nivel de nuestra identificación en el ejército.
— Y usted, Comandante Sandoval, se pone en contra…
— Sí, pero no por ir en contra de sus creencias, yo anuló las peticiones del Sr Deng porque nosotros no somos ciudadanos Han, no hay un beneficio psicológico, si lo hubiese sido yo no hubiera puesto trabas, todo aquello que ayude a la cuarta división es bienvenido, así que yo cancelo el asunto y trato de explicarle a Deng Li mis razones, mi perspectiva del asunto, el chino me escucha, opina, no parece muy convencido, argumenta que tal cuestión no debería parecerme tan relevante y al final quedamos de discutirlo de nuevo en unos días.
— Lo cual nunca sucedió según entiendo —dijo Mitrios, comprendiendo el asunto.
— El siete de marzo al llegar yo a los hangares, me entero por palabras de los camaradas rusos que Deng Li Xiao ha presentado nuevamente las solicitudes, me entero que ya ha cambiado el número de su unidad asignada y que nunca me ha informado ni a mí ni al teniente coronel Jero de ese cambio, así que me pongo a mentar madres, me decido a buscar al chino y resolver juntos de una vez y ante nuestro jefe toda la situación.
— ¿Y es entonces cuando empieza el ataque? —pregunta Mitrios adelantándose.
— Los Crótalo sabían el horario de cambio de turno y deciden atacarnos justo en ese momento —confirma Sandoval—, lanzaron inicialmente bombas de racimo pero estaban defectuosas y causaron poco daño, tras las bombas venia un enjambre de drones semiautónomos, el bombardeo no había provocado el daño esperado y por lo tanto el armamento ligero de los drones no les fue muy útil, para entonces la mayoría de nosotros ya estaba inicializando el sistema operativo de los tipo-55D, incluso a algunos bots empezaban ya a contraatacar.

De pronto los Crótalo aparecieron montados en viejas armaduras “Aztek”, desconozco el número exacto, tal vez cuarenta o cincuenta de ellos, tenían montado en el brazo izquierdo un disruptor electromagnético y en el derecho un cañón de carga incendiaria, nos paralizaban y después nos quemaban vivos, eso es estrategia y armamento de los carteles, los crótalos habían comprado armas a los narcos, armas de bajo perfil, una Aztek no es rival para un tipo-55D pero la ventaja numérica, la sorpresa y la maniobrabilidad de los Aztek, nos abatió, yo recuerdo ver llegar a algunas armaduras, el desarrollo de la batalla sólo lo conozco por el informe de lo que sucedió, mi tipo-55D dejo de operar porque la munición en mi contra perforó el casco y mi columna vertebral, pero no activó su carga ígnea, recuerdo estar acostado herido viendo el techo del hangar, sentí el sudor entrar en mis ojos, el dolor de la parte superior de mi cuerpo, todo terminó rápido, sólo había dos supervivientes en la cuarta división: yo con heridas graves y Deng Li Xiao, totalmente ileso, Deng había alcanzado a bordar su unidad, había combatido, el blindaje de su bípedo tenia varios impactos pero había sobrevivido, estaba asustado, él y el ingeniero Flaubert estaban junto a mí, tratando de hacerme recobrar el conocimiento, pregunté por los demás, me comentaron que el ataque de la resistencia yanqui había sido devastador.

— ¿El arma que usted usó entonces, comandante, era del ingeniero Flaubert?
— El ingeniero estaba agachado junto a mí, aquello era una desgracia, Mitrios, pero además era irritante, humillante, nos habían derrotado con armamento inferior, habían dañado instalaciones, unidades y asesinado a toda una división, yo sabía la gravedad de mis heridas, era una desgracia para el ejército, para los pilotos, ¡para todos! Claro, para todos excepto para un supersticioso, lloré de rabia y de dolor mientras Flaubert trataba de calmarme y el chino me veía como ahora lo hace usted y como de ahora en adelante me verán todos, desde arriba, parado frente a mí, observándome y confirmándose a sí mismo sus creencias, decidí que el chino no ganaría esa batalla, tome el arma de cargo del cinturón de Flaubert y antes de que el ingeniero pudiera impedírmelo maté a Deng Li Xiao.

Sobre el autor: Fernando Bonilla – Ciudad de México (1977) Psicólogo poligrafista, artista plástico y a veces escritor. Sus relatos han sido seleccionados para algunas antologías en linea, finalista del concurso de ficción científica de Editorial Televisa.

 

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