La Casa

“Aquella silueta recortada  entre dos inmensos pináculos azul cielo  reflejándose en la oscuridad naciente de la  tarde, era capaz de poner los pelos de punta, hasta al más valeroso y ardiente caballero”.

Anna divisaba la enorme y destartalada casona que se erguía en el vecindario, como el elemento discordante de una función teatral, mal representada… Hacía sólo un par de semanas que habían arribado a  Dashelfcity  y sólo se había atrevido a recorrer su nueva morada desde la seguridad que confiere un gran ventanal de reluciente hierro amarillo.

El trabajo de su padre la llevaba a comenzar cada año con la misma y exhausta rutina: una nueva cuidad, nuevo instituto, nuevos amigos…era algo que la hacía volverse aun más recelosa y reservada y a no encajar en ningún sitio….

Desde la muerte de su querida madre, a quien estaba muy unida, Anna se sentía languidecer al lado de un padre serio, testarudo y sin ánimo de compasión por el devenir y las preocupaciones de una pobre adolescente de quince años. Se sentía sola, frustrada e incomprendida… siempre era la chica nueva y ¡la bicho raro!…y ¡claro está!, ni qué decir tiene que a papá no se le podía ir con ese cuento.

Angustiada por tener que comenzar el instituto a la semana siguiente, Anna, trataba de poner en orden  sus pocos trastos (aún metidos en las cajas de cartón de la mudanza) y sus lánguidas ideas y sueños… ¡Cómo añoraba a mamá!… si ella estuviera aquí no permitiría que papá abandonase el trabajo cada dos por tres, para embarcarse en otro reto profesional con menos salidas, quizás, que el anterior.

El nuevo vecindario era bonito y limpio… un clásico entre las familias burguesas americanas, con sus casitas abuhardilladas y sus utilitarios a la puerta, sus parterres de flores todas iguales y su decoración de gnomos y hadas repartidos por los jardincillos de césped verde, recién segado. Era igual que ver pasar  una fotografía mil veces por minuto: siempre se veía  la misma imagen… Sin embargo, nada más llegar a su nuevo hogar (por llamarlo así), la estremeció de pies a cabeza la figura de una casa vieja y ruinosa, de maderas un día blancas y ahora color crema terroso con una amplia entrada flanqueada por dos pequeños torreones rematados por unos hierrecillos de forja oxidada que trataban de representar la imagen de un felino, de lomo negro erizado.

Sus ventanas opacas y oscuras eran el complemento perfecto al tejado de pizarra azulada que rompía la verticalidad de la edificación. Era la típica casa de brujas de las películas de Spielberg…

Desde la ventana de su cuarto día tras día la contemplaba e imaginaba que estaba habitada por fantasmas y seres infernales que sin embargo eran sus nuevos y protectores amigos… ¡Papá siempre decía que estaba en las nubes! y que su imaginación la hacía huir de la realidad de este mundo y eso no era nada bueno ni aconsejable… ¡Anna debía estudiar con ahínco y llegar a ser una gran abogada! Así él estaría contento y orgulloso de ella.

Pero no era lo que ella deseaba, en su más profundo fuero interno fantaseaba con convertirse en una gran médium, una adivina, ¡pero de las de verdad!, no de aquellas que estafaban a los pobres incautos robándoles los pocos dólares que tenían, sino una de ésas que ayudaba a la policía en el esclarecimiento de casos tales como secuestros, asesinatos… Había leído en un periódico viejo de papá (de los que conservaba para su próxima mudanza) que existía en la inmensa cuidad de Chicago, una médium llamada Mary Hasley que se dedicaba a tales menesteres… ¡Ay! Si ella gozase de esos poderes extrasensoriales lo primero que haría sería hablar con mamá y contarle todo aquello que no le había dicho. Cuando a esta le llegó la muerte conduciendo su viejo Cadillac rojo, y todo por culpa de un desalmado que se saltó un stop  para no llegar tarde a su oficina… Aquella mañana Anna y mamá habían discutido por el absurdo largo de una falda que a ella le parecía perfecto y a mamá, demasiado corto.

“¡Mami…te extraño tanto! ¡Si pudiera tener la posibilidad de volver a abrazarte y decirte cuánto te quiero!” pensaba Anna, noche tras noche. Así que, también noche tras noche contemplaba aquellos esmerilados y opacos cristales enmudecidos por la negrura anochecida esperando, tal vez, divisar la silueta de un ser querido: ¡tal vez mamá! quizá…

— ¡Anna! se enfría la pizza…
— ¡No voy a cenar! Gracias de todas formas, papá.
— ¡Como quieras! Pero luego no vengas llorando con el cuento de que no rellenas los sostenes.

Así era papá: brusco y sin sentimientos. ¡Cómo hubiera preferido que fuera él, el que ocupara el lugar de su madre! Con mamá todo era más fácil, más sencillo, más claro. Una lágrima relucía por entre sus ojos verdes y recorría la curva de sus incipientes senos hasta perderse en lo más profundo de su corazón.

Una mañana de noviembre la pequeña Anna regresó a casa por culpa de una jaqueca descontrolada, ¡bueno, esa había sido la excusa que dio ante la profesora de matemáticas! Pero en realidad aquel día se encontraba desbordada por las burlas e insultos de los niñatos del instituto “¡Anna, la rara! Con el culo al bies… ¡vete y da un traspiés!” y qué sé yo cuántas chorradas más tenía que soportar a diario.

Aquella mañana nebulosa su orgullo la había llevado a rebelarse ante aquel acoso desaforado y continuo y por temor a futuras represalias, había puesto la excusa de las jaquecas. Como había visto hacer a mamá tantas veces, cuando deseaba quedarse un poco más de tiempo con ella, sin que el jefe, montase en cólera…

La casa sucia y abandonada en la que vivía con su padre le zozobraba, aún más si cabe, el corazón así que decidió ir directo a su cuarto tras beberse un buen vaso de leche fría de la nevera.

Se tumbó en la deshecha cama y se quitó los horribles zapatos del uniforme escolar, mientras sumergía la cabeza en un nido de mantas y cojines deformados.
¿Qué era aquello que le había parecido ver por entre los visillos de la ventana? ¿Una luz? ¡Una luz anaranjada titilando en la oscuridad absoluta de la casa encantada! —pensó Anna— ¡No podía ser! ¡Ya andaba ella imaginando tontunas! como decía papá.

Se recostó en su pierna izquierda para divisar con amplitud el ángulo exacto desde el que le había parecido ver el resplandor… ¡Sí! ¡Ahí estaba! ¡Cielo santo! No lo había inventado, ¡era cierto! Una débil luz tornasolada se reflejaba en la habitación oscura del extremo superior izquierdo de la vieja casona abandonada. Se frotó los ojillos de esmeraldas y se pegó al sucio cristal inundado por las gotas de lluvia, de los días pasados.

Una increíble y estrepitosa tormenta amenazaba el cielo de Dashelfcity, enmarañándolo de nubes negras cerradas y luminosos rayos. En apenas segundos los truenos resonaron en el horizonte y un mar de lluvia  se estampó con violencia e ira  sobre los tejados picudos y las aburguesadas casas. Parecía como si el cielo descargase toda su furia y odio contra el ser humano, como si Dios se hubiera alejado del mundo y sólo caminasen las tinieblas.

Los plomos de la casa saltaron por los aires y la débil luz de las lámparas de la salita permanecieron en total oscuridad. Anna dio un respingo alborotado y bajó a tientas la escalera hasta llegar al desierto salón. Se encaminó a la cocina, tanteando los muebles hasta dar con el cajón de los cubiertos donde papá siempre escondía una linterna. “Por favor, que tenga pilas”pensó. Al clic del interruptor se hizo una pequeña  luz blanca ovalada que la permitió llegar hasta la puerta que daba a la calle.

La gente corría desorientada, buscando un lugar en el que refugiarse de la terrible tormenta que asolaba el pequeño pueblo costero. Anna, enfocó de nuevo la ventana de la casa de enfrente buscando la luz que la había sorprendido, hacía un par de minutos.

¡Sí! ¡Allí estaba! Permanecía pegada a la ventana. ¡Cualquiera podría verla! ¿Por qué no la miraba nadie?¡Eh! ¡Que una casa abandonada desde no se sabe cuánto, tenga luz en su interior, es más importante que cien tormentas como aquella! La calle se convirtió en un río furioso y enmarañado llevándose papeles, hojas caídas, flores diezmadas de sus bellos tiestos…

Nadie parecía percatarse de la luz existente entre tamaña oscuridad, en aquel coloso vacío y apagado.

Se encaminó a la puerta y con un fuerte tirón de viento, salió al jardín embarrado y lodoso, dirigiéndose completamente encharcada al portón tapiado del viejo caserón.

Consiguió colarse por una de las ventanas rotas del piso inferior mientras sentía el húmedo corte del agua calándole los huesos. Introdujo primero una pierna, después, la otra y por último, el cuerpo entero.

La oscuridad latente y el silencio sordo todo lo inundaban. Una gran explanada de muebles y tapices cubiertos de polvo y telarañas se abría paso hasta el recibidor, desde donde partía una colonial y curvilínea escalera de proporciones colosales  que moría en un primer piso coronado por una majestuosa lámpara de cristales de Murano y bellos adornos venecianos (algo recordaba de sus clases de Arte) “Caray, vaya lujo” se dijo. De pronto los caracolillos rizados de su negra melena se movieron impulsados por una ráfaga húmeda y perfumada que inundó la estancia. Un olor a rosas frescas se meció por el salón, configurando una masa etérea, acuosa, uniforme. Una calidez absoluta la recorrió por completo. No sentía miedo, angustia. No sentía nada. Su mente no la obedecía, se movía libre, catatónica, desorientada…

“Anna, Anna” una voz melódica y familiar le susurró al oído bellas palabras que la razón no explica pero que calmaron su débil corazón agitado. “Ven, mi amor. No tengas miedo, ven” y la sombra alada trepó la escalera indicándole el camino que sus piernas trazaron, sin  ella  ordenarlo. Y la luz se hizo en una vaga  forma etérea, dibujando aquella silueta amada y venerada por la niña. “Mamá” Las lágrimas se derramaron de las cuencas de sus ojos esmeralda.

Anna no retrocedió, no quería hacerlo. Ansiaba con todo su corazón, llegar hasta aquella silueta que le acariciaba la perdida conciencia. Anna continúo subiendo peldaño a peldaño, escalón tras escalón, con el alma en un puño, sin pensar en nada más. La luz de la presencia la hipnotizaba, inundaba su corazón de un bienestar absoluto, de una paz eterna y sonora…

Acércate a mí, mi pequeña —susurró la bruma, pululando débilmente sobre los huesudos brazos y las blancas piernas.
— Mamá…mamá…no me dejes, no te vayas —balbuceó Anna.
Una mano alada, voladora, agarró a la niña por un brazo y la izó hasta completar el tramo de escaleras.
Nunca más —susurró el ente luminoso, envolviendo el delicado y fresco ser de la pequeña.
Anna se dejó llevar. Se acurrucó en las sombras y abandono su cuerpo al destino.
De repente el rostro amado esculpido levemente por la luz de la esperanza, se tornó sombrío y amenazador. Una horrible figura negruzca de rostro cadavérico asió a Anna aun con más fuerza, dañando su débil brazo.
— ¡¿Mamá?!
— ¿Quién te dijo que soy tu mamá? —contestó la mancha oscura y deforme con un bramido horripilante.

“Y la oscuridad  se hizo”…

Un destello sordo lo inundó todo, los cimientos y maderas de la vieja mole ruinosa temblaron cimbreados por el viento, después el silencio quedo y vago rellenó los huecos de las solitarias estancias. La Muerte se respiraba en el aire.

Fuera, la tormenta había expirado.
— ¿Señor Coleman?
— Sí, ¿quién habla?
— Eh…Muy buenas tardes, señor Coleman, le habla el inspector de policía Johnsom, disculpe que le moleste en horas de trabajo pero debo comunicarle una terrible noticia.
— ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ¡Voy en seguida!

El señor Coleman en un estado de excitación y ansiedad plena montó en el viejo escarabajo gris aparcado a las puertas del inmueble donde ejercía su nuevo trabajo de corredor de fincas. Arrancó el cacharro pisando a fondo el acelerador mientras trataba de digerir lo que el policía acababa de comunicarle. Según el inspector su casa ardía bajo unas terribles llamas provocadas, seguramente, por la caída de un rayo. Los bomberos ya se encontraban en el lugar, avisados por los vecinos.

“Dios mío” —pensó el señor Coleman— “apenas acabábamos de mudarnos. ¿Cómo reaccionará Anna, cuando le diga que ha perdido todo lo que tenía de su madre? ¡Cielo Santo, Mary! No debías haberte marchado”.

Condujo desorientado los escasos metros que le separaban de su calle hasta que divisó la columna de humo y fuego que engullía la techumbre azulada del que era hasta hace unas horas, su hogar. Aparcó haciéndose paso por entre los coches de policías y bomberos que copaban la manzana y fue entonces cuando descubrió la magnitud de la tragedia: sus vecinos se abrazaban desconsolados y llorosos. ¿Esa era la señora Gladys? ¿La profesora de matemáticas de Anna? ¡Cielo santo! ¡Anna!

Y corrió enloquecido por entre la gente que lo miraba compadeciéndole con el gesto y vio una ambulancia con sus luces anaranjadas y su pitido discordante que se encontraba vacía. ¡no había nadie dentro! ¿Y la profesora? ¿Qué hacía allí? Anna estaba en el instituto. Él mismo la había acompañado esa mañana. No era posible. ¡Señor, no era posible tal horror!

Cayó al suelo, postrado y de rodillas, inmerso en una angustia claustrofóbica y densa, como la bruma que se levanta con el fuerte oleaje de los mares grises. Alguien lo sujetó  por los brazos para que no entrase en la casa en llamas en aquel ataúd de maderas blancas y azulados tejados…

Y la oscuridad inmensa llenó su corazón de un hosco dolor y  de un vacío infernal.

Las noticias locales no hablaban de otra cosa: del terrible incendio en un barrio residencial de Dashelfcity. Incendio en el que había perecido la adolescente de quince años, Anna Louis Coleman. De ella, no se encontró más que los zapatos que llevaba puestos la mañana en que un desafortunado rayo impactó contra la casa.

 “Y los días pasaron y los años avanzaron cautelosos por el calendario del mundo”.

Una nueva y colorida escuela infantil da vida al pueblo costero de Dashelfcity. Las voces de los niños  impregnan el lugar de sueños e inocentes risas.

Frente a ella, una vieja casona abandonada, espera paciente su turno en el tablero de juego…

Sobre la autora: Amparo Montejano Sampedro – Alcazar de San Juan (Ciudad Real) 1975. Curso estudios de arte y educación infantil, está casada y es madre de dos niños.

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