Café Nexus – Parte 1

Para Yanet
por hacerme dar cuenta que tengo muchas más
emociones y sentimientos de los que creía.

Parte I

En algún lugar de un gran país.

“A dónde quiera que vayas, ahí estarás” – Las aventuras de Buckaroo Banzai.

I

El Sol estaba en su punto más alto en el cielo.

El desierto parecía interminable.

El viejo Chevy azul recorría la carretera a gran velocidad. Sus neumáticos negros se fundían con el asfalto del camino.

Daisy despertó de siesta, la tercera en aquel día. La joven dio un largo bostezo, se talló el ojo derecho con la mano, y tras esperar a que su visión volviera a enfocarse, echó un vistazo por la ventana del auto.

Afuera, más allá del asfalto negro, no había nada más que arenas rojas y ocres. Y a lo lejos, algunas de las montañas erosionadas tan características de esa parte de Arizona, las únicas vistas que rompían la línea continua del horizonte. Ella casi no podía esperar a que dejaran atrás ese estado tan caliente. Se sentía como una yema de huevo en una sartén. De por sí el calor era demasiado brutal para ella, causa de que algunas gotas de sudor resbalaran por sus sienes siguiendo la curva de sus mejillas, para desafiar la gravedad bajando por su barbilla hasta su cuello, dando un cierto brillo a su morena piel.

La adolescente se acomodó la playera gris, adornada con el logo de Old Navy. Los jeans negros ya comenzaban a mostrar desgaste en las rodillas, justo abajo de los dobleces y manchas de desgaste falsos. Movió un poco los dedos de los pies dentro de los tenis Converse de lona rojos, las largas agujetas desatadas. Daisy sólo se ponía las calcetas blancas cuando hacían alguna parada.

— ¿Ya llegamos? —preguntó con voz juguetona, mientras trataba de suprimir un bostezo.
Daisy había atado su cabello, que llegaba hasta sus hombros, en una improvisada cola de caballo, sujeta en su lugar por una liga verde limón.
— Qué graciosa —respondió Janice mientras la radio escupía solo estática mientras que aquella presionaba sus botones, tratando de encontrar alguna estación con buena música.

Ella iba vestida de manera igual de cómoda que su hija con una playera amarilla cuyo color se había ido despintando con los años. Tenía tres botones en el cuello que dejaba sueltos para tratar de refrescarse lo más posible. Sus pantalones estaban aún más despintados que los de Daisy, pero la diferencia estaba en que era a causa del paso natural del tiempo, no un proceso químico para hacerlos ver a la moda. Sus tenis eran de lona blanca, carentes de agujetas. El largo cabello de Janice estaba suelto aunque el sudor había escurrido por él hasta mojar las puntas, que descansaban sobre su espalda. A pesar de su vestimenta descuidada, cualquiera podía adivinar las curvas de su cuerpo, agradable tanto a la vista como al tacto, a pesar de estar a un puñado de cumpleaños de cumplir cuarenta.

— Falta menos que cuando empezamos en la mañana —dijo Mike mientras se ajustaba los viejos lentes Ray-Ban de plástico negro—. Si estás aburrida podemos volver a jugar a las veinte preguntas.

El hombre sonrió con ironía, sus dientes blancos destacando como estrellas contra su rostro color ébano. El calor no le molestaba tanto, ya que su cabello estaba cortado casi al ras, dejando apenas lo suficiente para que la gente viera que no estaba calvo. A pesar de estar a un par de meses de cumplir cuarenta años su constitución era sólida. La camisa de color verde y amarillo, con el logo de los Empacadores de Green Bay, parecía estirarse hasta su límite cada vez que movía los brazos para seguir las curvas del camino. Sus pantalones de mezclilla estaban un poco menos gastados que los de Janice. Su calzado eran unos viejos tenis Adidas de color blanco y verde, su exterior desgastado por años de uso continuo.

— No hay nada más qué ver por aquí, sóloe piedras y arena —se quejó la adolescente.
— Bueno, entonces toma otra siesta —sugirió Janice. La mujer sabía que en esos casos lo mejor era no irritarse o Daisy se pondría aún más irritable.

De la radio surgió por un momento la voz de un anciano, recitando un pasaje de la Biblia.

— …y pasó cuarenta días con sus noches en el desierto, enfrentando todo tipo de tentaciones… —recitó una voz chillona a pesar de los años que se adivinaban tras de ella.
Janice no lo dejó terminar, y presionó de nuevo el botón para buscar la siguiente estación.

— Siete. Desde la mañana hemos captado siete estaciones, y todas tienen a algún tipo leyendo la Biblia —mencionó la mujer para luego soltar un suspiro—. ¡Mi reino por una estación de buen Rock and Roll!
— Siempre podemos poner alguno de mis discos —ofreció Mike sin apartar la vista de la carretera. Se encontraba en un estado de relajación casi Zen, poniendo y no poniendo atención a nada que no estuviera en el camino.
— Olvídalo. Preferiría oír a uno de esos viejos leer la Biblia entera, con todo y apéndices, antes que poner esas canciones pasadas de moda tuyas —dijo Janice con sarcasmo.
— No son pasadas de moda, son clásicos —refutó él mostrando sus blancos dientes en una amplia sonrisa—. Siempre puedo ponerme a cantar. Acepto peticiones, señoritas.

Madre e hija levantaron la vista hasta casi ver el techo, sin molestarse en ocultar su gesto. A Janice aquellos momentos le parecían graciosos, como una prueba tangible de que su hija había heredado algo más que su atractivo y su carácter. Mike sólo soltó una risita, tras lo cual Janice volvió a tratar de sacar algo bueno del éter eléctrico a su alrededor, de entre toda la estática y amenazas de fuego y azufre.

Daisy buscó entre las bolsas de plástico que estaban amontonadas en el asiento trasero del automóvil justo a su lado. En el asiento estaban tiradas algunas revistas de adolescentes, de chismes de celebridades del cine, y una National Geographic con fotos de colibríes. Por fin encontró lo que buscaba. La lata de Coca-Cola apenas se sentía un poco fresca en su mano, se detuvo por un momento para apreciarla antes de abrirla.

El viento que entraba por las ventanas del auto era caliente, casi como si tuviera una secadora de pelo en la cara. Tras tres días de sentir ese calor, todo su entusiasmo por el viaje se había secado por completo. Daisy se preguntó cuánto tiempo más faltaba para que llegaran a Nevada. Mike había prometido que pasarían un par de días en Las Vegas antes de continuar su viaje a San Francisco, disfrutando de un paseo por las calles iluminadas por los anuncios de neón, comer langosta en el buffet de algún gran hotel y ver uno de los muchos espectáculos en la ciudad. Sería una buena distracción. La chica no quería pensar en el pasado que iban dejando atrás milla a milla, un mal sueño que se perdía entre la brillante luz del sol que había a su alrededor. Y sabía que su madre sentía lo mismo. Incluso si no hubiera podido ver la preocupación que acechaba a ratos por detrás de su mirada, y entre los largos ratos en que se quedaba mirando por la ventanilla sin decir palabra, casi conteniendo la respiración.

Pronto todo eso quedaría atrás, si el viejo Chevy 98 no se caía a pedazos en el camino. Mike había insistido en que su auto podría soportar el largo viaje desde Carolina del Norte, pero no podía forzarlo mucho. Ese era también el motivo de que viajaran sin usar el aire acondicionado. Mike lo prendía sólo por quince minutos cada par horas, a riesgo de sobrecalentar el motor, y quedarse varados en medio de aquella desolación. También fallaban los limpiaparabrisas, una de las luces traseras se apagaba con frecuencia, las manivelas de las ventanas a veces se les quedaban en las manos, y los seguros de las puertas del lado del pasajero no cerraban sin la llave. “Una falla al menos sería interesante” pensó Daisy.

La adolescente abrió la lata de refresco y le dio un par de sorbos. Era la tercera lata que bebía desde que dejaron la estación de servicio, hacía varias horas. El calor seco que los rodeaba parecía tratar de dejarla sin una gota de líquido en su cuerpo, extrayéndolo de sus poros. De repente, Daisy se tensó. Dirigió su mirada hacia Mike y se dio cuenta que él había sido la fuente de esa sensación. El hombre había dejado de sonreír. Ni siquiera mostraba la calma expresión que tenía mientras conducía. Sus labios se habían apretado en una mueca de ansiedad y comenzó a bajar la velocidad.

Janice dejó la radio y volteó hacia la ventana trasera del auto. Daisy la imitó sin perder un segundo. Su corazón se saltó un latido al ver que las seguía un automóvil de la policía.
— Mike —dijo su madre, la preocupación pintando varias líneas en su rostro.

Mike se limitó a apretar su mano para tratar de tranquilizarla, mientras detenía el auto a un lado del camino. Con un giro de la llave apagó el motor del vehículo para luego quitarse los lentes oscuros, sacar su licencia de la cartera, y poner sus manos justo sobre el volante, forzándose a respirar de manera profunda y pausada. Daisy podía sentir que Mike estaba a sólo un par de momentos del pánico total. Para tratar de distraerse tomó una de las revistas que estaban a su lado y la abrió sin dar importancia a la página.

Mike miró por el empolvado espejo del lado del conductor. El policía había estacionado su patrulla justo detrás de él, y se acercaba. Por un momento pensó en que lo mejor sería encender de nuevo el auto, pisar el acelerador a fondo y tratar de poner la mayor distancia posible, tratar de salir del estado sin parar.

“No seas tonto”, se recriminó, mientras trataba de mantener la apariencia de estar calmado, “aún si no te atrapa, tiene la descripción del auto y las placas, así que sólo sería cuestión de tiempo”.
El mejor curso de acción sería actuar como si nada. Si las cosas se ponían mal, al menos trataría de encontrar alguna manera de que Janice y Daisy pudieran huir.

El policía ya se encontraba justo al lado de su puerta.
— Buenos días. Licencia y registro, por favor —pidió el oficial con un tono que no dejaba duda de que era más bien una orden.
Mike se volvió para buscar el registro en la guantera, pero Janice casi se lo puso en la cara. De inmediato le pasó los documentos al policía quién los revisó por encima del borde de sus lentes oscuros.

El patrullero usaba un uniforme color arena con un sombrero de vaquero del mismo color, algo despintado por recibir años de sol. Se le veía algo demacrado, como si el pasar tanto tiempo en ese calor lo estuviera secando como un pedazo de carne salada. En su oscuro bigote había varias canas salpicadas, al igual que en sus sienes. Daisy se forzó a mirar la fotografía de la revista, como si fuera lo más importante en el mundo. El fotógrafo había captado a un ocelote en medio de la selva, en el momento en que le devolvía la mirada. La joven se enfocó en aquellos ojos felinos, tratando de dejar fuera todo lo demás.

El policía le devolvió los documentos a Mike. Él estuvo a punto de relajarse pero la tensión volvió de nuevo, con aún más fuerza.
— Por favor baje del vehículo —ordenó con firmeza, mientras que el rostro de Mike quedaba reflejado en los cristales de sus gafas.
Mike se quitó el cinturón de seguridad, y abrió la puerta. El policía había dado un par de pasos hacia atrás y tenía las manos en el cinturón, una de ellas bastante cerca de la funda de su arma.
— ¿Hay algún problema, oficial? —preguntó Mike mientras hacía un gran esfuerzo por que no se notara su nerviosismo.
— ¿Sabe por qué razón lo detuve, señor Landers? —dijo el policía mientras cambiaba un poco su posición.
— No, lo siento, oficial, no tengo idea —respondió de manera casi automática, tratando de deducir si el policía estaba a punto de echarse encima de él para arrestarlo.
El patrullero dio un par de pasos, bajó la mirada. Luego señaló hacia una de las luces traseras del Chevy.
— Una de sus luces traseras está rota. El no contar con luces funcionales es una violación al reglamento, como seguramente está enterado —manifestó el policía.
— Oh —dijo Mike, sintiendo una oleada de alivio, pero forzándose a mantener la misma expresión neutra—. Lo siento mucho, oficial. Pero aunque la cubierta está algo rota, la luz funciona, se lo aseguro.

El agente dio un vistazo a la luz en cuestión. Aunque la cubierta de plástico rojo tenía varias fracturas, parecía estar aún de una pieza. Para Mike, Janice y Daisy, el tiempo se detuvo mientras el patrullero examinaba con atención la parte trasera del auto. Daisy apartó la vista de la enigmática mirada del ocelote. Todo iba a estar bien.

— Muy bien, lo dejaré ir con una advertencia —indicó el agente mientras clavaba su mirada en el rostro de Mike.
— Muchas gracias, oficial —dijo Mike. Sentía cómo el alma le volvía al cuerpo.
— Están algo lejos de la civilización —comentó el agente.
— Vamos a San Francisco. Nos estamos mudando por mi trabajo —respondió Mike tratando de sonar lo más natural posible.
El agente miró hacia el claro cielo azul. Luego bajó la mirada hacia la rojiza arena del desierto. Acabó por posar sus ojos sobre el viejo auto.
— Hay una estación de servicio a 20 millas de aquí —el policía señaló hacia adelante en el camino—. Le sugiero que le haga un chequeo a su auto si van a seguir por la interestatal.
— Sí, oficial, así lo haré, muchas gracias —aseguró Mike, una sonrisa de alivio asomaba en su rostro.

El policía le echó un último vistazo al vehículo y a sus dos pasajeras para luego subir de nuevo a su patrulla. Mike esperó a que el policía se hubiera perdido en el horizonte antes de volver a encender su auto.

— Oh, Dios mío— sollozó Janice con un hilillo de voz. Sus ojos se llenaron de lágrimas las cuales ya no tenía que contener.
Mike la atrajo hacia sí para abrazarla. Daisy también estaba al borde del llanto pero se esforzó por limpiar las incipientes lágrimas con el dorso de sus manos. Pasaron veeinte minutos antes de que se pusieran de nuevo en marcha. Nadie dijo nada por un largo rato.

Fue Mike quién acabó rompiendo el silencio, mientras su auto seguía la tira de asfalto negro que cortaba en dos el desierto.
— Hey, miren ese anuncio —indicó con un ademán—. Deberíamos aprovechar para comer de una vez, ¿qué les parece?
Daisy dejó de leer la revista de celebridades. Justo adelante, a un lado del camino, había un anuncio de gran tamaño despintado por el viento y la arena del desierto.
El letrero proclamaba “Disfruta tu siguiente parada en el Café Nexus” seguido de un dibujo de un átomo, enmarcado por la característica nube de hongo de una explosión nuclear. Justo debajo había una sonriente familia blanca, al estilo de los años cincuentas, disfrutando de un paseo en automóvil. A un lado, una flecha indicaba que encontrarían el paradero en las próximas diez millas.

— ¿Seguro que podemos parar? El letrero se ve algo antiguo —comentó Janice justo cuando pasaban al lado de la oxidada estructura de metal que lo sostenía.
— No perdemos nada con probar —respondió Mike encogiendo un poco sus hombros—. Vamos, Daisy, ¿qué dices?
La adolescente no respondió de inmediato. Se había quedado mirando el viejo letrero que se iba encogiendo conforme se alejaban. Daisy podía sentir cómo Mike se forzaba a sonar lo más animado posible. A esto se unía la intranquilidad que todavía apretaba el corazón de su madre como un puño cerrado. Era la misma horrible sensación que ella misma sentía. Tal vez todo estaría mejor después de comer algo y descansar un poco.

— Claro, ¿por qué no? —dijo ella con una sonrisita tratando de sonar entusiasmada.
— Bien. De todas maneras debo estirar las piernas, me están matando —concedió Janice, revolviéndose un poco en el asiento y ajustando el cinturón de seguridad sobre su hombro.

Satisfecho por haber alcanzado un consenso, Mike subió un poco la velocidad del Chevy. Daisy volvió a leer la National Geographic. Ya había releído las otras revistas tres veces cada una y no le importaba si la fotografía de una Kardashian sugería que estuviera embarazada o no.

El Sol había llegado a su punto más alto provocando que aparecieran espejismos de charcos de agua en el asfalto que desaparecían cuando se acercaban a ellos para luego surgir sólo un poco más adelante. Muy arriba, en el claro cielo azul, se adivinaban las formas de las aves carroñeras del desierto, planeando con pereza a través de grandes distancias ayudadas por el caliente aire. Se movían en círculos como si fueran parte de alguna escultura móvil, pegada en el techo de la creación desde tiempo inmemorial, girando sobre el mismo punto una y otra vez, parte de algún invisible ciclo del universo.

II

Daisy no podía decidir si era un buen lugar que tuvo tiempos mejores o un mal lugar que trataba de mantener el mejor aspecto posible. El Café Nexus estaba a unos metros de la carretera interestatal. El edificio principal estaba conformado por el área del restaurante, con amplias ventanas por las cuales ver hacia la gran nada que era el desierto de Arizona. Debajo de ellas había pegadas varias losetas de color negro y blanco ordenadas como un tablero de ajedrez en el que faltaban algunas casillas. El exterior estaba adornado con detalles de aluminio plateado, su brillo apagado por el azote del viento y la arena. El borde del techo estaba adornado con tubos de luces de neón de color verde y rosa, oscurecidos por el polvo. Detrás del restaurante había un edificio menos amplio de dos pisos de altura. Estaba pintado de un color que debió ser blanco puro pero ahora se veía amarillento. También tenía un par de filas de luces de neón, cerca del techo de tejas café. Y justo en medio del exterior del área del restaurante había un impresionante letrero vertical con letras de infaltable neón, anunciando a los visitantes que era en verdad el Café Nexus. En medio de las dos palabras estaba el mismo dibujo de un átomo en color rojo brillante.
Justo al lado tenía un área de estacionamiento, un amplio rectángulo de concreto gris con espacios para los autos delineados con pintura blanca casi desvanecida. En medio, como dos árboles secos con corteza de óxido, surgían un par de viejos postes de luz.
A Daisy le pareció que debió ser un gran lugar para visitar hace cincuenta años. A la gente que iba de camino a Las Vegas les debió parecer un lugar genial, cuando era nuevo. Ahora, en el presente, habría sugerido que siguieran de largo, de no ser porque tenía que usar el baño con urgencia.

Daisy tardó un poco en bajar del Chevy, ya que no encontraba su otra calceta. Mientras Mike y Janice bajaron del auto para echar un vistazo al lugar, ella encontró la calceta perdida debajo del asiento del conductor. Los dos adultos estaban justo frente a la puerta de entrada del paradero. Mike estaba con el rostro casi pegado a la puerta de vidrio y aluminio, tratando de ver en el interior. Janice estaba a punto de decirle que lo dejaran y continuaran su camino, cuando Mike se volvió con una sonrisa triunfal.

— Parece que sí están abiertos —dijo él mientras un hombre joven vestido con un delantal blanco se acercaba a la puerta llevando en la mano un gran manojo de llaves.
Daisy tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar sus pasos y no entrar corriendo al interior del restaurante. Con un rápido movimiento se quitó la liga del cabello dejándolo que cayera libre sobre sus hombros.
El hombre joven tenía cabello rubio un poco largo, que en mechones despeinados caía sobre un par de ojos color azul-gris pálido. El mozo tenía una barba de varios días que crecía en parches desiguales por la mitad inferior de su rostro.

— Bienvenidos —dijo el joven cuando cerraba la puerta detrás de ellos.
— Casi pensé que estaba cerrado —comentó Mike dando un vistazo al local vacío.
El hombre joven se le quedó mirando por un par de segundos, como si los engranes en su cabeza funcionaran con más lentitud que la mayoría de la gente.
— Cerrados… no. Limpiamos. Y luego abrimos, como justo ahora —explicó con una voz algo rasposa, mientras colgaba las llaves de nuevo en su cinturón con algo de dificultad.

Mike se volteó a ver a Janice y Daisy, levantando las cejas para tratar de afirmar el pensamiento que revoloteaba en sus cabezas. Para él era obvio que el empleado era alguien un tanto peculiar.
Los tres se dirigieron a una de las mesas junto a las grandes ventanas. Frente a estas había una gran barra, adornada con más aluminio plateado en los bordes y rodeada por varios banquillos de refulgente metal pulido. En el extremo más cercano a la puerta había una vieja máquina registradora aunque con una terminal moderna para tarjetas de crédito justo al lado, una cosita de plástico junto a la mole de metal con botones de resorte. Detrás de la barra había una puerta batiente con una ventana redonda y un espacio que hacia de ventana más grande empotrada en la pared que la conectaba con la cocina.
Fue por ahí que asomó una mujer de rostro redondo con profundas arrugas. Ella llevaba el cabello de color castaño salpicado con varias rayas plateadas, recogido en una red. Debajo del delantal blanco llevaba una camisa también blanca, con las mangas recogidas hasta los codos.

— Nicky, se útil y dales los menús. Y no olvides darle una sacudida a la mesa con el trapo —ordenó la mujer, con un tono de voz que no dejaba duda en cuanto a la jerarquía del lugar.
El joven rubio se quedó mirando hacia la cocina por un momento para luego ir hacia la barra. Nicky recogió los menús del soporte de metal justo al lado de la máquina registradora y los repartió al trío de clientes.
— Disculpe, pero ¿dónde está el baño? —inquirió Daisy antes de que el joven Nicky se volviera para ir a la cocina.
Como si fuera una aparición una chica joven salió de una de las dos puertas en la pared más lejana, al fondo del restaurante. La adolescente batallaba para balancear un trapeador mojado al mismo tiempo que cargaba una pesada cubeta de brillante plástico rojo. En la puerta estaba pegado el símbolo casi universal para el baño de mujeres.
Daisy caminó con pasos rápidos hacia el baño. La inmovilidad del viaje, junto con el calor seco del día, había hecho que tomara más líquido del que su cuerpo podía contener.

Justo al lado de los baños había una vieja máquina tocadiscos de las que usaban mecanismos y discos de vinil negro con calcomanías de colores, anunciando tres canciones por cincuenta centavos. La ranura de las monedas se veía algo más moderna que el resto del aparato pero aún antigua comparada con las que Daisy había visto en otras paradas, con un botón para la devolución de la moneda iluminado con luz naranja.
“Tendré que pedirle un par de monedas a Mike para probarla” pensó ella de manera casi fugaz. Ya había puesto su mano sobre la puerta lista para empujarla pero un sentimiento súbito la detuvo. El sentimiento era algo grande e intenso, lo suficiente para hacer que se sintiera desconcertada. Algo que parecía una estática de gran intensidad que apenas podía ser contenida. Eso provenía de la chica que había limpiado el baño. La empleada, un par de años más joven que Daisy y un poco más baja, estaba inclinada sobre la cubeta, tras dejarla sobre el piso. La cubeta contenía agua parda, con un inconfundible olor a cloro. Daisy se quedó mirando el sucio líquido mientras trataba de desenredar la maraña del sentimiento que emanaba de la joven que estaba ante ella.
Daisy levantó la mirada. La empleada tenía cabello rubio pálido que el sudor había pegado a su rostro blanco y lleno de pecas, en varios mechones desordenados. Debajo del delantal blanco llevaba una camisa rosa, con las largas mangas subidas hasta sus codos. La muchacha era delgada, incluso para una quinceañera que tuviera que vivir en medio de aquel sofocante calor. Su rostro tenía una forma agradable pero también eran visibles algunas arrugas tempranas, penurias que salían a la superficie, lo que la hacía ver algo mayor. Tenía oscuras bolsas debajo de sus ojos color verde claro parecido al jade. Su mirada estaba clavada en el rostro de la joven afroamericana, sin romper el silencio entre ellas.

Justo debajo de su tímida mirada, Daisy podía percibir la emoción que amenazaba con aflorar a la superficie pero que la joven no se atrevía a dejar salir. La estática iba aumentando de intensidad, llenando el espacio entre ellas, tratando de alcanzarla.

— ¿Qué… qué ocurre? —preguntó la empleada al ver que Daisy se le había quedado mirando. Daisy parpadeó un par de veces. No se dio cuenta de que habían pasado varios segundos. Echó un vistazo por encima del hombro, vio como Janice y Mike leían los menús con interés, y se volvió hacia la joven.
— No, no es nada —respondió mientras sentía de nuevo las ganas de orinar—. ¿No hay arañas en el baño o algo así, verdad?
Lo había dicho medio en broma, la joven parecía que iba a decir algo. La estática amorfa seguía entre ellas pero había llegado a su punto máximo. La chica rubia comenzó a balbucear unas palabras pero fue interrumpida antes de que algún sonido abandonara sus labios.

— ¡Kim, deja de perder el tiempo, te necesito en la cocina! —ordenó la mujer mayor con tono irritado.
Aquella se sobresaltó al oírla, tanto que soltó el asa del cubo de la limpieza. Miró hacia la cocina, luego hacia Daisy y su boca se abrió de nuevo para intentar hablar pero no pudo.
— ¡Vamos chica, apúrate! —insistió la mujer.

Janice y Mike levantaron la vista de los maltratados menús, en ese momento Kim ya había agarrado de nuevo la cubeta con la mano izquierda tratando de que el viejo trapeador no se resbalara de la otra mano. La joven caminó con paso apresurado hacia la cocina, sus maltratados tenis blancos rechinando un poco sobre las losetas de color blanco y negro, tan brillantes como un espejo.

El extraño sentimiento se fue con su dueña. Daisy luego pensaría que era justo en ese momento cuando debió decir algo, ir tras de Kim, pedirle que diera sonido a las palabras que se quedaron colgando en el silencio entre ellas.

Cualquier cosa que hubiera podido evitar lo que estaba a punto de pasar.

III

El baño estaba tan limpio que se hubiera podido comer en él, como ella había oído decir en una ocasión. El piso de losas blancas estaba inmaculado, mientras que las paredes estaban adornadas con las mismas losetas blancas y negras del restaurante alcanzando hasta un poco más abajo de sus hombros. El resto de la pared estaba pintado con un color rosado que en tiempos pasados debió ser muy intenso. Ahora se veía más pálido, con algunos pedacitos de pintura desprendidos aquí y allá, dejando al descubierto la blancura del yeso que había debajo. Para Daisy esta fue una agradable sorpresa. Al menos podía descartar que la razón de aquella extraña sensación fuera que la chica de la limpieza hubiera encontrado una rata muerta.

Incluso tal vez estuviera demasiado limpio, ya que el olor a cloro era tan intenso que hizo que le picara la nariz. El baño tenía dos inodoros, separados en sendos compartimientos de plástico blanco opaco y marco de aluminio. Daisy abrió la puerta del que estaba más cerca, y se dispuso a utilizarlo.

Unos minutos más tarde, se encontró batallando con una pastilla de jabón, tratando de enjabonarse las manos lo suficiente para hacer espuma. “¿Por qué no tienen un dispensador eléctrico como todos los demás?” pensó con algo de irritación, mientras la pastilla de jabón caía por tercera vez en el lavabo. Por fin logró lavarse bien las manos, pero luego se volvió a sentir algo irritada al ver que no había manera de secarlas. No había una secadora eléctrica, toallas de papel, o al menos una de tela. Daisy suspiró, y se secó las manos sobre las perneras de su pantalón. Podría quejarse al volver a la mesa pero de seguro le causaría problemas a la chica de la limpieza. Y también podría ser un poco culpa de ella misma, por haber entrado antes de que pudiera acabar su trabajo.

Al menos era mucho mejor que los otros baños que habían encontrado durante su largo viaje. En especial el del paradero de camiones, hace cuatro días. Un solo vistazo a la puerta rota, con sus tablas de madera despintada, además del ofensivo olor que emanaba de su interior, y no le costó nada decidir mejor hacer lo suyo detrás de los arbustos al otro lado del camino. Cada vez que se enfrentaba a una situación parecida, recordaba una de las frases favoritas de Jared, su amigo y vecino. O más bien, su ex-vecino ahora. “La gente está llena de mierda. Desde el presidente hasta tu seguro servidor”, recordó ella, casi pudiendo oír el tono de diversión en la voz del flacucho adolescente.
Daisy no pudo evitar sonreír. Aún en medio de todo lo malo, siempre podía contar con que Jared pudiera alegrarla un poco, hacerla reír aún cuando se sentía de lo peor.

Él tenía más razón de la que pensaba. Todo la gente del mundo estaba llena de mierda, de manera figurativa y literal. Por mucho que se esforzaran en poner su mejor cara, Daisy podía sentir las cosas que había dentro de ellos.

Así había sido desde que tenía memoria. Cuando había tratado de explicarlo a otras personas, era como si una persona con vista tratara de describir un arcoiris a alguien con ceguera. Al final, la gente se había conformado con colgarle la etiqueta de ser muy sensible. A veces los sentimientos se le presentaban de manera más abstracta, acompañados por algún sabor, olor o sonido. Por ejemplo, cuando su madre se sentía feliz, casi podía escuchar una alegre melodía, siempre presente en el trasfondo de sus palabras.

La joven estaba a punto de abrir la puerta, cuando un mareo la asalto de manera súbita. Daisy se agarró con ambas manos al borde del lavabo de porcelana blanca. Por un momento temió que acabaría desprendiendo el lavabo de la pared, ya que sus piernas no tenían la suficiente fuerza para mantenerla de pie. La chica cerró los ojos con fuerza. Los escalofríos recorrieron su espalda, cada vez con mayor intensidad. No podía definir la emoción que en esos momentos estaba asaltando su mente, como olas que rompieran contra una playa, cada una más fuerte que la anterior.
Daisy sintió la boca como si la tuviera llena de algodón. Quería abrir los ojos pero su cuerpo se negaba a responder, tratando de soportar lo que fuera aquella sensación que arremetía contra ella, una emoción que nunca había encontrado antes en su vida.

Sus manos se sentían como si estuviera apretando alguno de los cactos que había visto a lo lejos durante el último par de días. Ella podía sentir como grandes espinas se le clavaban en las palmas de las manos, a punto de romper la piel, y hacer que la sangre corriera por ellas. La adolescente sintió ganas de vomitar. Los ácidos estomacales subieron por su garganta, quemándola, pero logro contenerse y lo único que salió de su boca fue una tos muy fuerte.

Fuera lo que estuviera percibiendo en aquel momento, su cuerpo trataba de rechazarlo de manera instintiva, con todas sus fuerzas. La chica apenas fue consciente del ruido de platos rompiéndose, justo al otro lado de la puerta del baño.

Los gritos de Janice se oían como si llegaran desde muy lejos. Más ruido de platos rompiéndose. Un chillido de mujer, y luego un grito de enojo.

Mike la estaba llamando, gritando su nombre lo más alto que podía. Apenas por encima de la desagradable ola que la asaltaba, Daisy pudo captar una gran urgencia, con algo de temor.

La voz de Mike se calló de manera inmediata. Janice lo llamó por su nombre, con una voz llena de desesperación, entre el ruido de cosas cayendo y rompiéndose, mientras Daisy trataba con todas sus fuerzas de remontar aquella oleada de sensaciones viles, de dominarse lo suficiente para salir del baño, y descubrir que pasaba en el restaurante. “Dios, dame fuerzas”, rogó Daisy al cielo, mientras sus manos comenzaban a perder el agarre que la mantenía de pie a duras penas. Trató de enfocarse en cualquier otro sentimiento, el que fuera, como si se tratara de un salvavidas en medio del mar embravecido de aquellas salvajes y extrañas sensaciones.

De inmediato deseó no haberlo hecho. La única otra sensación que podía percibir en ese momento era la estática gris que había sentido en la empleada, coloreado por una negrura pegajosa, proveniente de Janice.

A sus oídos llegó el ruido de metal que caía sobre las duras losetas del piso, con un estrépito casi musical, parecido al de unos cimbalos al ser tocados con fuerza. Daisy ya no pudo sostenerse en pie. La joven se golpeó el hombro derecho al caer hacia la pared del baño, deslizándose hasta quedar acostada sobre el frío piso de losas blancas.

Las sensaciones la abrumaron. Lo último que pudo identificar, antes de perder la conciencia, fue una gran furia roja de aristas puntiagudas pero pronto quedó ahogada por la oscuridad de la inconsciencia.

Sobre el autor: José Luis Toscano López – Ha colaborado con el Estudio Utopía, Grupo ComyC, la revista MAD México y The Helicarrier Network. También tiene un blog en el que sube escritos varios, El Vampiro de Neptuno.Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1982, a tiempo para disfrutar una gran década para el cine fantástico y de ciencia ficción. En su tiempo libre le gusta leer, ver películas, entrenar en box, correr en carreras, y escribir libros que pronto irá publicando.

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