La mujer del fuego

“Dios mío, ¡está lleno de estrellas!”
David Bowman. Astronauta.

 

            Inició en la parte trasera del compartimiento de carga del transbordador. No le fue difícil alcanzar los tanques de los impulsores auxiliares. Llegaron los gritos por el radio, giré mi traje presurizado y alcancé a ver la bola de fuego. No escuché nada, no sentí calor alguno, ninguna onda de choque, en el espacio no hay aire. Sólo estrellas, muchas estrellas.

            Casi muertas sobre la playa, esperan el sol que explota en levante. Te entretienes arrojándolas al mar. Una, dos, y sin pasar la veintena vuelves a contar; no sabes más. Has estado esperándola, te dijo que la buscaras al amanecer de la luna negra. La mujer del fuego te iniciará en su magia, pasarás sus misteriosos ritos, fuiste el elegido.

            Y por eso estoy aquí, reparando el satélite Citlali II, mis compañeros me envidiaban por la experiencia casi única que estaba apunto de terminar. Ellos se han vaporizado con más de la mitad de la nave cuyo estabilizador trasero empieza un viaje directo hacia mí. En el vacío no hay qué lo detenga.

            Nadie pudo. Ni los guardianes del templo, ni los vigías del ocaso, ni las serpientes del foso. Llegaste a la playa aún oscura, viste a lo lejos su silueta recortada por las llamas de su magia grande, creíste ver que se hundía en el suelo. Sentiste que te ordenaba no acercarte. No lo hiciste.

            Por eso el satélite me está jalando. Debo desengancharme de él ahora, antes que me arrastre al suelo. Mi amarre quedó en el lado contrario, el estabilizador le transfirió su impulso, lo partió en dos pero aun así lo puso a rotar, si no me suelto no viviré mucho.

            No es lo que quieres, a ti te atraen los secretos que guarda ella. No la inmortalidad, sí su magia, su poder e intuyes: hay algo más, algo que el resto de la tribu no percibe por el miedo que les inspira o por el rencor que despierta la envidia entres los poderosos.

            Lo son, pero los impulsores de mi traje se han quedado sin combustible. Lograron disminuir la velocidad de mi caída pero no la eliminaron. No tengo a dónde ir, pensar en un rescate es aferrase a lo que me rodea para sobrevivir. Aun así, sólo puedo tratar de usar la radio para pedir ayuda.

            Nadie te la dará. Te encuentras en sus manos, has caído a sus pies, es algo vieja, no anciana. Conoce más de lo que todas las vidas de la gente de la tribu juntas podrían llegar a conocer jamás. No te habla pero entiendes, debes seguir sus pasos. Bebes.

            No moriré de sed, tampoco de frío, el traje resuelve esas necesidades. Tal vez asfixiado o bien, abrasado por lo que me dejaría respirar. A la derecha veo el hueco que ocupa la luna nueva. A la izquierda la paz de una canica azul, sin conflictos, sin hombres, sin guerras.

            Sin ellas no habría peligro para que aprendieras a usar su magia. Te lo advierte, es poderosa, como todas las magias, para hacer el bien para hacer el mal. El día ha sido largo y no terminan sus ritos. Te sientes cansado, quisieras dormir.

            Pero no lo hago porque no me gustaría que la muerte me sorprendiera inconsciente. Quiero disfrutar de otro amanecer como el que se refleja, lo sé, en mi casco; llevo veinte, espero ver otros veinte. Recuerdo un libro de mi infancia donde alguien veía atardeceres cuando estaba triste. Sí, se siente la tristeza.

            Porque te dice que después de instruirte deberá partir, te dejará solo, deberás hacerte hombre, y más que eso, para controlar cuanto te ha enseñado y te seguirá enseñando. Te ruega que no olvides todo lo aprendido; te promete que no te abandonará, jamás.

            No, nunca lo había pensado, por eso no tenía manera de recordarlo. Tlecoatl. La explosión del sol me ilumina, el recuerdo también. Con la garganta seca pronuncio ese nombre a la radio muerta, nadie me escucha, nadie me responde.

            Ella ha desaparecido durante el ocaso; es noche otra vez; dijo que buscaras entre la colina rocosa de la ensenada dos de las cuatro piedras que ella te mostró en el templo. Llegas y ves huellas de serpientes. Te indicó como iniciar la magia, todos los rituales necesarios, una señal en el cielo será su respuesta.

            “Aquí estoy” suena en el casco viajando por el espacio, por el tiempo. Su voz me tranquiliza como otro recuerdo infantil, me relajo; la física colocó mi cuerpo inerte mirando al círculo negro. Sé que mi vida, y mi muerte, no habrá sido en vano. Siento que la madre me llama. Giro el casco hacia el sol y un eclipse doble me hace estirar la mano. Son dos rocas pequeñas.

            Las tomas. Sientes tu corazón latir como si estuvieras en combate o cazando un jaguar.

            Las golpeo una vez, creo ver chispas. No hay aire, imposible.

            Las golpeas de nuevo, ahora son más. Te maravillas.

            Sí, son más, vienen de las piedras, y sé que de mis guantes y del resto de mi traje.

            Lo lograste, ves cumplida su palabra, en el cielo: una estrella fugaz atraviesa la luna negra.

            Lo último que hago es agradecerle la consumación de su promesa; mientras, la acompaño a la cuna del fuego.

10/Nov/06

Sobre el autor: Samuel Carvajal Rangel – Egresado de la licienciatura de Diseño Industial por la UANL. Escritor por amor a las letras. Diseñador por los retos que implica. Fanático de la ciencia ficción porque permite conjuntar esas dos disciplinas sin las restricciones de nuestra aburrida realidad. Colaborador de este proyecto que deseamos llevar a buen término: tu lectura.

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