Aquel que viene a jugar – Segunda parte

Eran las dos y cinco de la tarde. Diez minutos antes de que Carl y su esposa llegaran.
En el piso nueve todo era calma y quietud; aunque había momentos en que el sentido auditivo de Jerry se despertaba en alerta (igual que su pene; juraría que en estos momentos estaba firme, en una asombrosa erección, como diciendo “mira Jerry, ¡estoy vivo! ¡No eres un vegetal después de todo!) Unas pisaditas se escuchaban claramente en los alrededores de su gigantesca cama de metal reforzado.
Luego risitas, cuchicheos…más risitas.

En la mente de Jerry se dibujaba una sonrisa que sus labios no podían mostrar (como ya se ha mencionado antes), si viviera en un circo de fenómenos, sería conocido como “El Hombre sin Expresión”. Pero eso no le quitaba importancia ya que en su mente se veía a él montando a una rubia de enormes pechos; haciéndola gemir, pidiéndole, suplicándole una ración extra de su miembro erecto. En una última embestida. Toda una proeza para un hombre que se encuentra en coma.
Jerry se preguntaba si aún sería posible de eyacular en el estado en que se hallaba.

En ese momento ya había dejado de prestarle atención a los ruiditos que se oían en la habitación. Cuando de improviso, sintió de nuevo la rasposa manita: por debajo de su bata. Apretando con fuerza su duro miembro. Duro como una piedra. Y de nuevo las risitas.
Y otra vez el grito ahogado; en ese instante, lo único que pasó por su cabeza fue el intento de tragarse su propia lengua.

Intento. Intento. Intento fallido.

De una manera muy curiosa, la extraña criatura le salvó la vida al maltrecho Jerry. Si no fuera por su rapidez mental y quirúrgica, mezclada con una alta dosis de sadismo o —quizás en el lenguaje de los de su propia especie (¿hay otros como él en el hospital?) — Solo sea una manera de jugar. Un sano jugueteo infantil. Como los chicos que juegan en la mesa del comedor al “Operando”. La criatura notó algo fuera de los normal en su entorno. Teniendo en cuenta si llamamos “entorno” al larguirucho y comatoso bulto al que había dejado ya sin un ojo. Lo más seguro es que haya olido. El terror huele a sudor frío, mezclado con olor a heces fecales y adrenalina. Como la loción más barata que se puede encontrar en un Seven Eleven.

El caso es que eso mismo percibió el pequeño-doctor-quita-órganos-aquí-quita-órganos-allá. Y en ese momento dejo libre el pene que se volvió tan flácido como los espaguetis que Bárbara cocinaba cuando era “la Bárbara, el amor de la vida de Jerry Keller.
Si el miembro de Jerry pudiese hablar, hubiera dicho “¡Gracias!” Si Jerry hablase, de seguro diría “hey, hey ¡aléjate de mí!” El hombrecito color marrón de un brinco volvió al pecho de Keller. Una sensación que le era muy conocida. “Oh Dios, Dios, si en verdad existes, y yo sé que existes; no dejes que me deje totalmente ciego”.
Jerry Keller hubiera sacrificado con gusto su ojo bueno.

La fuerza de tan solo tres deditos fue necesaria para abrir la boca de Jerry.
Con la mano libre y de un solo tirón, la lengua fue arrancada y sustraída de la boca. Esta vez si sintió un poco de dolor, y eso alegró a Jerry. Bien pudo agradecerle a Dios por que aún mantenía su ojo izquierdo y porque aún podía sentir un poquito de dolor.
Significaba que estaba vivo.
Pudo darle las gracias a Dios, pero sin lengua ¿Cómo se logra eso?

Del otro lado del país, casi hasta la frontera con el Canadá. En una Amsterdam muy distinta a la que todos conocemos; donde no cruza el río Amstel, no existen los coffe shops, la marihuana legal, el sexo en los aparadores, el barrio rojo, Ana Frank no tuvo su casa y no se produce la cerveza Heineken…
Era un pueblito hundido en las profundidades de Montana, de nombre Amsterdam pero con apenas doscientos habitantes: una mujer que ha perdido su bebé, que mira con tristeza hacia una cuna vacía… sujeta con resentimiento un muñequito alargado hecho de trapo. Como si él fuera el causante de toda su desgracia, le ha clavado alfileres en su ojo derecho, en medio de la boca, le ha picado una y otra vez entre las piernas…ahora decide si dejar el alfiler de una buena vez ahí: o jugar con las uñas de sus pies.
Ya le había dicho su abuela en más de una ocasión: “Si te vas con ese hombre que no es de nuestra estirpe, caerás en desgracia”. Bárbara lo pasó por alto. Y nunca se debe pasar por alto la advertencia de una respetada gitana irlandesa. Nunca.

Postrado en la cama continuaba Jerry. No era una especie de “Bello Durmiente” más bien algo como un “Gigante Dormido”.
Pero, ¿en que momento se despierta el gigante? Lo mismo quisiera saberlo él. En su memoria se encuentra proyectando esa película que filmaron sobre Joe Bonham. “Johnny toma tu fusil”. ¿Pero por qué Johnny y no Joe? “Johnny, Joe, Jerry; ¿es que todo lo que comience con la letra J se tiene que joder? ¡Joder!

“Señorita ¿Cómo se encuentra mi hermano?
“Le hemos administrado tranquilizantes”.
“Pero, ¿mejorará?”
“Hacemos todo lo que podemos”.

Jerry seguía escuchando claramente los murmullos, las conversaciones por lo bajo; como los diálogos entre una enfermera y una angustiada mujer que preguntaba por su hermano.
Lo que Jerry ignoraba era que ellas dos se encontraban cuatro pisos debajo de él. Eran las 4:45 de la mañana. Y eran los únicos murmullos en todo el hospital.
“¡YO NO QUIERO QUE HAGAN TODO LO QUE PUEDAN, YO QUIERO QUE LO SALVEN!”
La mujer gritó.
Un grito desesperante.
Jerry no pudo escucharlo.

Al principio sintió un cosquilleo en los dedos de su pie izquierdo; un alivio al pensar que había recuperado el movimiento. Aunque sea el mínimo. Luego el horror lo volvió a inundar, al darse cuenta que era la misma manita rasposa de siempre.
La Pequeña Cosa Horrorosa había regresado a jugar.
Primero fue la uña del dedo pequeño.
Esa no dolió.

Bárbara jadeaba, echaba la cabeza hacía atrás y cerraba los ojos. Tenía las piernas abiertas y el clítoris lubricado. Donald, su amante desee hace cinco años es todo un experto en cuanto al sexo oral.

Ella se encuentra delirando. Mete la mano debajo de uno de los almohadones y de él saca la figurita hecha de trapo. Jerry convertido en uno de esos cactus para poner alfileres, Jerry tirado en una cama de hospital cuando en toda su vida jamás se había enfermado.
Aparte él ni siquiera es irlandés ¿Por qué está en un Hospital exclusivo de la Comunidad Irlandesa de Massachusetts?
Bárbara y un pequeño alfiler en la mano izquierda, con la derecha sujeta al Pequeño Jerry Hecho de Trapo; el alfiler es filoso y brilla a la luz de las lámparas de techo de la habitación. Tiene un alfiler más diminuto encajado en la orilla del pie izquierdo. Es el espacio suficiente para que quepan cuatro más.
Cinco en el otro piecito de tela.
Pero una embestida imprevista y violenta de la lengua de Donald hace que Bárbara se arquee y pierda la concentración en un largo y climático alarido. Un alfiler de no más de 7 cms. va directamente a clavarse en medio de las piernas de la figura “voodoo”…Jerry que en ese instante seguía divagando, ahora trataba de recordar y revivir las cuarenta y seis victorias de su equipo favorito de béisbol: las Rayas de Tampa Bay (que en esta temporada pelean el primer lugar de división). Habiendo nacido en Dakota, ¿por qué no hacerse fan del equipo que le de la gana?

En ese momento volvió a sentir la mano y un apretón.

Ahora en uno de sus testículos.
“Por favor, por favor, no me hagas daño”.                                                                                 Literalmente, ¿han roto un blanquillo tan solo apretándolo con el puño cerrado? Puede llegar a ser hasta asqueroso.
Literalmente.
Afortunadamente, Bárbara tuvo un poco de compasión hacia su indefenso y ya bastante atrofiado ex pareja; así que quitó el alfiler (no, sin antes removerlo con violentos movimientos un par de veces). ¡Y lo encajó en el mero centro de donde estaría la uña del dedo gordo del pie derecho!
Vaya puntería.
No debe de ser tan sencillo cuando estás recibiendo el mejor sexo oral de tu vida. Se necesita bastante concentración. U odiar mucho a tu ex novio.

El dolor que sintió en ese momento Jerry podía ser comparado con el ser marcado con un hierro caliente. Al rojo vivo. El ardor viajó por todo su sistema nervioso hasta su cerebro. Su espalda no hizo un arco, sus brazos no se expandieron hacia los lados. Simplemente porque no podía hacerlo.

Después sintió la uña de su torturador. Rasgar, rasgar, en el lugar donde antes estaba la suya.
Y la risita:
“Ji ji ji”.
Y ningún susurro alrededor: ni en el piso de arribam, ni en el piso de abajo.                              “¿Qué nunca hay nadie en este jodido hospital?”
“¿Soy el único aquí que sufre?”
“Ji ji ji”.
“¿Por qué me haces esto?” “¡¿Por qué juegas conmigo!?”
Otra uña: ahora una antes del dedo gordo, mismo pie: el derecho. Y luego otra, y otra, y otra, y otra… el pie derecho quedaba libre de uñas. Por la frente de Jerry surcaban dos gotas de sudor. Sudor frío. Pero él ni siquiera se daba cuenta de eso. Los oídos comenzaban a zumbarle. Su nariz se movió, ¡se movió! Un milímetro si quieren, algo nulo para la vista humana. Pero movimiento al fin y al cabo.

Jerry había sido castrado. Resultaba hasta irónico; una acción completamente “fálica”; de toma y daca.
Un ojo por ojo.
Miembro por miembro.
En un orgamos final, Bárbara hizo un movimiento que quizá no fue voluntario. Que en el fondo no era de su intención. ¿Por qué tener que desgraciar a la persona con la que había pasado tantos momentos a tal extremo?
Se puede vivir muy bien con un solo ojo.
Las uñas vuelven a crecer. Eso es seguro.
¿Vivir sin lengua? Jerry nunca fue hombre de palabras inteligentes. No lo sería ahora.
Pero quitarle el placer sexual. Y mandarlo a orinar sentado. Si es que se le antojaba hacerlo de esa manera. Eso sí era cruel.

Un movimiento brusco de su muñeca con alfiler en mano, en el instante que Donald terminaba dentro de ella fue la orden final:
“ve por eso que estoy pinchando”.
Y La Pequeña Cosa Obediente y Monstruosa arrancó de tajo.
Como se sustrae una zanahoria de la tierra fértil.
Quitando esa palabra del diccionario de Jerry Keller.

Jerry sintió dolor, y volvió a agradecer una vez más… porque estaba vivo. Y en ese momento deseó morir.
“Mátame” le dijo mentalmente a su verdugo.
“Ji ji ji” fue todo lo que hubo por respuesta.
Y ahí se quedó…
Las luces del hospital se apagaron.
Como las de él se habían apagado ya tiempo atrás.

Doce horas después.
Aún continuaba allí, la soledad continuaba allí. Haciéndole compañía. Viendo esa antigua película en su memoria. “Jerry toma tu fusil”.
Si tuviera un fusil y el movimiento para poder usarlo, sin duda lo usaría de una manera útil.
Pobre iluso.

En el otro extremo del país, recostada en la cama cigarro en mano, yace desnuda Bárbara, solo trae puesta una gorra de los Red Sox echada hacia atrás. Fuma. Nerviosa.
Era el juego decisivo para lograr el pase final a la postemporada. Los Red Sox y las Rayas de Tampa Bay se miden, ambos equipos con ochenta y siete victorias. Solo uno estará del otro lado. El otro a ver los play-offs por televisión.
Décimo tercera entrada, el juego empatado a tres.
Steve Winters de los Sox lanzando desde la entrada once; ya ha dado dos bases por bolas y se le nota cansado.       Pero su manager confía en él. Mas Bárbara no.
–¡Mierda! ¿Qué te faltan para sacarlo? ¿Cojones? —Grita frente al televisor—Haz un cambio de pitcher. ¡Ya!…Y tu Jerry, deja de poner esa sonrisa.

Pero Jerry ya no estaba allí con ella, para disfrutar esas tardes de béisbol. Bárbara miró a su lado y en lugar de verlo a él, solo estaba el cenicero y el muñequito de trapo lleno de alfileres: trece en total.
Una mueca se dibujó en su boca, y unas ganas de llorar, de odiarse a sí misma, por las atrocidades que había cometido.

Pero ya lo hecho, hecho estaba. Apagó su cigarro y encendió de inmediato otro, en el partido las cosas se veían muy tensas; el manager del Boston después de una plática con su lanzador había decidido dejarlo. Eso a Bárbara la tenía hecha una furia. Varias partes de las tribunas igual abucheaban la decisión. Un corredor (Héctor González, latino que por su velicidad apodan “Speedy”) ronda amenazante la segunda base, ya se la había robado en un abrir y cerrar de ojos. No por nada se había ganado su mote.
Winters prepara el lanzamiento, después de ponerse de acuerdo con su catcher de origen polaco. Todd Helton está listo en la caja de bateo.
¡Y es un hit al jardín de la derecha!
“Speedy” González dobla por tercera y llega… ¡Quieto en home! Tampa Bay gana el partido 4-3. En ese momento Jerry Keller abre su ojo de verdad, da una exhalación de aire nada puro más bien a éter y formol que le entra de lleno por los orificios nasales. Ha despertado del coma.

Ha vuelto a nacer.

Mutilado.

Y su grito de terror y de clemencia retumba en todo el lugar.

Porque ha vuelto a ver la luz.
Y la luz era abrumadora.

Sobre el autor:  Antonio Carlin Lynch. Monterrey N.L. 1977: Escritor Autodidacta, ha tomado talleres de guión cinematográfico con Ana Bárcenas y de creación literaria con Óscar David López, José Eugenio Sánchez y Gabriel Contreras. Ha publicado en las revistas Oficio, Hiperespacio, Los Papeles de la Mancuspia y Trinando. Además de reseñas de cine en magazines de la ciudad. Tiene varios proyectos en puerta, uno de ellos terminar una novela corta. 

 

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