Lorea

Los ojos se abrían de par en par. Las sombras que acompañaban aquella burbuja de sueños esperaba a que la música se detuviera, esperaba todas las madrugadas, justo antes de que sus ojos se abrieran con la primera descarga eléctrica para abrir el camino.
Dentro de la burbuja aparecían pictogramas que alineaban en espiral ordenes del día, signos biométricos, dieta prevista, rutas de acceso a los lugares que tenía que visitar, una lista de contactos y al final en formato de 4k compact un video de Isao Tomita bailando ballet. La burbuja se llenaba de los sonidos del video, se transformaban de humo verde a azul con cada cambio de pentagrama que pasaba. Los pictogramas se abrían y modificaban al mismo tiempo que Lorea movía los ojos bajo los parpados.

A las seis de la mañana con el primer rayo infrarrojo de su cápsula sintió una vibración en la nuca. Se levantó de golpe chocando contra el techo gelatinoso. Dentro de su cabeza los formatos empezaban a glitchearse, punzadas de dolor invadiéndole la frente y las sienes. Un mensaje brota frente a ella “System compromised: see manufacturer for details” La escotilla de la capsula se abrió rechinando como lo hacen las viejas máquinas de transporte, esas provistas de gel magnético para deslizarse por la ciudad.

Parada frente al display central de su cuarto eligió su ropa: botas de cuero sintético, vestido veraniego con impresiones de flores azuladas, una diadema de plástico plateado con una flor de loto brotando del lado derecho y una bolsa de poliéster con las insignia de un león tocando la cítara. Del cuarto contiguo se escuchan las voces de los últimos residentes japoneses del complejo, ella desconocía aquella lengua, desde la primaria, cuando jugaba desde el universo digital Let’s play Marie le repugnaba el lenguaje, se quitaba el simulador para evitar conversar con ellos, después aprendió que sus padres la habían suscrito al servidor japonés para que se prepara y conociera cómo eran los ciudadanos más influyentes de lo que fue Terra Nova. Antes de salir, una alerta le hizo saber que olvidaba sus Codeq Sensarium, de mala gana se los puso en los ojos, sintiendo como sus retinas
se contraían al recibir el modulador sintético.
Las voces niponas se perdieron al cerrarse el elevador. Cómo pueden hablar tanto, pensó mirando el display con los señalamientos para llegar a la distribuidora más cercana García-Matsubata, productor de las cápsulas de sueño. Había que tomar la primera calle a la izquierda para después esperar en la terminal de metro principal, de ahí, después de aeis minutos de viaje, tendría que caminar por la calle Tin Man para llegar a la tienda. Esto me parte el día, dijo en voz baja, pensando en que tenía que llegar al trabajo para acabar el último envío de biopsias, además qué le voy a decir a Marco, mirando como un mensaje emergía de la esquina derecha “Guapa, ¿estamos para comer?”

Salió del complejo. Las calles vibraban con el paso de las personas, el cielo acuoso acumulaba varias nubes que resplandecían de rosa, los sonidos de la ciudad abarcaban el llanto de unos niños en el piso pidiendo de comer cerca de un basurero, la sirena de una ambulancia a lo lejos y el ronronear subterráneo del metro antiguo. Pinche ruido, pensó, noice cancel y el ruido desapareció mientras una cortina de notas del Nocturno 2 empezaba su recorrido. Shuffle. Mucho mejor. El concierto de piano en sol mayor empezaba con su cadencia débil, abriéndole paso entre las personas que se encontraban en la esquina.
Al dar la vuelta siente una mano en el hombro. Valentina, veintinueve años, arquitecta, divorciada,
dos niños, uno de ellos adoptado enumera el Codeq al centrarla. La última vez que la vio fue el día de graduación de la universidad.
—¿Lorea?
—¡Valentina! ¿qué onda, güey? ¿cómo has estado? —dice minimizando la información con un movimiento de ojos.
—¡Güey! ¡Tengo un chingo sin verte! Súper bien, todo en orden ¿tú qué onda, cómo has estado?
—Pues bien, voy en camino a ver qué onda con mi cápsula de sueño, se me hace que se fregó —dice tratando de seguir su camino, el contador de su display aumentando el tiempo esperado de llegada a la tienda. Recuerda que nunca fueron amigas, varias veces compartieron simulador en la universidad pero siempre le pareció algo extraña, muy hippie para sus gustos.
—Ay, güey, ni me digas, yo ya no tengo tiempo para esas fregaderas, aparte como vengo regresando de Argentina no me acostumbro a las cápsulas, ahora resulta que van incluidas en cualquier complejo.
—Sí… si no cómo duermes —responde apurada, tratando de cortar la plática.

Valentina tomó la pregunta como puerta para platicarle a detalle de su viaje a Argentina. Le contaba cómo, siendo el último país con vegetación orgánica, vivían despreocupados, centrados en la conservación de los árboles y los plantíos, cómo conoció a su ex marido, un músico que vendía marihuana en su techo, el nacimiento de su primer hijo y la adopción de su segundo porque el gobierno pagaba una pensión a las personas que le quitaran niños del servicio de hospedaje.
Hablaba y hablaba sobre las costumbres antiguas del país, de las hinchadas de fútbol, de la carne que se comía, de las bacanales que se organizaban cada fin de mes para agradecerle al gobierno la conservación de la vida. Lorea escuchaba desinteresada, la ingenuidad de aquella mujer que en el momento que se graduó vendió sus cosas para irse a un país que hace un mes entraba en caos, que estaba matando estudiantes y hippies en las calles de Buenos Aires. Para lo tonta que está ni ha de saber que están mandados a la fregada, pensó despidiéndose, mirando como desaparecía entre la gente.
Siguió el camino con rapidez, tratando de recuperar algo del tiempo perdido, ahora tendría que esperar más tiempo en la estación. El cuarto mensaje de Marco tiritaba en la pantalla “¿Sí vamos a ir o estás ocupada otra vez?” Otra vez haciendo drama, exaspera en voz baja, le contesta que sí, podrá ir a comer pero que en la noche no alcanza a quedarse a dormir porque tiene que acabar el trabajo.
La calle se adorna con señalamientos neón, panfletos en el piso y vagabundos reunidos en torno a los vitrales de autómatas bailando al ritmo del resurgimiento electroindustrial. Huele a cebada, orín, tabaco y vómito. Apresura el paso a un trote. Los olores e imágenes le recuerdan su adolescencia, cuando pasaba las noches en lugares como esos, buscando entre las sustancias hiperactivas el cuerpo de otra mujer que supiera que sólo se vive una vez y que a la mañana siguiente tuviera la decencia de recoger sus cosas del complejo.

Sale de la calle, la estación está cerca , aminora el paso echando una mirada a una mujer que sale de un bar tambaleándose, dos hombres sujetándola de la cintura. Piensa en quitársela de las manos, llevarla a su cuarto y cuidarla, salvarla de aquellos pasos pero el marcador aumenta una vez más mientras recibe el mensaje de Marco “Ok, ya me lo esperaba.” Regresa la mirada a la estación y continua su camino. La risa balbuceando de la mujer detrás perdiéndose con el bullicio de la música y los chiflidos de los vagabundos.

Baja las escaleras de la estación, una notificación le informa que si se apura puede tomar el metro que está apunto de salir. Acelera el paso, corre empujando gente que reclama tras sentir el golpe de su bolsa. Las puertas empiezan a cerrarse pero alcanza a entrar. El vagón va medio lleno, se sienta en el primer lugar que puede cerca de la puerta que se cierra detrás de ella. Respira hondo siguiendo las instrucciones de su Codeq para bajar el ritmo cardíaco.
El vagón rechina al arrancar despegando uno de los panfletos que cuelgan de las paredes metálicas. Cae sobre su regazo, una invitación al círculo de místicos organizada por la cuarta insurrección nativa de México. Frente a sus ojos se abren noticias relacionadas con aquel grupo.
Originada de la tercera fragmentación militar que surgió hace dos años, atentados terroristas en Monterrey, conocidos también como Los algoritmos, La legión y La Orden del Alcón, resguardados en la sierra de Galeana en Nova Leonis, aunque células operan en el centro y sur del país. Tira el panfleto al suelo, no sé qué ganan estos, piensa recordando las últimas insurrecciones que brotaron desde que apareció un tal Algoritmo Divino en el Internet, todas fallidas, aplastadas por el gobierno.

Siente la mirada de alguien, es un hombre, su Codeq arroja diferentes nombres, profesiones y edades. Ve cómo habla solo, moviendo las manos erráticamente, sus ojos cansados abriéndo y cerrándose rápidamente, tiene marcas rojas en el rostro, rasguños o salpullido, las venas en su cuello grisáceas. Parece un joven universitario, su ropa a la moda, desgastada pero las marcas son inconfundibles, es ropa de boutique.

De pronto el Codeq abre una ventana con diferentes pestañas a elegir: Polinomen, cuadro clínico, causas comunes, síntomas visibles, tratamiento, historia clínica, casos notorios de Polinomen. Elige causas comunes: Polinomen o multiples nombres se conoce como la condición psicológica en la que un individuo ha modificado tantas veces su identidad que el cerebro deja de separarlas haciéndolas brotar en ráfagas abruptas de comportamiento errático. Historia clínica: Identificada por primera vez en la conducta de los autómatas de tercera generación debido a la reprogramación constante y sin supervisión de códigos de comportamiento. Los primeros casos en humanos se manifestaron a principios de la década con el brote de clínicas de identidad en Estados Unidos y Francia.
Ella lo ve, siente lástima por aquel hombre atrapado en su universo de identidades caóticas.
Piensa en su propia identidad, trata de recordar cuándo fue que se convirtió en ella, en la mujer dedicada a la investigación biológica una profesión que daba las últimas señales de permanencia, eclipsada por la biomecánica; ya nadie necesitaba de lo biológico y más cuando se había transformado en la nueva antropología. Recordaba su infancia en la capital, jugar en el simulador de relaciones aprendiendo a conocer el mundo nuevo, el mundo que era ya una amalgama inseparable de una realidad física digitalizada. Pensaba en los sueños que tenía de niña caminando a la escuela a la edad de dieciséis, soñando en convertirse en la protectora de las últimas palomas que quedaban en Finlandia o en la científica que conservaría el último arrecife de Yucatán. Ahora todos los días son lo mismo, concluyó poniéndose de pie al escuchar el nombre de la estación que tenía que bajar, todos los días luchando por mantener algo que ya no existe, algo que ya no importa ¿será mejor vivir como Valentina? Atascada en la ingenuidad de un sueño que le basta para sonreír todos los días. ¿No habrá modificado su identidad para permanecer feliz?

El vagón se detuvo dándole salida a las personas que bajaban en aquella estación. Lorea subió las escaleras pensando en el hombre con Polinomen, en la necesidad de crear algo que le de felicidad al hombre, en la insatisfacción de una identidad que ha sido programada desde la infancia.

Salió de la estación. Su Codeq ilustrando el lugar donde se encontraba, calle Tin Man, patrocinado por MGM, hay treinta y seis tiendas en el área, quince restaurantes,  tres complejos de vivienda, una estación de policía y seis centros de rehabilitación. De golpe se sintió abrumada, acechada por tanta información, en su visor de abrían todas las posibilidades, ventanas que enumeraban el nombre y giro de las tiendas, la cocinas y chef de los restaurantes, el número de residentes en los complejos, los casos de brutalidad policiaca de esa estación y los nombres de artistas que habían asistido a las clínicas, del visor aparecía también otro mensaje de Marco “¿Por qué no me contestas? ¿Estamos bien?” y el sonido de una llamada con un número desconocido. Cerró los ojos tratando de evadir la descarga de información pero sin querer activó la llamada. Los mensajes desaparecieron y del silencio escuchó la voz de un hombre.

— ¡Buenos días! ¿Estoy hablando con Lorea?
Aliviada de la tranquilidad respondió que sí.

— Muy bien, Lorea, mi nombre es Torgen Izzard y habló por parte de Imaginus, le queremos informar que usted es acreedora a nuestros paquetes de rememorización genética ¿me permite darle a detalle lo que esto involucra?

Sorprendida de la atracción que le provocaban los tonos de voz de aquel hombre al otro lado de la interface aceptó escuchar sin saber porqué. Ya había oído hablar de aquellos paquetes, de hecho era la quinta vez que se los ofrecían pero siempre les colgaba molesta. Algo en la voz de ese hombre la hacía añorar el impacto de sonido, le recordaba a su primer novio, a las noches de vino y música antigua, a las caricias de una edad antes de la monotonía del trabajo, una época análoga que veía a los dispositivos como el Codeq Sensarium como una novedad sin esperanza de prosperar, el mundo necesita del contacto humano, le decía Ali al oído, no podemos dejar que eso muera.
Con atención escuchó la oferta. En sólo dos horas podría revivir las memorias y experiencias de sus antepasados, podría ir a esquiar a Bariloche o recorrer la ruta de Santiago, enamorarse de su bisabuelo en el puerto de Veracruz o ver a su abuela el día antes de que cayera en coma.

— Disculpa —interrumpió a Torgen—, ¿cómo saben todo esto de mi familia? ¿quién les ha dado acceso a esa información?

— Esta información es pública, señorita Lorea, después del tratado Global de Información, todos los datos históricos de una persona son accesibles.

De un golpe colgó. Un dolor de cabeza recorriéndole el cráneo, los mensajes y ventanas regresaron a su visión, el asco volvía con más fuerza. Sin darse cuenta estaba frente a la tienda García-Matsubata. Se le quedó viendo cerrando con furia todas los íconos de su Codeq. Había olvidado porqué estaba ahí. A su lado escuchó el Canon de Pachelbel, lo escuchó frágil, como un brisa que evadía a las personas que pasaban. Un joven con un violín escalando las notas, imperceptible para todos los que caminaban. Lo vio deslizar la mano evocando los sonidos agridulces de un descanso histórico, un escenario perdido en la memoria que se esfumaba con cada compás que transcurría. Sintió como los ojos se le llenaban de lagrimas, su cuerpo hincado a media banqueta, la gente sacándole la vuelta.
Se quitó los Codeq con lentitud dejándolos caer al suelo, temblando escuchaba las escalas mientras sus ojos veían el mundo sin ruido visual, sin alertas y mensajes, sin las ventanas de información. Repentinamente se puso de pie, corrió a abrazar al joven que tocaba el violín, sintió el frío de su chamarra de nylon contra su vestido convirtiéndose en calor que le recorría la piel. Las lágrimas todavía acumuladas en sus ojos, su cuerpo tranquilo con la calidez que emanaba del joven. Se separó de él consciente de su acto, perdón, dijo en voz baja, limpiándose las lágrimas.
— ¿Está todo bien, señorita?

— Sí, estoy bien –respondió mirándolo a los ojos, la marca de GM impresa en las retinas engranadas, la marca inconfundible de un autómata.

— ¿Requiere asistencia médica? –preguntó la máquina. Lorea, dio un paso hacia atrás,

–Todo está bien -dijo con voz frágil inclinándose para recoger su Codeq. Exhaló su última esperanza y entró a la tienda para arreglar su cápsula de sueño.

Sobre el autor: Eduardo Taylor – 27 años. Lector tardío, segunda generación del culto a Star Wars y creador del canal de Youtube “Etcétera Media”

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