Aquel que viene a jugar – Primera parte

La oscuridad era abrumadora.

Su cuerpo aún estaba rígido, y aunque su corazón se mantenía en funcionamiento, era claro que ya no era la misma maquinaria de antes, de ayer por ejemplo.

Compararlo con un reloj hecho en Suiza, sería más que grosero. El punto más cercano de comparación sería tal vez un esparrago.

Pero al menos estaba vivo.

Jerry se encuentra postrado en una cama donde su cuerpo encaja perfectamente. Mide un metro noventa y dos; así que encontrar una cama donde él se sienta cómodo no fue nada fácil. Pero a Jerry no le han preguntado si se siente cómodo o no. Al menos que ése que pregunte quiera un silencio por respuesta.

Jerry se encuentra en coma, hace apenas dos horas sufrió una hemorragia cerebral, tiene una hora y quince como nuevo inquilino de este hospital. Pero hace sólo veinte segundos se dio cuenta que no estaba muerto; quiso abrir los ojos y sus párpados no le respondieron.

Lo que vio fue la oscuridad, y la oscuridad era abrumadora.

Jerry comenzaba a tener recuerdos: regresaba a su remolque después de una prolongada tarde de tragos. Faltaban veinte minutos para la medianoche, trastabillaba por el camino apestando a ron y tabaco barato. Siempre que sentía la necesidad de alcoholizarse sabía que tenía que aventurarse a pie de regreso hasta su lugar de residencia; es casi un kilómetro completo hasta lo que tiempo atrás solía llamar “hogar”, a poco menos de trescientos metros de la carretera estatal 495, en la tranquila y aburrida localidad de Lowell, a treinta y siete kilómetros de la ajetreada y ruidosa ciudad de Boston.

Llamaba ahora “morada” a lo que antes era “hogar”, pero bien podría llamarse “Reikiavik” o “la casa que no rueda”… nadie notaría la diferencia. Ni a nadie tampoco le importaría. En la taberna de Zigfried se la estaba pasando en grande. Cantando a pleno pulmón clásicos de Billy Joel, Cat Stevens y hasta de Van Morrison. Pero los billetes se terminaron. Después de más de seis horas allí, sabía que tarde o temprano eso iba a suceder, era algo de lo que estaba plenamente consciente, además, de emprender el regreso a pie.

Carl ya no quiso invitarle más tragos gratis, se conocían desde los nueve años. Habían jugado béisbol juntos cuando chicos infinidad de veces; mas eso no significa que siempre tuviera que invitarle las rondas. Zigfried ya había comprendido eso tiempo atrás, y eso que Zigfried y Jerry nunca jugaron béisbol juntos. Es más, Zigfried nunca ha jugado béisbol en su vida. ¿Alguna vez han visto a un austriaco jugarlo antes?

— Creo que es mejor terminar la juerga aquí, Jerry —le decía un Carl tambaleante y doble (o al menos Jerry así lo veía) mientras regresaba del mingitorio, peleándose con su bragueta—. El dinero nos ha abandonado.
“Abandonado”, la palabra maldita que no se debía pronunciar frente a Jerry. Afortunadamente éste no la había escuchado. Se divertía viendo a Carl y recordando una vieja portada de Alice Cooper donde se pescaba la verga con el zipper del pantalón.                                                                                                 

–Carl tiene razón —intervino Zigfried, en el momento en que terminaba de limpiar los ceniceros. No quedaban más clientes–. Anda, chico, ha habido reportes de saqueos a remolques en la zona, hace unas noches entraron al de…            

–¡M-m-mi remolque seguirá en su lugar! ¡Y a salvo! Al igual que lo poco que me queda dentro d-d-d… — Jerry arrastraba la “d” en el momento mismo que Alice Cooper comenzaba a cantar “I`m Eighteen” en la rockola…– ¡Vay! Por fin, Carl. ¿No pusiste esa canción hace más de dos horas?                                    

Jerry era capaz de arrastrar una letra estando ebrio, pero jamás desentonaría si se trataba de cantar un himno como “Tengo dieciocho años”. Aunque se halle a veinte años de eso. Zifgried salió de la barra, y de un tirón desconectó la rockola.                   

–La fiesta terminó.                            

–Zigfried tiene razón, no es buena idea que dejes la casa tanto tiempo sola.       

–Para su información, señoresss –ahora arrastraba la “s”–. La Pequeña Cosa Salvaje está resguardando, celosamente, nuestra sagrada residencia; si alguien se atreviera a entrar… podría salir con los huevos arrancados. ¡Desdichado de él!

Un estruendoso “Jajajaja” se escuchó hasta el Fenway Park de Boston. Zigfried dejó escapar el vaso que limpiaba, que irremediablemente se hizo añicos en el piso. Y de puro gusto, encendió la rockola de nuevo, puso tres créditos más e invitó rones para todos. Cortesía de la casa.

Bárbara no dejó una nota para decirle a Jerry que lo abandonaba.
No, Bárbara se lo gritó de frente; se lo gritó hacia arriba, parándose levemente sobre las puntas de sus pies y apuntándole con su dedo índice, como si deseara metérselo por la nariz, y rasgarle el cerebro por dentro.

Jerry sentía cosquilleos en la nariz.

Como si alguien se la estuviera rascando.

Una rasposa y fría manita.

 “Rasgarle el cerebro por dentro”; vaya que algo así provoca miedo.

Ese era el motivo por el cual Jerry no quería regresar a su casa. Tres rondas con Zigfried se convirtieron en seis, luego en nueve y Engelbert Humperdinck en la rockola. A Zigfreid le encantaba Engelbert, además él ni siquiera estaba bebiendo y conocía bien la pena que pasaba el pobre Jerry. ¿Qué no están para eso los cantineros?

Suficiente: doce tragos eran demasiados. La casa pierde a fin de cuentas.

Jerry iba haciendo “zetas” por el camino. Cigarro en mano, un Zebra. Cuando conoció a Bárbara ella fumaba Zebra. Ahora Bárbara no debe de estar fumando si quiera: espera un bebé, que obvio, no es de Jerry.

Si eso fuera, estaría celebrando y no, lo que quiera es olvidar.

Su método es el alfabético. Sus prioridades son las dos primeras letras del abecedario: la “A” de aniversario y la “B” de Bárbara.

Cincuenta minutos de caminata después, Jerry ya no se siente tan ebrio. ¡Demonios!, eso encabrona como no tienen idea. Estar tantas horas bebiendo para luego sacar todo ese alcohol transformado en sudor, lo hacía sentir como la típica señora obesa que hace dos horas de bicicleta, para luego, al terminar,engullirse una hamburguesa con doble carne, pepinillos y papas a la francesa. Con su respectivo refresco de dieta, hasta las gordas saben que ante todo: la figura.

Diez metros antes de llegar a su casa rodante, Jerry se detuvo; se inclinó un poco y tocó sus rodillas con ambas manos, jadeó, tomó aire, vomitó y se sintió mucho mejor.

A lo lejos: un ladrido ahogado, Jerry sonrió. Otro ladrido…las luces estaban encendidas.

“¿Las habré dejado encedidas?” Un ladrido más, luego otro, otro… y otro; La Pequeña Cosa Salvaje pensó Jerry y avanzó a paso decididido.
Al abrir la puerta, La Pequeña Cosa Salvaje le saltó encima. Sí, era “ella”, era “pequeña” si quieren le pueden llamar “cosa”, pero de “salvaje” no tiene nada. Más bien era “salivable”; una schnauzer estándar de tamaño mediano, color gris con blanco hizo que Jerry perdiera el equilibrio, y cayera con todo su peso de espaldas.

Su cráneo chocó contra un pedazo de concreto al que siempre amenazaba: “un día de estos, el que menos te esperes, te moveré a donde menos estorbes”.

La Pequeña Cosa Salvaje (que no tiene nombre, herencia de Bárbara), lamiéndole el rostro.

Su cabeza se convirtió en un cascaron de huevo.

¡CRANK!

 Y se quiebra, partido a la mitad.

Un charco de sangre.

 Ladrido, lengüetazo, ladrido, lengüetazo…los brazos se relajan.

 La Pequeña Cosa Saltarina salta a su estómago.
Jerry Keller tiene otro flashazo. Más recuerdos llegan.
¿Fue hace dos días? o, ¿fue hace un momento?
La oscuridad sigue siendo abrumadora.
¿Por qué diablos no puedo abrir los ojos?
¿Qué me está brincando en el pecho?
Las palabras no salen, sus labios no se mueven. Allí hay alguien, para nada está solo.
Es como estar muerto en vida…un vegetal tiene más vida.

Y además consciente.
Como esos soldados que sobreviven a Vietnam, Jerry miraba muchos programas de guerra después de que lo dejara Bárbara, se pasaba horas y horas tumbado en la cama; La Pequeña Cosa Salvaje de un brinco le saltaba a la barriga. Como ahora.

Algo le oprimía el estómago. Y ese algo le exhalaba su aliento en el rostro, rancio. Desagradable.

Y ahora le estaba tocando uno de sus ojos, unos deditos rasposos, callosos, le sujetaban uno de sus párpados.
Y lo abría: Jerry pudo ver la luz, y la luz no le molestó: fue el horror lo que le hizo gritar… Sólo que el grito no salió… más bien se ahogó.

Era un pequeño ser de no más de medio metro, con la piel arrugada y color marrón; parecía un viejo, pero Jerry dudaba que fuera humano. Lo primero que cruzó por su mente, fue la leyenda de los leprechaun, y quiso esbozar una sonrisa para calmar su miedo. Pero no pudo mover ni un músculo de su rostro; y el no poder le hizo sentir más terror.

No usaba sombrero ni estaba vestido de verde, pero ¿era esa una regla?, sus dos orejas eran puntiagudas, tenía ojos vidriosos y de color celestes ¿celestes? La criatura debió de adivinar la incertidumbre de Jerry porque se acercó tanto para que él pudiera verlos bien. Sí, eran celestes.

Traía puesta una chaqueta roja con brillantes botones plateados y aunque no podía verle los zapatos, estaba seguro que eran de punta muy filosa. De metal. Ya que le estaba clavando uno en las costillas. Con un vertiginoso movimiento y precisión quirúrgica, el diminuto ser hizo uso de una de sus filosas uñas (que sólo tenía en los dedos índices, similares a las de los halcones), de un solo tajo le arrancó el ojo derecho a Jerry, fue todo tan rápido que ni una sola gota de sangre brotó. De su bolsillo izquierdo, el espectro, o duende si quieren llamarlo así, sacó un pequeño ojo de cristal y lo insertó en el negro orificio donde antes Jerry tenía su ojo.
Apenas se enteró de lo sucedido.

Seguía consciente y presa del pánico. La oscuridad ya no era tan abrumadora. Ahora lo que lo abrumaba era la asfixia que sentía.

La Pequeña Cosa Salvaje ladró y ladró, como si en eso se le fuera la vida. O la de su amo. En tan sólo quince minutos logró la atención de la señora Roberts, una bebedora compulsiva de té, y jugadora de bingo, viuda, de sesenta y seis años que vivía desde hace tiempo con su nieto Hunter; que era fumador de hierba y se la pasaba entrando y saliendo de la correccional, aparte, por venderla. Fue Hunter quien hizo la llamada a emergencias médicas. Por suerte no andaba en uno de sus viajes.

Cuando inmovilizaron a Jerry, y luego lo subieron; Verónica, una nerviosa y linda latina de ojos grandes color miel no dejaba de mirarle. Mezcla de lástima, tristeza y compasión. Era su primera noche como paramédico, lo único que pasó por su mente durante el trayecto fue tomarle de la mano, todo el camino, sin soltarlo. Jerry en un impulso apretó fuertemente la suya.
O al menos así fue, durante tres segundos.
Luego Verónica le acarició la mejilla.

“…Está bien, todo estará bien”. Jerry sintió la fresca brisa que exhalaba su boca. No sabía si estaba muerto o vivo, sólo sabía que iba a estar bien. Y fue cuando las imágenes comenzaron a rondar en su cabeza.
La explosión fue una acción desgarradora. Desgarró sus brazos, desgarró sus genitales y extremidades. Fue privado de todo: menos de seguir pensando perfectamente. El ejemplo más acertado de comparación sería: un torso sin rostro; no ojos, no oídos, no dientes y no lengua. Y eso es lo que es.

Cuando Jerry era un mocoso de tan sólo doce años, había leído la historia de Joe Bonham; escondido en el ático cuando debía de estar dormido por las noches en su natal Dakota. Subía a escondidas, linterna en mano y le dedicaba cuarenta minutos, mínimo, a la lectura. Luego regresaba a la cama. Su padre era un lector feroz, un devorador de libros; pero le había dicho al pequeño Jerry que ése no era el tipo de lectura apropiado para un niño de su edad. Así que el niño imaginó que por estar prohibido sería una lectura excitante y tenía que leerlo.
No se equivocó.
Desde entonces creció en él el deleite por los temas bélicos, las películas, los libros sobre la Primera, pero sobre todo la Segunda, Guerra Mundial. Después de conocer a Bárbara, Jerry la llevó a una función de medianoche; el Cinema Coliseum exhibía “Full Metal Jacket”. Bárbara salió hecha un manojo de nervios, con la mirada perdida, fumaba un Zebra tras otro, la mano izquierda le temblaba. No quiso tener sexo con Jerry esa noche, pidió que la dejara en su casa. Si hubieran visto “Love Story” la cosa hubiera sido distinta.
Cortando sus recuerdos y de regreso a la ambulancia, Jerry tuvo una serie de preocupaciones. Sabía que estaba vivo, mas no sabía si estaba completo.

Estaba consciente de que podía sentir, aún tenía tacto, sentía la suave mano de Verónica acariciándole a ratos el pelo, apretando su mano, él le devolvía el apretón, a como sus fuerzas le dejaban. Pero cada vez estaba más débil. Quiso abrir los ojos, los párpados no le respondieron; pero al menos estaba seguro que los ojos no le faltaban. Sintió el roce de la palma de la mano por uno de sus oídos, bien, tengo un oído, pensó, no creo que se trate de un miembro fantasma, puedo oír el barullo que hacen por aquí. ¿Cuántos son?, creo que tres, una de ellos es una chica, sé que tengo mis brazos (al menos uno) ya que puedo sentir una mano entre la mía. Y ese aroma, es un aroma combinado: entre dulce, agrio y penetrante: perfume de mujer, colonia y sudor. Al menos mi nariz está bien… En seguida Jerry quiso cerciorarse de que tenía sus dientes completos y su lengua; así que trató de morderse su lengua, y no pudo. No hallaba su lengua ¡No tenía lengua!
Estaba firmemente sujeto a la camilla, y comenzó a tener violentas convulsiones.

— ¡Carl! ¿Viste eso?, ¡llama a la enfermera, Jerry tuvo una convulsión! Dios, fue tan horrible, me asustó; pobrecito ¿Por qué tuvo que pasarle esto a él? —era Sam, la esposa de Carl; olvidándose por completo que estaba en un hospital gritaba como si se encontrara en un juego de los Red Sox y el tercera base hubiera cometido una terrible pifia.

– Sssshhh… no levantes la voz —Carl volvía del sanitario, y con el dedo índice señalaba que debía bajar la voz a su esposa. Esta vez no sostenía ninguna pelea con su bragueta.
— Iré a buscar una enfermera —Le dijo en un susurro.

Jerry podía oír claramente las tranquilas y murmurantes palabras de Carl. Sabía que había alguien más con él (Sam ¿Quién más si no ella?), pero no le escuchó hablar.

No escuchaba los gritos, solamente las voces que hablaban por lo bajo.
Y las risitas siniestras.

Cuando Carl fue en busca de la enfermera, Sam se quedó con él. Tenía esa expresión afligida, ese semblante que tienen las madres cuando ven a uno de sus hijos postrado en una cama de hospital. Sam y Carl no tenían hijos, así que el instinto maternal de Sam brotó en ese instante.

Las lágrimas hicieron acto de presencia, resbalando por sus mejillas, y cuando se acercó a tomar un kleenex de la cajita que se encontraba junto a Jerry notó algo que llamó su atención: Jerry también lloraba, pero solamente con un solo ojo. Del derecho no asomaba lágrima alguna.

(Continuará)

Acerca del autor: Antonio Carlin Lynch. Monterrey N.L. 1977: Escritor Autodidacta, ha tomado talleres de guión cinematográfico con Ana Bárcenas y de creación literaria con Óscar David López, José Eugenio Sánchez y Gabriel Contreras. Ha publicado en las revistas Oficio, Hiperespacio, Los Papeles de la Mancuspia y Trinando. Además de reseñas de cine en magazines de la ciudad. Tiene varios proyectos en puerta, uno de ellos terminar una novela corta. 

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