El país de las últimas cosas

“Lo que realmente me asombra no es que todo se esté derrumbando, sino la gran cantidad de cosas que todavía siguen en pie. Se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más del que puedas llegar a imaginar.”

Escrita en 1987, por el autor estadounidense, Paul Auster (Premio Príncipe de Asturias 2006), “El país de las últimas cosas” nos narra la historia de Anna, una joven que viaja a un distópico país para tratar de encontrar a su hermano, quien desapareció tras ser enviado como corresponsal periodístico a dicho lugar: una nación sumida en el caos y la destrucción por causas que nunca son reveladas. La historia nos llega de su propia mano, a través de una carta escrita a su abandonado novio, varios años después de su llegada a la zona de catástrofe.

La primera parte del libro se concentra en la descripción de “la ciudad” sin nombre, los extraños ritos de abandono y muerte que se han establecido entre sus golpeados habitantes para huir de las paupérrimas condiciones, la desolación, la violencia y la desesperanza.

El País de las Ultimas Cosas es un territorio en un lento pero constante camino de destrucción: los alimentos escasean, los gobernantes (que tienen casi nulo poder), van y vienen, las casas y edificios se encuentran en ruinas y colapsan sin previo aviso, por lo que las calles van perdiendo forma,  creando caóticos laberintos. En una nación así de golpeada, la gente también se destruye. Cientos mueren de hambre o víctimas del crimen y la violencia. La desesperación y apatía se adueña de los pocos sobrevivientes y surgen las “clínicas de eutanasia” donde, si se tiene suficiente dinero, se puede escoger la manera de morir, también está “la secta de los corredores”, quienes se preparan mental y físicamente para realizar una última carrera hacia la muerte.

En la segunda parte de esta corta novela, Anna relata más de sus experiencias en esta nación moribunda y junto con ella descubrimos el poco orden que puede haber dentro del caos: los esbozos de trabajo que la gente inventa para sobrevivir, las parodias de instituciones que se levantan e intentan mantenerse en pie, y cómo la gente termina adaptándose a la vida dentro de la lenta muerte de la civilización. También en esta mitad final de la narración sucede la mayoría de la trama: las tragedias personales de la protagonista, su infructuosa búsqueda y las cosas que tiene que hacer para mantenerse, no sólo con vida, sino cuerda.

La obra tiene una prosa ligerísima, intensa y directa, con una narración, que si bien contiene algunos episodios que son difíciles de ubicar y se obvian períodos de tiempo, sí es más o menos linear. La acción de la trama, que se concentra sobre todo en la segunda mitad de la obra, puede sentirse algo apresurada y llena de “casualidades”, pero al final no se vuelve apabullante o le resta poder a la historia.

Habrá a quien le moleste el considerable tiempo que el autor dedica a describir este mundo distópico, que al fin de cuentas por su misma esencia cambiante e insondable, no termina de ser dibujado. Personalmente me pareció interesante esa especie de “narrador no confiable”, que solo nos cuenta lo que sabe y no tiene explicaciones para todo o las que tiene pueden ser simples leyendas.

Algunos de los temas recurrentes de Auster, se hacen presentes también en este libro.

El autor nos habla de la pérdida de lenguaje, no sólo como herramienta de comunicación, sino como elemento fundamental de nuestra percepción del mundo y constitución de nuestro ser. “Las palabras suelen durar un poco más que las cosas, pero al final también se desvanecen, junto con las imágenes que una vez evocaron […] cada persona habla su propia lengua, y a medida que disminuyen los conceptos con significado común, se hace más difícil comunicarse con los demás”, dice Anna. En otro ejemplo, uno de los personajes, una anciana muy enferma, se va quedando inmóvil con el avance de su enfermedad, pero el golpe definitivo sobreviene cuando pierde la habilidad de hablar.

Otros temas que el autor favorece, como la pérdida, la desposesión, son, por obvias razones, tópicos fundamentales de la novela. “No sólo desaparecen las cosas, sino que cuando lo hacen, el recuerdo de ellas también se desvanece. Surgen zonas oscuras en la mente, y a menos que uno haga el esfuerzo constante de computar las cosas que ya no están, acabará perdiéndolas para siempre”, narra Anna.

Me llamó la atención la inclusión de situaciones que la protagonista enfrenta por su condición de mujer. Cosas a las que normalmente no se tendría que enfrentar un protagonista masculino. No es para nada un tema central o recurrente en la obra, pero están presentes y le agregan un toque interesante.

La novela es corta y fácil de leer.  No la recomiendo como una introducción a la obra Paul Auster, ya que si bien sí toca algunos de sus tópicos favoritos, es bastante diferente al resto de su trabajo. Se podría comparar en temática y, un poco, en estilo a “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago (pero con más signos de puntuación y menos blasfemia) o a “La carretera” de Corman McCarty (con menos esperanza y menos paternidad).

Creo que podría agradarle a las personas que gusten de la narrativa que se esfuerza en construir mundos y describirlos detalladamente. No se descuida la trama, pero no toma impulso sino hasta la segunda mitad, aunque desde el principio se nos va atisbando en sus líneas generales. También es un excelente libro para esas veces que necesitamos un “snack” literario o tenemos ganas de leer algo que no nos consuma tanto tiempo.

Si gustamos de la prosa ligera y directa, distopías y la construcción detallada de mundos ficticios, definitivamente esta novela es una excelente opción.

Sobre la autora: Edith Wasco – Ex-librera serial, liberadora de libros y bibliotecaria frustrada. Participante como Jurado del Público en el Festival de Cine de Monterrey en 2010 y 2011, trabajó con Editorial Paidós en la Feria Internacional del Libro de Monterrey 2012 y como colaboradora de la revista online “La Tekla” haciendo reseñas y entrevistas de corte cultural. Actualmente co-administra la página de difusión literaria “Lea, no sea pendejo” y “Círculo Lovecraftiano & Horror”.

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