Mamihlapinatapai

Entre El Porvenir y La Paz, hay 5353 km de distancia;

al viajar de una ciudad a otra, se atraviesa todo el país.

 

–Casi todos prefieren los vagones –le grité desde mi rincón, mientras él intentaba encender su cigarro.

–Lo sé –contestó sin voltearme a ver–. Es como todo en la vida.

Adentro, la temperatura era agradable y el bramar incesante del motor a toda velocidad era amortiguado por el grosor de las ventanas, más donde nos encontrábamos, las ráfagas de viento se arremolinaban como tifones y el roce de las ruedas de acero contra los rieles era ensordecedor. El pellizco; así era como se le conocía a aquel incómodo espacio entre furgones, por la forma en que se apretaba durante el trayecto. Con ese constante ajetreo que hacía difícil atravesarlo o mantenerse de pie en él.

Por fin, Clement logró encender el tabaco protegiendo la mecha del encendedor con sus dedos. A la luz de la flama, su barba lucía tupida y llena de canas.

–Como todo, excepto el amor –agregó, golpeando la colilla para arrojar la ceniza por la borda. Si exhaló el humo, no pude notarlo.

–El amor es un pellizco –le respondí, sonriendo.

Él no dijo nada. Tan sólo se quedó con la vista perdida en el horizonte. En ese momento, atravesábamos un paraje sin montañas: monigotes de paja pasaban raudos frente a nuestros ojos y la escarcha sobre sus ramas, les hacía lucir abatidos.

A lo lejos, una estrella fugaz rasgaba el firmamento.

–Pide un deseo –le dije, señalando el meteoro.

Él lo contempló, hasta que se desvaneció entre la bruma del alba.

–¿Qué caso tiene? –bufó–. Esa estrella está muerta desde hace siglos.

Yo sentí cómo los hombros se me desplomaban.

–Con que así es –susurré avergonzado–. Quizás es por eso que debemos aprovecharla, nosotros, que aún la vemos. Al fin y al cabo, el presente es lo que importa.

Una sonrisa se dibujó entre su barba. Quise acercarme, pero en eso, el aire arreció y me contuve. Tan violento era el vendaval, que ambos apretamos los párpados para evitar que la tierra penetrara en nuestros ojos. Así permanecimos, ciegos y endebles, hasta que por fin, la ventisca quedó atrás.

Ya me sacudía los pantalones, cuando entre la nube de polvo, sentí su mirada clavándose en mi espalda. Me volteé. Clement tenía los ojos verdes y amables, a pesar de que trataba de mostrarse amenazante, con el humo espeso del tabaco filtrándose por los vellos de su prominente nariz. Debió haber encendido otro cigarro, ya que la ráfaga le arrebató el anterior.

–Yo sé que pasó algo entre ustedes –se acercó tanto, que nuestras narices casi se tocaban–. Aunque aún, no puedo entender qué.

–Sólo nos miramos –le confesé; la boca me supo a campo mojado–. Yo estaba atrás de esta puerta y ella venía de hablar con el viejo, por lo que nos encontramos de frente.

–¿Eso es todo?

–Si.

–¡No tiene sentido!

En silencio, se tambaleó rumbo a la puerta de uno de los furgones. Al llegar, se asomó por la escotilla hacia el interior. En uno de los asientos, venía una mujer con la frente apoyada en el cristal de la ventana; era su esposa.

–Todo estaba tranquilo –dijo Clement–, hasta que pasó el boletero junto a nosotros. «¡Próxima estación: El Porvenir!», gritaba por el pasillo, antes de salir por la puerta hacia el siguiente vagón. Supimos que algo andaba mal, porque ese no era nuestro destino, pero el anciano ya se había ido. Así que mi mujer se levantó y fue tras él, con dos boletos que sacó de su bolso. Cuando regresó, parecía agotada y triste. «Te tardaste», le dije al sentarse. Ella no respondió; se quedó callada, con la cabeza pegada a la ventana y mirando a lo lejos. Justo como está ahora. Insistí, y cuando al fin me miró, me pareció un poco más vieja de lo que en realidad es. «Toda una vida», me contestó con sarcasmo.

Clement se dio la media vuelta y avanzó, ahora hacia el vagón que quedaba justo enfrente; también ahí, se asomó por la ventanilla.

–Después –continuó–, ella comenzó a contarme lo que había sucedido con el boletero: «Lo alcancé en el siguiente vagón», me dijo –Clement agudizó su voz para imitar a la mujer–. «No fue fácil, pues aunque cojeaba, caminaba muy rápido y mis tacones se atoraban en los remaches del piso.

«–¡Espere! –le grité, cuando él ya iba por la mitad del pasillo–. Necesito saber cuánto falta para La Paz.

«El viejo se detuvo.

«–¿La Paz? –dijo al voltear; aún a la distancia, pude notar que el aliento le apestaba a alcohol–. Pero si no vamos para allá.

«–¿Qué dice?

«Quién sabe qué cara puse, porque él comenzó a reírse, con esa boca sin dientes.

«–¿No les advirtieron? –tomó entonces, los boletos que llevaba en mis manos y los examinó.

«–¿Advertirnos? ¡Nos dijeron que íbamos rumbo a La Paz!

«–Bueno, si –gruñó, con su atención aún fija en los pases–. Íbamos a La Paz, pero ya no. Tal vez otro día.

«–¿Cómo que otro día?

«El viejo me regresó los billetes. Sentí que ya no servían y tuve el impulso de romperlos en sus narices.

«–No tiene idea, ¿verdad? –me molestó su tono condescendiente–. Mire, aquí en su boleto dice que nuestros itinerarios están sujetos a cambios de última hora. Suele pasar; sobretodo, cuando vamos a un destino que no nos corresponde, y en cambio, tenemos que estar en otro sitio.

«–Pero si yo no quiero ir al Porvenir.

«–A eso me refiero –me contestó riendo.

«–¡Óigame! –le grité–. ¡Yo quiero ir a La Paz!

«Estaba a punto de llorar, cuando el anciano puso su mano sobre mi hombro.

«–Y vamos a llegar –intentó tranquilizarme–. Algún día. Más no sé decirle cuándo. Mientras, ¿por qué no disfruta del viaje? ¿Qué importa si no es el rumbo que planeó? Su vida va a alguna parte y eso, es lo que importa.

«Quizás fue que me sentía mareada, pues la boca le apestaba; el caso es que decidí conformarme con lo que me había dicho y ya venía de regreso, cuando antes de alcanzar la salida, me habló de nuevo:

«–Tenga cuidado al atravesar esa puerta, señorita –gritó, cojeando hacia mi.

«–¿Qué? –pregunté confundida– ¿Por qué?

«Contuve el aliento, al ver que se acercaba.

«–Nunca se sabe qué puede pasar.

«–Si sólo voy a mi lugar.

«Él meneó la cabeza de un lado a otro.

«–La vida no es una línea recta –sonrió–. Es más bien un viaje, con múltiples itinerarios y destinos. Por eso hay que tener cuidado; podría usted aparecer en otro sitio, a kilómetros de aquí. O si quisiera, también podría…»

–Vivir mil vidas, mil veces -interrumpí.

Clement parpadeó.

–¿Cómo supiste?

–Los estaba escuchando.

Él se acarició la barba.

-«¿Se imagina?» -prosiguió entonces, imitando la voz de su esposa, quien a su vez, imitaba la voz del boletero–. «¿Desdoblar los fragmentos más breves de un suceso, y prolongar así, nuestra existencia a voluntad? Como si contáramos una historia…»

–Dentro de una historia, dentro de una historia…

-«En donde lo que se suprimió en primera instancia, aunque parecía superfluo, termina siendo lo más relevante. Y al final, descubrimos que entre una palabra y otra, no pasan sólo unos segundos como pensábamos, sino que en realidad transcurren años».

Clement suspiró con hartazgo.

-Y eso fue todo –concluyó–. Lo más curioso, es que cuando le pedí los boletos, me dijo que ya los había roto. «Pero, ¿ya no quieres ir a la paz?», le pregunté asombrado. Ella sonrió y en los pliegues de sus ojos, noté arrugas que jamás le había visto. «Ya no», fue lo que dijo. «Ya he estado ahí». Fue entonces, cuando me salí a fumar y te encontré.

–¿Y por qué crees, que yo tengo algo que ver?

–Tú estabas aquí, detrás de esa puerta.

Nos encontrábamos tan cerca uno del otro, que ya no hubo necesidad de gritar; no obstante, el ruido del motor aún taladraba los tímpanos.

–Ya te lo dije, sólo cruzamos miradas.

Él levantó su barbilla, incrédulo.

–Fueron segundos –agregué, alzando los brazos–. ¿Qué pudo pasar en ese lapso?

–No lo sé –masculló–. Dímelo, tú.

En eso, el silbato resonó con fuerza sobre nuestras cabezas. Clement se llevó la colilla a la boca y una vez que le dio una última fumada, arrojó el resto del cigarro por la borda.

–Sólo mantente lejos –me advirtió, antes de desaparecer tras la puerta del compartimiento.

Pude verlo sentarse junto a ella, al asomarme por la escotilla. A esa hora, el viento era más punzante y erizaba los vellos de mis brazos; o acaso se trataba de la emoción que me producía verla de nuevo, aunque fuera tan sólo a través del vidrio opaco de aquella diminuta ventana.

El silbato sonó de nuevo. Clement apenas se percató, obstinado como estaba, en descifrar lo sucedido. Poco importaba que en su mujer se hallara la clave: ya fuera en sus pies, descalzos y cubiertos de lodo; o en las arrugas de su rostro, hasta hoy inadvertidas. Jamás lo entendería; él no creía en estrellas fugaces.

Yo por mi parte, permanecí ahí, contemplándola, con el corazón latiéndome en la boca del estómago y la respiración agolpándose trémula en mi garganta. Deseaba tanto que nuestras miradas volvieran a cruzarse. La primera vez que nos vimos, atravesamos un país entero. ¿Quién sabe, ahora, hasta dónde seríamos capaces de llegar? Y es que si entre un vagón y otro, existe una infinidad de posibilidades, ¿cuántas más no cabrán entre dos miradas?

Acerca del Autor: Jorge Rodríguez Patiño – Cineasta, fotógrafo y guionista. Aficionado a las empanadas de camarón y entusiasta del baño vaquero, con la ayuda de diversos cursos, talleres y libros de autoayuda, ha escrito importantes listas de mandado, estados de perfil en ocasiones ocurrentes y canciones de amor que nunca fueron entregadas. Su primera pastorela, Ruta Cero A Belén en Pesero, le valió el reconocimiento del publico que logró verla, porque nada más se montó una vez y por un día. No obstante, esa primera experiencia fue crucial y definiría su futuro profesional, ya que le motivó para comenzar a buscar trabajo de otra cosa, ya fuera plomero, carpintero o algún otro oficio, pero es que es tan inútil con las manos … Hoy en día, sin embargo, escribe las etiquetas de las camisas, esas que todos arrancan porque raspan la parte trasera del cuello.
Tiene un cuento publicado: El Rostro en el Armario, el cual salió de chiripa mientras esperaba en la cola de las tortillas, y se basa en gran medida en sus experiencias de niño, cuando descubrió que era adoptado y que una mujer vivía en el ropero de su abuela.
Estudió Realización Cinematográfica en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México, Comunicación Visual en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y Fotografía en la Escuela Activa de Fotografía. 
Cuenta también con estudios en artes visuales y semiótica visual. Ha participado en cortometrajes como director y cinefotógrafo. Actualmente alterna su trabajo freelance en foto fija y realización de videos, con la escritura de cuentos.

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