Yummina. O mi nueva mejor amiga.

“Ten cuidado con Cupido, porque flecha en un descuido,
como a mí, que el muy bandido, en tus brazos me ha rendido.”
Anónimo.

                Tranquilamente recostado sobre mi bolsa de dormir, a la sombra de un álamo, al lado del arroyo, escuché que alguien me sacaba de mi sopor…
—  Eit, psst, psst —a mis espaldas.
Perezosamente giré, me apoyé en mis codos y busqué quién me llamaba. No había nadie, solamente un par de vacas pastando a la distancia. Mis amigos habían decidido recorrer río arriba el cañón de las Adjuntas, así que no podía ser ninguno de ellos y no se veían más excursionistas cerca: era lunes. Pensé que era mi imaginación y seguí tirado resistiendo con éxito la tentación de ponerme de pie.

— Eit, psst, psst —nuevamente.
— Bueno, pues qué jo…  —pensando en alguna broma de mis camaradas decidí buscar al responsable de los chistidos. Las mismas vacas, sólo que ahora una de ellas estaba más cerca. Con abulia mental pensé en preguntarles a ellas si querían algo de mí: ¿Me hablas?
— Siiiiiiiií —contestó una de ellas arrastrando las vocales como suelen hacerlo. Bueno como la única que les había oído: la “u”.
— ¡Ah, cabrón!
— Nooooooo, cabra nooooo, vaaaaca.
— ¡Ay, güey!
—  ¡Vaca, pendejo!
Me puse de pie de un brinco, busqué a los alrededores; Era una broma, casi estaba seguro; me asomé tras la vaca, tras los árboles y arbustos y en eso estaba cuando, por no ponerme mis zapatos, me encajé una espina en el dedo gordo del pie.
— ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
— Muuuuuuuy delicados que son.
— ¡Bueno, ya! Para broma estuvo de pelos. Me rindo, ya, ya… —dije mientras me sacaba la espina.
— ¿A quién le hablas, güey? —dijo masticando la última palabra. En realidad todo lo masticaba.
— ¡No manches! —dije mientras le abría el hocico— ¿Dónde está el radio?
— Quítate, pues qué tienes. Pfffftt, pffft —dijo escupiendo y sacando la lengua.
— Las vacas no hablan, no inventes, es un hecho científico… — dije ya medio asustado.
— Eeeeeeentonces ¿qué haces dirigiéndote a mí?

Me dejó mudo.
¡No puede ser! Yo soy un escéptico de primera, no me creo ni las historias de la Biblia donde los animales hablan: ni la víbora, ni el burro, ni la mula… No, no, no, es un hecho fisiológicamente imposible, sus cuerdas vocales, su diafragma… ¡No! Si con Walt Disney batallo, ora con ¡esto!
— ¿Y? —me preguntó la muy cabrona.
— ¿Y? ¿Cómo que “y”? Si tú me hablaste a mí —protesté.
— ¡Ah! cierto, ya ni me acordaba. Mira, en realidad quería pedirte un favor, aunque no sé si puedas hacérmelo, te ves medio… humano. Muf muf muf —terminó como que tosiendo o riéndose, no supe.
— Espera, espera, espera… —le dije tratando de razonar—. Se ve que hablas, supongo que razonas, así que explícame algo…
— Dime.
— ¿Por qué jodidos estás hablándome?
— Se me hace que eres humano compleeeeto; Puuuuues porque necesito pedirte un favor, tontito.
— ¡Las vacas no hablan!
— ¿Dónde dice, wey? ¡Sí hablamos! Nada más que no muy seguido necesitamos que nos hagan favores ustedes los humanos. Además, para qué hacerlo con ustedes si hablan de puras tonterías.
— ¡Uta! Está bien, sí hablas. ¿Qué quieres de mí? —dije aún buscando a los alrededores, agachándome entre sus patas y parándome de puntas para buscar sobre su lomo para ver si encontraba a alguien o algo.
— ¿Qué buscas?
— La cámara, de seguro es una broma para cámara escondida, o algún programa chafa de esos…
— ¡Y daaaaale! Ya consíguete una novia o algo. Anda, acompáaaaaañame.

Y allá te voy siguiendo a la vaca, afortunadamente no se veía persona alguna que presenciara el comportamiento más estúpido que hubiera tenido en mi vida, bueno, tal vez excluyendo el episodio de la gallina. Empezamos a subir una colina algo abrupta.
— Oye, esto está muy empinado, ¿por qué no me cargas?
— Te digo, si serán encajosos ustedes ¿por qué no me cargas tú a mí?
— ¡No manches! Yo no puedo, estás algo… gordita.
Y ¡zas! que me deja ir un madrazo con su cola en pleno cachete.
— ¡Ora, weyona! Fíjate ¿apoco no estás algo pasada de peso?
— El coletazo no fue por eso sino por las botas que traes: son de piel de vaca.

Ni hablar, me tuve que quedar callado. Otra vez.

Por fin llegamos a la cumbre de la colina, yo con la lengua de fuera y ella muy fresca.
— Deveras que uuuuuustedes no aguantan nada, ya vienes resollando y eso que es uuuuna colinita…
— Para empezar estoy de vacaciones y tú me interrumpiste… —empecé a reclamar.
— Shhhhhh, shh, shh, shh, miiiiiira el valle…
— No me calles, méndiga. Ya lo vi ¿qué tiene?
— ¡Miiiiiiíralo bien! ¿Acaso no ves?
— ¿Qué quieres que le vea? Tiene árboles, un arroyo, nubes, unas casitas, ¿y?
— Te digo, si serás humano —eso último me sonó medio despectivo—. ¿Ves las copas de los árboles de la penúuuuuultima colina? ¿Ves que tienen en medio un claro con un verde diferente a las demás colinas?
— Errrr, sí —mentí para que ya me dijera qué quería de mí.
— Necesito que me traigas aaaaaalgo de allí.
— Sí, claro, está bien, ¿qué quieres que te traiga? —la “tiré a lión”.
— Hierba.
— ¿Qué? ¡No inventes! Aquí tienes un montón de hierba, o sea, ¿por qué tiene que ser precisamente de aquella colina? Mira, mira, hierba por aquí, hierba por allá, hasta la madre de hierba…
— Te digo, humanito… —meneando la cabeza—. ¡Hierba! ¡Cannabis sativa! mariguana, mota, churro, mois, carrujo, “merriyein” —eso último lo pronunció con un impecable acento inglés—, mawi, un toque, de la verde, cómo le quieras llamar ¿Qué? ¿Por qué te me quedas vieeeeeendo con esa cara de estúpido?
— Jajajaja, ¿así que tú eres de “esas” vacas locas? Ahora sé porque se ponen taaaaan locas… —y zas, que me deja ir otro coletazo en la jeta.
— No te burles que hasta nosotros los animales cometemos… ¿burradas dicen ustedes?
— ¡Oye! —protesté escupiendo pelos de su cola.
— Mira, te propongo esto: si tú me traes esa hierba yo te doy algo para que hagas muy feliz a tu humana… —me propuso cerrando uno de sus ojotes.
— Neeeee, ya hago muy feliz a mi novia y no necesito de hierbas…
— Muf muf muf. Eso dicen todos, ¿has oído de la yumbina? No, por tu cara de humano supongo que no… Mira, eso es un extracto que se les da a mis compañeras para que se pongan sumamente romáaaaaanticas. ¿Me entiendes? Eso en los humanos funciona también, pero no hay nada cómo lo natuuuuuural, así que yo te la consigo pura, fresca y mejorada. Ahora que si segúuuuuun tú no la necesitas, podrías venderla a muuuuuuy buen precio…
— Mh, y ¿por qué me necesitas tú a mí? ¿Por qué no simplemente vas por ella y ya?
— Porque alguien compró los terrenos esos, puso uuuuuna cerca y no puedo pasar, ¿captas? Los humanos tienen un sentido de la propiedad demasiaaaaaado desarrollado. Se quieren adueñar de las cosas, de las personas, del muuuuundo…
— Sí, sí, tienes razón. Bueno, primero dame la madre esa y luego voy. Si no, no.
— Consiiiiiigue algo en que ponerla, alguuuunas de las bolsas esas que dejan todas regadas por aquí servirá para dártela y alguuuuuunos envases de plástico de esos que tapizan el zacate servirá para que la vacíes después, voy por ella. Te digo: se creen dueños de todo y por eso todo les vale maaaaaaadre. ¡Sucios! —dijo ya muy bajito.

Pero qué cosas más raras me pasan a mí, como digo yo: “Lo qué no me pasa a mí no le pasa a nadie”. ¡Mira que estar hablando con una vaca! Y cuando platica, como diría mi abuela: En cada sermón te tira un cuete. Pero bueno ¿a quién le hace daño eso? No tengo que contarlo a nadie, amén de que nadie me creería, nunca nadie me cree nada; Si esto no está pasando, nadie lo sabrá y si está pasando a la mejor me hago rico. Era como aquello que decían de que si cae un rayo en una isla desierta, ¿se oye el trueno o no se oye? o alguna babosada ontológica por el estilo. En eso estaba tirando yo la baba cuando regresó mi amiga.

— Yaaaaaa la conseguí. Arrima el plástico ese… —me ordenó y me puse a pensar: si las vacas no tienen manos ¿cómo iba a recoger la hierba esa y a dármela? Cuando justo en ese instante ella me sacó de la duda.
— ¡Arrrrrgggggghhhhh, cómo eres asquerosa! ¿Por qué me vomitas encima? ¡Ahhhhhh, no mames!
— ¡Mhhhhh! —decía mientras se relamía el hocico.
— ¡Ah! ¡qué asco! ¡qué asco! Ah, pinche asquerosa, ¡vete a la goma! ¡No manches!
— Muf muf muf. Imagiiiiiinate, para qué funcione te lo tienes que tomar… Muf muf muf —me dijo la muy…
— ¡Te la bañas, mira! Ni la mitad cayó en la bolsa. ¡Arrggghhhh! ¡Y ni loco me voy a meter un vómito de vaca! ¡Estás loca! ¡Vaca loca!
— Mira, los jugos gástricos de mi segundo estóm… sí, sí, tenemos tres estómagos —supongo que adivinó mi incredulidad por mi cara de tonto, por eso la aclaración—, bueno, eso ayuda a hacer máaaaaas potente el agente activo de un compuesto contenido en la corteza de ciertos árboles de por aquí, así que sólo con una probadita tienes para que haaaaaga efecto. Piensas que es un licuado de alfalfa o algo así y pa´dentro.
— ¡Ya cállate, asquerosa! Me voy a tener que bañar. ¡Como eres cochina!
— Bueno yo ya cumplí, te toca hacer tu parte. ¿Cochina? Mff ¡Humano!

“No pazar”, “Propiedad pribada”, “A quien ce sorprenda ce le dispararara”, así rezaban un montón de letreros a lo largo de una cerca de púas, no iba a ser fácil entrar. De la mochila de ataque donde llevaba el agua, el vómito de vaca y un lonche, saqué mi navaja suiza y crucé la cerca. Tras seguir un momento el río llegué por fin al lugar donde estaban los árboles que me había indicado Yummina y sí, tenía razón, en un claro del bosque había un sembradío de hierba. Por eso los letreros y el secreto y lo que tú quieras, gustes y mandes y dije: a la goma, a juntar el encargo. Y en eso estaba cuando una sombra me cubrió estando yo de rodillas arrancando hierba…
— Eh, cabrón, ¿qué estás haciendo? —oí a mi espalda.
— A la madre…
— Párate despacito y con las manos en alto, que si no aquí te tronamos, wey…
— Tranquilo, tranquilo, nomás ando juntando hierbas…
— Pos precisamente, wey, ¡por eso ya marchaste! ¿Que no ves que esto es propiedad privada? —me dijo el tipo jalándome los cabellos y poniéndome de rodillas de nuevo.
— Nombre, no sea gacho nomás necesito esto para… para… unos remedios de… de… ¡de mi abuela!
— Nos vale madre tu abuela, ¿verdá, Juan? —le dijo a su compañero, al que no había visto ni escuchado.
— Así es, Pedro. A ver, huerco, échame tu morral a ver qué traís ahí… —me dijo el Juan y empezó a vaciar mi mochila, incluyendo el vómito de vaca y las hierbas que le había juntado a aquella.
— ¿Qué ingados es esto, wey? —me preguntó el Pedro.
— Es uno de los remedios de mi abuela, le digo que por eso ando aquí, ella sabe de hierbas y esos…
— ¿Y pa’ qué sirve?
— Es… es… pus es… ¡es como el viagra! Se lo prepara a mi abuelo, es más, si usted le pregunta a él qué edad tiene le va a decir: pos tengo ochenta y “pico”, je. Mi papá tiene menos y ya no, je —no se me ocurrió qué más jodidos decirles…
Los dos soltaron unas risitas disimuladas…
— Ah cómo serás mamón, huerco —me dijo el Juan.
— Nombre, es neta, nomás que le digo que mi abuela le sabe un chorro a las hierbas y… y… me está enseñando y… me mandó a conseguir un poco de esto, porque…. porque… ¡mi novia salió embarazada! y… nos va, nos va a… a ayudar a salir de la bronca… ­—puse la cara más compungida que se me ocurrió.
— No, pos ta cabrón, wey, esas si son broncas. Párate —me dijo el otro.
— Sí, wey, y… —se me ocurrió contestarle confianzudamente.
— ¿Cómo que “wey? Más respeto, huerco igualado —ordenó el Juan.
— Perdón, señor Juan, es que le digo que más que nada que nadie sabe que… —cinco “ques” en una oración de doce palabras, definitivamente me estaba poniendo nervioso— que mi novia se… se quedó en casa de mi abuela esperando la hierba; No sean gachos, háganme el paro…
— ¿Cómo ves? Pedro.
— Pos no sé, Juan, nos pagan pa´ tronarnos al que pase por aquí, no ves que son las tierras del alcalde y pos…
— Es más, miren, no sean gachitos, les dejo una de las botellas del remedio de mi abuelo. Y neta que sus señoras los van a querer un chorro más hoy en la noche, ¿eh? ¿Qué dicen? ¿Sí? ¿Sí?
— A ver, enséñame eso…. Pero si parecen babas de nopal. Se ve regacho.
— Sí, pos… es que… es… es… ¡como un licuado! sí, sí… tiene nopal, alfalfa y otras hierbas que no me ha querido decir mi abuela…
— Mhhh, y ¿cómo se llama tu abuela?
— Yummina —le contesté sin titubear, porque si me cachaban en la mentira quien sabe qué me harían a mí o hasta a mi abuela.
— A ver, Juan, ¿lo quieres probar?
— ¡Pos va! Total, ¿qué tanto es tantito?
Arrrrgggghhhhhh que aaaasco, pensé pero no lo dije. — Eh, pero poquito porque es muy potente, no le vaya a pegar de más —les dije después de que el Juan le dio el primer tragote y pude disimular mi cara de asco. Yieeech.
— Pos a ver, échale, Pedro. Sabe bueno…
— Guarden para después, no se lo acaben —no se fueran a morir estos weyes por una sobredosis del vómito de aquella.
— Pos se siente conmadre, ¿a poco no, Pedro? —dijo este con un tonito así medio rarito.
— Sí, pos la neta sí, ¿Qué? ¿Lo dejamos ir? ¿O nos lo tronamos aquí? —dijo apuntándome con su cuerno de chivo y acicalándose el bigote.
— No seas wey, Pedro, si disparas van a venir a ver qué onda y no queremos broncas, no queremos que venga naiden… —dijo el Juan viendo medio raro al Pedro.
— No, pos la neta no, no queremos que naiden venga a interrumpirnos, mejor que se largue pero ya, ¿qué no?
— Sí, sí, ya me voy, ya me voy ­—dije mientras recogía mis cosas y antes de que cambiaran de objetivo amoroso, no fuera a ser. Mira que sí salió efectiva la yumbina.
— ¡Pero ya! Órale, y no se te ocurra regresar….
— No, señor Pedro —dije antes de que iniciaran el secreto en las Adjuntas.

— Muf muf muf, eres todo uuuuun melómano —me dijo Yummina.
— Nombre, es en serio, ¿por qué nadie me cree cuando les cuento las cosas que me pasan? De veras, cuando el Juan me corrió ya le estaba sobando acá bien suavecito y disimulado la espalda al Pedro. Ah, y por cierto: es mitómano. Mensa.

Sentados en la cima de la colina veíamos el atardecer sobre el valle; Los anaranjados (o ¿eran fiucha? ¡sepa!) del poniente, nos relajaban tanto como las bondades botánicas del valle de mi amiga.

— Creo que me está haciendo efecto la otra hierba esa, ¿nunca te han dicho que tienes unos ojos muy bonitos? —me dice la Yummina
— Neeee, no manches… yo no soy zoofílico.
— ¡Ah! Pero ¿cómo de que no? Bueno, a no ser que sólo lo hagas con muñecas de plástico, que en ti sí lo creo…
— Bueeeeno —le pensé un poco, más bien un mucho antes de abrir mi bocota, pero ya ves que las drogas hacen que aflojes todo—, pero no creo que hacerlo con una gallina a los once años cuente o ¿sí? A lo mucho vale como una pajilla pero ya.
— Muf muf muf muf muf muf. No me refería a eso, Humanito… —decía mientras golpeaba con su pezuña delantera la tierra sobre la que estaba echada.
— Chin, bueno, ya me quemé, pero te digo que ¡yo sólo con mi chava! —dije bien serio.
— Puuuuuues a eso me refiero: si zoofílico es quien lo hace con animales ustedes también son animales, no sean tan chauvinistas. De veras que se toman muy en serio eso de que ustedes son los reyes de la creación. Si no son paridos por los dioses, son los más evolucionados de los animales o los más inteligentes, ay sí, ay sí, Homo Sapiens, muf muf muf, no manches, si son unos inútiles…
— Okey, okey, ya, ya párale, yo nunca he dicho eso, es más nunca lo he creído…

Casi oscurecía y se empezaban a ver algunas estrellas, bueno, las que nos dejaba ver la humareda que traíamos. Me la estaba pasando de maravilla con mi nueva mejor amiga la Yummina, hasta mejor que con mis amigos tetos.
— Oye, y tú… ¿nunca le pusiste el cuerno a tu marido?
— Muf muf muf ­—me respondió echada en la hierba ya casi sin poder hablar. Yo me doblaba de la risa teniendo su panza como almohada — No, no me dio chance de ponerle el cuerno al güey, se fue a trabajar al otro lado.
— Oh, ¿en serio? Y ¿a dónde se fue?
— A Mc Donalds.  Muf muf muf.
— Jajajaja, ¡no masques!
— ¿Tonx qué hago? Muf muf muf.
— Ira, ven. Jajaja ¡No! No te creas, nonono, no te creas… ¡ay! Ay, ah, oh. Tienes la legua rasposa, ¿sabes?
— Muuuuuu.


Sobre el autor: Samuel Carvajal Rangel – Egresado de la licienciatura de Diseño Industial por la UANL. Escritor por amor a las letras. Diseñador por los retos que implica. Fanático de la ciencia ficción porque permite conjuntar esas dos disciplinas sin las restricciones de nuestra aburrida realidad. Colaborador de este proyecto que deseamos llevar a buen término: tu lectura.

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Un comentario sobre “Yummina. O mi nueva mejor amiga.

  1. 😦 Este 2016 empezó mal para mi.

    o_o Ha sido difícil reponerme de tantas caídas. .-. Pero cuando todo va mal…
    n_n Busco refugio en lugares como este.
    😀 La palabra escrita, un espacio que seguirá aún cuando todo lo demás perezca.
    o_o La memoria que vive y da vida a quien lee.
    n.n El hábitat donde el tiempo se detiene y vuelve a empezar cuantas veces sea necesario.
    🙂 Hacer que uno sonría con un pequeño cuento cuando la oscuridad parece tan aterradora no tiene precio.
    n_n Solo puedo agradecer por la experiencia de vivir otra realidad sin salir de mi casa con tan solo algunas letras y una gran imaginación.

    😀 Me gustaría que las vacas hablaran sinceramente, tiene tiempo que no veo una de frente pero las recuerdo con cariño como seres nobles y distinguidos.

    😦 Qué tiempos aquellos donde uno podía casi tocar una vaca cuando mamá iba a comprar leche en el establo.

    ._. Y así…

    😀 ¡Volveré para seguir leyendo!, ¡Dulces sueños! *n_n*

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