2do Concurso de Cuento y Poema de Ciencia Ficción “José María Mendiola” Tercer Lugar Cuento – “El amor en el fin del mundo”

Toqué tu mano y tú me dejaste hacer. No estábamos enamorados, era una relación de conveniencia, sexo casual y quizá un poco más: compañía para los domingos, una voz y un oído para las palabras comunes, una forma de hacer frente a la soledad prevalente en el final de los tiempos. Tú me gustabas mucho, era evidente, y yo te gustaba a ti. No había otra expectativa más que esto.

Toqué tu mano y tú la cerraste rodeando mis dedos. Mantuvimos la mirada al frente, pero de reojo conseguí ver que te sonrojabas. Sólo un poco. Sonreí. Una voz dentro de mí me dijo que estaba enamorado. No le presté mucha atención. ¿Para qué complicar las cosas en un mundo ya de por sí bastante extraño? Como si no bastara la rutina del trabajo, las declaraciones de impuestos, el módem que deja de funcionar, el metro que va siempre lento o lleno.

Entramos al parque. Era un bonito lugar, sin gente, lleno de árboles y algunas fuentes, ahora secas. En el aire había un perfume vegetal que nos despertaba el deseo. Nos dedicamos a manosearnos, a besarnos, a platicar de cualquier cosa. Introduje la mano debajo de tu blusa y no protestaste; debajo de tu sostén, y la presionaste con fuerza. Respire el oxígeno frío que emanaba de las hojas y el aroma de tu piel.

En ese jardín, el follaje espeso de los árboles y sus altos muros nos mantenían en una suave penumbra, adecuada para los amantes secretos, separados de la voz mundana de la ciudad. La luz se mantenía fuera, sólo había pequeñas filtraciones. Por ello, nos sorprendió un intenso resplandor blanco que si no nos cegó fue debido a que los árboles nos protegieron de la mayor parte de la irradiación. Luego vino el ruido. Un zumbido agudo como un trino metálico, que lastimaba más el interior de la cabeza que el oído. Una de tus orejas y tu nariz comenzaron a sangrar, traté de detener la hemorragia con mi camisa.

—¡Tus ojos…! —gritaste y noté el miedo. Sentí unas lágrimas correr por mi rostro. Me sequé con la mano y descubrí el motivo de tu espanto: un llanto de sangre.

Rápidamente, limpié mi rostro y mi camisa quedó hecha un desastre. Eso no me importó, sólo deseaba protegerte. ¿Estaba enamorado de ti? La pregunta rondaba por mi mente y ya no traté de evadirla, me entregué a ella y a esa incipiente respuesta que sonaba por lo bajo, detrás del ruido: “Sí, estoy enamorado de ti”.

Te tomé de la mano, que sentí suave y dócil, ¿amorosa? Te conduje por el laberinto de árboles y arbustos y la ocasional mata de flores blancas y rojas. El camino estaba cubierto de hojas secas, lo que era extraño si considerábamos que nos encontrábamos en plena primavera y en Ciudad de México, donde en otoño los árboles no cambian de hojas, cambian de verdes. Pero eso no era todo, sobre las hojas yacían los cadáveres de centenares de pájaros grises de ciudad. Quise ahorrarte la visión pero te escurriste de entre mis brazos y te topaste de frente con el horror. Tus ojos de luz oscura se llenaron de lágrimas y sentí una aguja clavarse en mi pecho. El amor es el dolor por el dolor del otro, escuché alguna vez decir, ahora lo comprendía.

Al salir del jardín fuiste muy valiente. No te amilanaste al caminar entre cadáveres de perros y humanos, que cubrían las calles como un tapiz macabro. Tu mano se mantenía firme en la mía, tus pasos eran seguros, sin tropiezos. Ya no te conducía, caminábamos mano a mano, juntos.

Te acompañé a tu casa y me pediste que me quedara contigo. No había rastros de tu familia. Me resultó muy difícil convencerte de no salir en su busca. Ahora te veo dormir mientras en la televisión todos los canales están muertos. Internet también ha caído. Sólo permanecen al aire algunas estaciones de radio, pero son de poca ayuda. Una de las estaciones que solía escuchar ahora sólo era un loop interminable de un disco de vinil rayado. Si esto es algo global o local, no puedo decirlo, nadie puede. Es el fin del mundo. El fin del mundo que habíamos poblado de sueños y esperanzas. Si alguien arrojó una bomba en nuestra ciudad o si fue un fenómeno natural, aquí o en todas partes, ya no importa. Para nosotros, el mundo que conocíamos está acabado.

Te veo dormir un sueño inquieto. No puedo imaginar lo que debes de estar soñando, lo que debes de estar viendo allá, dentro de ti misma. Te miro, escucho tu respiración agitada, el susurro de la sábana cuando te mueves; acaricio tu cabello y eso parece tranquilizarte un poco. Eres hermosa, me gustas mucho y en mi cabeza no dejo de repetirme una y otra vez la misma pregunta: ¿Existe el amor en el fin del mundo?

Sobre el autor: Jorge Jaramillo Villarruel (Ciudad de México) – Colaboró en Bolivia 3.0 con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones. Su blog es https://amorycohetes.wordpress.com/, y también está en Twitter, vía @UnEteronf.

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