2do Concurso de Cuento y Poema de Ciencia Ficción “José María Mendiola” Tercer Lugar Cuento – “Para Alud”

“Arrasa tormenta de arena la ciudad de Moakir. 24 de agosto de 2095.”

Eso dice el recorte que conservo de ese día. El día en que comprendí que estábamos perdidos todos, que lo que había visto en las noticias estaba más cerca de mí de lo que jamás había querido. Todavía recuerdo cuando el cielo era ligeramente azul, cuando mi piel era lisa y suave, a mi madre cortando trozos de fruta en la cocina, en lo que mi padre veía la televisión y mi hermano jugaba con el perro en el jardín, y el jardín tenía plantas y un árbol de manzanas que empezaba a florecer. Hacía calor en una época del año y frío en otra. Había pequeños pajaritos volando entre los árboles, de día cantando, en la noche buscando refugio en su nido. Los niños íbamos a la escuela, mirábamos desde nuestros autobuses cómo iba aclarando el día, sus tonos rojos, naranjas, a veces rosados y morados. Los más grandes se iban de viaje, mostraban sus ombligos, sus brazos, las piernas, sus rostros estaban pintados por bellos colores, sus manos libres tocaban todo, se iban a la playa, a bañarse al mar, se besaban frente a fogatas y bailaban bajo las estrellas. Recuerdo parte de eso, lo demás me lo han contado.

Lamentablemente tú no conocerás de esto, te traje a un mundo diferente, créeme que no fue mi intención hacerlo. Cuando supe que ibas a nacer el mundo estaba entrando al caos, el agua era escasa, la arena había cubierto gran parte del lugar, llevaba dos años vagabundeando con Lwi, y tu papá, sólo los tres. Ya habíamos salido de Moakir, cruzado Wial y estábamos llegando a la frontera del país con el vecino, donde se suponía que aún había algo de agua y verdura, habían quienes decían que se había construido una ciudad subterránea como una en Canadá. Nuestras pieles estaban lastimadas por la arena y el sol, él perdió un ojo durante un conflicto armado, cuando el ejército quería mantenernos a raya y fingir que nada ocurría. Uno de los oficiales le lanzó un dardo electrificado, de pura suerte sobrevivió, sólo que tuvo que vivir lo que siguió con un parche y una mano que sufría de tics imparables. Al llegar a la frontera un médico decidió cortarle unos dedos, según él los responsables. A mí me realizaron un estudio ginecológico, el primero en cinco años, ahí supimos de ti.

Tu papá y yo sentimos miedo, creo que lo sabes. Él y yo habíamos planeado casarnos al terminar la universidad, algún día te conté lo que eso era, luego compraríamos una casa de dos pisos, le construiríamos una casita a Lwi y adoptaríamos otro perro de la calle y cuando lleváramos dos años de casados tendríamos un bebé, o dos, o tres, todos sanos, morenitos y regordetes. Les enseñaríamos a hablar, a caminar, cada que cumplieran años les daríamos una plantita, luego un pez, luego una casa en el árbol, se llamarían Urq, Api y Alud. En cambio, no entramos a la universidad, quemaron nuestra casa los rebeldes anarquistas que exigían que mágicamente detuviera el gobierno la tormenta, Lwi perdió el olfato, juramos amarnos en medio de una lluvia de explosiones y ácido, mientras cubríamos nuestros cuerpos bajo lo que quedaba de un auto, conocimos los desiertos, sus peligros, bailamos alrededor de hogueras en medio de la helada noche, bebimos sangre de los animales, matamos gente por su ropa y su comida, atravesamos un río de agua negra que picaba, perdimos un ojo, unos dedos, un pulmón, una vida.

Te trajimos a un mundo sucio, enfermo, de aire pestilente, de arena filosa, de fríos infernales, de calores asfixiantes, de agua contaminada, de corazones rotos y de ideales inexistentes. Te trajimos a donde jamás pensamos traerte, Alud. Y tú nos diste una razón para seguir buscando una mejor opción, ya no para nosotros sino para ti. Si no hubieses llegado en ese momento menos oportuno probablemente tu padre y yo habríamos muerto juntos durante algún enfrentamiento con la armada, zombificados por alguna droga de esas que fríen el cerebro, asfixiados por la nube tóxica que mató a medio Colonia, quemados en las aguas del mar Índico o esclavos en las fábricas de naves aeroespaciales.

Quisiera que recordaras a tu papá. Él en verdad te amaba, nunca vi sonrisa más dulce que la suya cuando te sostuvo en sus brazos por primera vez, ni gesto más enojado cuando quisieron cambiarnos una botella de agua por ti, ni más preocupación que aquella vez que caíste en lo que era una antigua chimenea, oculta por la arena, ni más tristeza que cuando supo que no volvería a vernos, ni más orgullo que cuando lo llamaste papá. Nunca olvidaré la primera vez que tomó mi mano bajo un cielo gris donde la luna brillaba suficiente, ni cuando sonrió y la tomó por última vez cuando dejó de respirar. Quisiera que recordaras la vez que encontró un pequeño oasis y nos bañamos en el riachuelo y viste por primera vez una rana, o cuando le preguntabas qué eran esas cosas que surcaban el cielo por la noche en luces verdes, azules y moradas y él te contaba que eran estrellas fugaces, que allí iba la esperanza de la humanidad, estrellas que salían de la tierra y que iban para el cielo, al espacio, a otros planetas, donde había algo más que arena, harapos y calor. Te contaba historias y cuentos de cuando nosotros éramos pequeños y pacientemente te explicaba cada una de esas cosas que no conocerás jamás.

Hace un mes, me viste con enojo cuando te dije que debíamos irnos de ese hogar improvisado que encontramos hace unos años, donde no nos da el sol, esa bodega de fierros que tanto te gusta, luego me viste con felicidad cuando te dije que subiríamos a una de esas naves. Es la última y esta vez permitirá llevar civiles. Si algún día llegas a saber cómo es que descubrí esa información espero no me juzgues mal. Tampoco espero me juzgues por lo que haré. No me odies por abandonarte, ni lo sientas así. Alud, tú puedes tener un futuro allá arriba, yo no. Nací en una época con ambientes limpios y fueron pudriéndose lentamente. Tú naciste en un mundo podrido con la posibilidad de limpiarte. Tengo lo mismo que tu papá en su época.

Mañana, cuando subas a la nave en medio de la tormenta de arena, cuando se enciendan los motores y vea cómo te elevas al cielo, yo estaré aquí, mirándote ir hacia un mundo que yo nunca conoceré. Siempre quise ver las estrellas de cerca, el espacio, el sol, los planetas; míralos, por mí, no mires a la Tierra, deja a este viejo planeta atrás. No lo olvides, pero no te mantengas atada a él. Déjalo, déjanos. Eres hoy, mañana, no ayer. Polvo de estrellas, vuelve a de dónde venimos todos.

Si hubieran periódicos, seguramente dirían mañana en primera plana “Parte la última esperanza de la Tierra al espacio, los últimos conquistadores. 30 de octubre de 2116”. Tal vez podrían tener algo de verdad ¿no crees?

Sobre la autora: Mitzi Vega Valerio – Nacida en el Estado de México en 1992. Empezó a los once años a escribir poesía, luego adquirió gusto por los cuentos cortos, actualmente su interés va  hacia el terror, el suspenso, la ciencia ficción, el romance y el guionismo. En 2015 ganó el segundo lugar en el XXIX Concurso Nacional de Creación Literaria del Tecnológico de Monterrey. Es recién egresada de Animación y arte digital.

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