2do Concurso de Cuento y Poema de Ciencia Ficción “José María Mendiola” Segundo Lugar Cuento – “Muertos Virtuales”

Caminaba por la concurrida ciudad con las manos en los bolsillos de la chaqueta y los hombros encogidos, el vaho se levantaba como fumarola de cigarro. Iba contra la corriente de la multitud, chocando con una persona cada dos pasos que daba, ni se molestaba en disculparse, los demás ignoraban que él estaba ahí.

—¿Escuchaste lo que dicen en las noticias? La tasa de mortalidad está subiendo drásticamente —escuchó Santiago de un avatar que iba tomando de la cintura a una joven hermosa—. Dicen que es por sedentarismo y una nueva enfermedad.

La conversación se convirtió en murmullo hasta que se perdió entre las voces de la multitud. Santiago dobló en una esquina para entrar a una calle de comercio conocida por su extensa variedad en productos farmacéuticos. Cientos de anuncios saltaron en su campo de visión para llamar la atención a ciertos locales, él sacudió la mano y desaparecieron. Las personas se amotinaban en tiendas establecidas y se peleaban por adelantarse, soltó una risa entre dientes y siguió su camino hasta una esquina con poca iluminación; una carreta de madera modificada para ser un mostrador de productos, del techo caían bolas de nieve y la única fuente de luz era una lámpara de aceite. Santiago se detuvo enfrente.

—¿Lo mismo de siempre? —preguntó la anciana que atendía el local después de soltar una bocanada de su pipa. Una pequeña y arrugaba anciana que se asimilaba más a una pasa que a un avatar estaba hecha ovillo al lado de la lámpara para recibir calor del fuego. La anciana saltó del banco, cuando caminaba parecía que se deslizaba por el suelo. Tomó un pequeño bote del estante y se lo entregó a Santiago; inmediatamente apareció un panel donde citaba el nombre del producto, precio y una breve descripción. Presionó el botón de comprar y la transacción finalizó. Dio las gracias y se desconectó de Oxidion.

Siempre regresar al mundo real se sentía como un golpe en la cara. Cuando salió del estupor pudo levantarse del suelo y caminar hasta la impresora dimensional; tuvo que pararse de puntitas para poder navegar por la pantalla del operador y seleccionó el producto que acababa de comprar. La máquina hizo un ruido mecánico y docenas de láseres bailaron en la cámara de extracción, lentamente fue tomando forma un pequeño frasco. Se abrió la protección de vidrio y tomó el objeto, lo palpó entre sus manos.

—Es más pesado y grande que cuando lo agarré con mi avatar —masculló. Su avatar llamado Rick era un hombre adulto con expresiones toscas, preferiría usar un avatar conforme a su edad, pero nadie le haría caso a un niño. Sacudió la cabeza para despejarse y salió de la habitación para dirigirse con su madre.

La luz era tenue, el sol estaba por ponerse en el horizonte cuando Santiago entró a la habitación de su madre. Tendida sobre la cama, una mujer en sus cuarentas, con aspecto demacrado, cuerpo huesudo y rostro hundido, estaba conectada por tubos a un aparato que emitida un sonido arrullador y lanzaba líneas ondulantes acompañadas de un ligero pitido al aire. Santiago se acercó al cuerpo de su madre y presionó un botón en el visor.

—¿Por qué me levantaste? —preguntó con una voz apenas audible, hablaba casi sin mover los agrietados labios—. Estaba en un bar con unos amigos.

—Es hora de tu medicamento —respondió Santiago. Inyectó la aguja de la jeringa sobre la tapa y extrajo la sustancia.

—¿Cómo conseguiste el medicamento? Cuesta una fortuna —la mujer se acomodaba en la cama, mirando el líquido rojo que le daría otro poco de vida.

—Una anciana me la vende a mitad de precio, aun así sigue siendo mucho dinero, pero es más accesible para nosotros. Vamos, extiende el brazo.

La mujer obedeció y pegó un pequeño respingo cuando sintió la aguja atravesar su delgada piel.

—Listo —dijo el niño—. Debería bastar para otra semana. Y deberías dejar de frecuentar esos bares, estas delicada de salud.

—No para Marian, ella es joven, rubia de ojos azules, no una cuarentona tendida en cama siendo consumida por una enfermedad.

Santiago había escuchado cientos de historias de personas que escapaban a Oxidion, pasaban conectados días, semanas y hasta meses. Cuando finalmente morían, el avatar tenía suficiente información para seguir por sí mismo, la IA era tan avanzada que diferenciar entre un avatar vivo y un avatar eco era prácticamente imposible. Desconocía el motivo de aquel acontecimiento; algunos decían que era por el alma de las personas que se rehusaban a dejar la vida, otros susurraban que era un medio para mantener siempre la ciudad llena de avatares y que pasaran desapercibida las muertes prematuras de las personas. Él sabía que mientras usaba a Rick, estaba creando su copia virtual, el sustituto que caminaría por las calles de Oxidion como si fuera el Santiago real. Pensar en un avatar eco controlado por la IA usando información de personas muertas, actuando como humanos y siendo tratados como tal, le daba escalofríos.

—No dejaré que sigas visitando esos lugares, madre —. Ni bien terminó de decirlo cuando una garra huesuda lo tomó fuertemente del brazo y unos ojos fuscos, dos cuencas vacías como la muerte se posaron en los de él.

—Tengo miedo de morir —su voz se quebró. Santiago desvió la mirada.

—Debo regresar a Oxidion para conseguir un poco más de dinero, después traigo tu cena —musitó, se soltó de las garras y corrió de regreso a su habitación.

El tiempo pasó y la salud de su madre no mejoraba, la medicina surtía efecto durante los primeros días y luego desaparecía tan rápido como actuaba. Ella se ahogaba en Oxidion cada vez más, ignorando su realidad, su cuerpo enfermo. Siempre que Santiago la visitaba la encontraba con una sonrisa en el rostro y, cuando la levantaba, una lágrima se deslizaba por su mejilla. Una mirada suplicante expresaba dolor y tristeza, sentía que le rogaba el no despertarle de la alegre ficción. El dinero escaseaba y no podía tan siquiera alcanzar para comer al día, la última comida decente que la impresora dimensional creó fue un cutre sándwich de atún, la mitad se la comió él, la otra se la entregó a su madre. Después del décimoctavo mes su madre logró comprar un seguro personal, este impedía que una persona del exterior pudiera desconectarla sin su autorización. Santiago lo comprendió al tercer día de intentar desconectarla. Se había dado por vencida, moriría en Oxidion. Cerró la puerta de la habitación de su madre con un grueso candado y tiró la llave por el inodoro.

No dejaba de nevar, se suponía que la temporada del invierno debió pasar hace un tiempo pero Oxidion no era dominado por las leyes naturales del mundo real. Estaba escondido en un sucio callejón, dejando que la nieve se acumulara en sus hombros y cabeza. Por un instante alzó la vista de una rata que olfateaba el suelo y vio un rostro conocido. Se levantó rápidamente y corrió para alcanzarla.

—Madre… Marian —. Tocó el hombro del avatar, ella se volteó para mirar. Ese cabello, los ojos azules, no había duda, era el avatar de su madre.

—Rick, te he dicho que no me hables aquí, van a mal interpretar las cosas —dijo al tiempo que se sacudía la mano de Rick. Santiago estaba confundido, es como actuaba su madre, pero ella debió morir hace tiempo por hambre, sed, o por la mismísima enfermedad que la perseguía.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Rick a la vez que la miraba directo a los ojos, como si con eso pudiera desenmascarar al avatar eco.

—Claro que sí, ahora déjame ir, tengo una cita en diez minutos —. Sin esperar respuesta dio media vuelta y siguió la corriente de avatares.

Santiago no dejó de mirar el espeso cabello dorado hasta que se perdió entre la multitud, fue entonces cuando comprendió que era un simple avatar controlado, una exhalación de lo que fue su madre, ahora lo comprendía. Era imposible que pudiera sobrevivir tanto tiempo en el estado que se encontraba. Todo lo que decían era verdad, existían los avatares eco. Aturdido, miró a todos lados intentando encontrar un indicio de que todos los avatares a su alrededor eran personas reales, jugadores que estaban conectados y no cadáveres. Una paranoia lentamente lo estaba devorando. Se sentía como el último humano en todo Oxidion, y quién sabe, tal vez sea cierto. Finalmente dejó llevarse por un mar de muertos.

Sobre el autor: Ricardo Eusebio López Lucero – nació el 31 de agosto de 1997 en Salina Cruz, Oaxaca. A los 15 años de edad se mudó a la capital del estado. A comienzos del tercer semestre del bachillerato agarró el gusto a la lectura con un libro de segunda mano, desde entonces escribe cuentos en internet. Actualmente participa en todos los concursos que le sean posibles para ganar experiencia y poder presentarse ante una editorial con una novela.

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