2do Concurso de Cuento y Poema de Ciencia Ficción “José María Mendiola” Segundo Lugar Cuento – “Apagón Fortuito”

“El hombre es cobarde, y cobarde el que le reprocha esta cobardía”
Dostoievski

Las lámparas del patíbulo permanecen encendidas sin importar la hora del día. La luz se refleja en las armas desplegadas por el batallón de robots. El condenado llega montado en una banda transportadora. Esposas magnéticas en brazos y piernas lo sujetan a una plataforma que se detiene frente a los robots. Él es el único ser vivo en el patíbulo. Los muros, los monitores, los barrotes, las lámparas, las puertas, las rejas, los robots y sus armas; todo está hecho de metal, de plástico y de cerámica. La última voluntad del condenado sería que hubiera otra persona presente, alguien a quien rogar por piedad. Pero ningún humano interviene en la ejecución de humanos. La tiranía robótica presume las ventajas de un sistema judicial automatizado.

Un robot de cabeza cúbica se adelanta. Tres focos se prenden en su torso trapezoide. Comienza a dictar las acusaciones entre pitidos agudos: “pin el ciudadano Omar Saavedra pin presente pin Culpable de diversos crímenes contra el estado pin adoctrinamiento en ideología inadecuada pin ataque a las autoridades pin participación en motines urbanos pin”

Otro robot muestra, en la pantalla instalada en su abdomen, una serie de imágenes que corroboran los cargos contra el condenado. Aparece Omar leyendo el instructivo de un lavaplatos, Omar dando una patada al motor de una licuadora, Omar participando en las recientes manifestaciones contra las máquinas.

Un robot que sostiene una pistola en forma de embudo, dicta la sentencia con entonación grave: “pong un tribunal mecánico lo ha condenado a muerte pong incidirán sobre usted disparos de láseres pong hasta que su estructura molecular se reduzca a elementos inorgánicos pong.”

Otro robot con aspecto de tetera se aproxima al condenado. Produce un silbido entrecortado al sintetizar la voz: “Puedo grabar sus últimas palabras, si lo desea. Hable después del tercer tono bip bip bip.”

Omar piensa en algunas frases memorables, pero se limita a gritar:

— ¡A la chingada, pinches hojalatas!

El último robot, un tabernáculo con extremidades articuladas, reproduce un salmo que suena como una vieja grabación: “fzz Ten piedad de mí fzz oh Dios fzz conforme a tu misericordia fzz Por tu abundante compasión fzz borra mis rebeliones fzz Lávame más y más de mi maldad fzz y límpiame de mi pecado fzz Porque yo reconozco mis rebeliones y mi pecado fzz.”

La energía se va acumulando en las armas. Omar mira el resplandor que fluctúa en la punta de los cañones. El uniforme que usa se empapa de sudor. Intenta recordar un acto que justifique su existencia. Pero no encuentra un sólo recuerdo en su memoria. Las lámparas parpadean un par de veces y las sombras danzan en círculos. El patíbulo se sume en la oscuridad. Los robots desaparecen. Las esposas magnéticas chasquean al abrirse. ¡Clic! ¡Clic! Se ha producido una falla de energía.

Omar está a salvo. La alegría casi le produce un infarto. Da gracias a la profunda negrura que lo rodea. Él sabe que es la oportunidad de escapar. La prisión entera depende de la electricidad. Las puertas, las videocámaras, las alarmas, los sensores, los cerrojos y los carceleros, nada funciona ahora. Huir de allí sería sencillo, andando despacio, a tientas y con cuidado. No obstante, Omar no se anima a dar el primer paso. Juzga la oscuridad demasiado frágil. Teme romperla estrepitosamente con el primer movimiento y que la electricidad regrese sin demora.

Por un rato examina el telón oscuro. Omar jamás había estado en un apagón. Desde hacía siglos que no ocurría una interrupción en el suministro de energía. Ahora sucede en el instante preciso para salvar de la muerte a un condenado. Resulta obvio que algo anda mal. Omar no considera posible que la prisión entera pierda la energía. Por lo menos los robots deberían contar con baterías de reserva. Puede tratarse de una trampa psicológica. Pretenden darle esperanza al condenado y arrebatarla cruelmente al primer pretexto. Pero él sabe que semejantes trucos inhumanos no son propios de las máquinas. Quizá la oscuridad es causada por un evento mayor, podría tratarse de una falla generalizada, tal vez el mundo entero se encuentra a oscuras.

Omar entiende que el apagón es una oportunidad más allá de la salvación personal. Se trata de una oportunidad para la humanidad entera. La metrópolis sumida en sombras es un escenario inigualable para que la insurrección se reavive. Sin energía no funcionan los sistemas de vigilancia, tampoco los sistemas de defensa. Si logra salir se unirá a los rebeldes. Se organizaran, tomaran las calles, levantarán barricadas, encenderán hogueras y acabaran con las máquinas. Sin embargo, Omar no da un paso adelante. La negrura le produce un miedo atávico, como a un cavernícola supersticioso. Teme tropezar, teme extraviarse, teme encontrar un rostro horrible en la oscuridad. No logra hacerse una idea del mundo sin luz. Todas las cosas serán distintas. Sabe que bajo el perpetuo alumbrado público se cometieron los peores crímenes, ¿Que horrores suceden en la penumbra?

Omar imagina a la gente sorprendida por el apagón a mitad de la vida cotidiana. Algunas personas no terminan de ver su programa favorito de televisión, miran confundidos la pantalla negra. Otros descubren la comida medio congelada en el horno de microondas, se resignan a masticar escarcha. Sin duda unos pocos sufren inconvenientes mayores. La falla de electricidad ocasiona accidentes, probablemente. Semáforos apagados, elevadores sin energía, aeronaves que no encuentran la pista de aterrizaje. Ocurren muertes, muertes que no estaban determinadas como la suya. Ellos contaban con una larga vida que pierden sin aviso. En cambio, él goza de tiempo más allá del plazo, minutos que desperdicia quieto como una estatua.

Las ganas de orinar se insinúan con lentitud. Durante su última comida, Omar probó todas las bebidas que ofrecía la máquina expendedora: vino, café, refresco, malteada, agua. Nunca contó con que viviría lo suficiente para sufrir el inconveniente de vaciar la vejiga. ¡Pinches riñones que funcionan sin electricidad!, reclama en la oscuridad. No le cabe la idea de buscar un escusado en algún rincón de la prisión. Se siente como un niño cobarde que no abandona la cama para ir al baño por la noche. No se atreve ni a girar, abrir el uniforme y soltar el chorro ahí mismo. Intenta distraerse con cualquier pensamiento insignificante, pero su memoria no logra despegarse de la máquina expendedora que sirvió vaso tras vaso de vino, de café, de refresco, de malteada, de agua.

Omar continúa de pie en el patíbulo. Las ganas de orinar se convierten en una punzada que sube por el abdomen. También las piernas comienzan a acalambrarse. Podría descansar sentado en el sitio donde se encuentra. O por lo menos hacer unas sentadillas para estirar el cuerpo. Pero moverse le provoca vértigo, porque no alcanza a distinguir el piso. Sólo percibe la parte abajo de sus pies. Imagina que todo el mundo desaparece, salvo la pequeña superficie abajo de sus pies. Se encuentra al borde de un abismo sin saberlo. Habita una pequeña isla, rodeada de un mar oscuro y tranquilo. Un paso adelante desvanecería esas ensoñaciones, pero le costaría la vida si se equivoca.

Trascurrido un rato muy largo, los ojos de Omar se acostumbran a la oscuridad. Logra ver a los robots que permanecen inmóviles frente a él. Tienen las cabezas caídas, los focos apagados, pero aun están apuntándole con sus armas. Parecen viejos caparazones de langosta. Podría ir allá y derribarlos. Después aplastar sus cabezas hasta que salten los circuitos. Pero los robots le provocan un temor mayor que antes, porque están apagados ahora. Para Omar, como para cualquier individuo de su época, resulta inconcebible la noción de una máquina apagada. Los robots son abominables, no muertos, no vivos, permanecen en guardia, como demonios agazapados. Estoy en el infierno, se le ocurre a Omar, fatídicamente. Ya me mataron y estoy en el infierno. Eso explica que siga preso de tinieblas eternas (con ganas de orinar).

Las lámparas se encienden y encandilan a Omar. ¡Clic! ¡Clic! Las esposas magnéticas se cierran. La electricidad vuelve tan súbitamente como desapareció. El mundo reaparece frente a él, igual de verídico y terrible que al principio. El pelotón de robots se reactiva. El robot tabernáculo entona el salmo: “fzz quita mi pecado con hisopo y seré limpio fzz Lávame y seré más blanco que la nieve fzz.” La energía se concentra en el cañón de las armas. El resplandor deslumbra los muros. A pesar de todo, Omar, eres un tipo muy cobarde, piensa el condenado. La fulminación lo desintegra antes que la primera gota abandone su uretra.

Sobre el autor: Krsna Sánchez – Nació en Michoacán en 1988. Vive en Guadalajara. Escribe cuentos fantásticos y de ciencia ficción. Ha publicado en varias revistas, como La Cigarra, Himen, El perro, La Higuera, MonolitoMorbifíca. También ha publicado relatos en el sitio web Hybris.

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