2do Concurso de Cuento y Poema de Ciencia Ficción “José María Mendiola” Primer Lugar Cuento – “Mis primeras palabras”

Yo sabía que vendrían. Desde que tenía seis años tenía el día marcado en mi calendario. El día en que conocería a mi verdadero amor. Bueno, no exactamente, pero estaría a un paso más cerca de encontrarlo. Recuerdo el día que mis padres me enseñaron sus palabras. El día en que empecé a escribir en mi diario, donde anotaba las primeras palabras que me dijera cualquier persona que conocía. Mi madre, en la parte interna de su brazo izquierdo, escrito en letras negras tenía “¿Sabes dónde está la biblioteca?”. Mi padre, en su pierna derecha, a la altura de la rodilla tiene escrito “Al final del pasillo.” A los seis años mis padres me explicaron que estas palabras aparecen al cumplir los 18 años, las primeras palabras que te dirá tu alma gemela. ¿Por qué aparecen? Nadie lo sabe. Nadie se ha molestado en preguntar. Simplemente es algo que pasa y ya. En cambio, yo estaba llena de preguntas. ¿Qué pasa si me alma gemela es muda? ¿Qué pasa si lo conozco antes de que cumpla los 18 y olvido las primeras palabras que me dijo? ¿Qué tal si mis palabras son tan comunes que cualquier persona puede decírmelas? ¿Qué tal si resulta ser “Buenos días” o “Salud”? Desde los seis años me persigue este constante miedo de jamás encontrar a mi alma gemela. Mi madre sólo me aconsejaba que no debía de preocuparme, que faltaban muchísimos años para que mis palabras aparecieran y que cuando lo hicieran, todo sería más fácil. Pero los años pasaron. Son las 11:57 p.m. y en tres minutos es mi cumpleaños. Estoy nerviosa, ansiosa, esperanzada de que todo salga bien. Mantengo mi diario abierto, leyendo las primeras frases que me han dicho todos lo que conozco. Pero solo hay una que me importa. “¿Este asiento está ocupado?” Esas cuatro palabras fueron anotadas en mi cuaderno de manera cotidiana y jamás sospeche que fueran a significar tanto. Al pasar el tiempo, ese chico que se había sentando a mi lado en el metro se había vuelto mi mejor amigo. Después, se convirtió en muchísimo más: El amor de mi vida. Yo, siendo unos meses mayor que él, sería la primera en descubrir nuestro destino. Está mañana me preguntó qué íbamos a hacer si aparecen otras palabras que no fueran las suyas. Yo le dije que eso no pasaría.

Miro el reloj fijamente, retándolo a que avance más rápido. Es curioso como un minuto nos parece tan pequeño, pero en estos momentos me parece tan eterno. Los segundos pasaron y el reloj marcó las doce. Busqué desesperadamente por todo mi cuerpo. Brazos, piernas, pecho, estomago. No encontré nada. Corrí al cuarto de mis padres, prendí las luces y empecé a gritar “¡No encuentro mis palabras, ayúdenme por favor!” Mi madre me abrazó. No me di cuenta en qué momento empecé a llorar pero mis mejillas estaban húmedas. Tampoco me di cuenta en qué momento mi madre me quito la blusa. Su voz me sonaba lejana, como si yo estuviera debajo del agua; “Cariño, cálmate. Están en tu espalda, todo está bien.”Detuve mi llanto pero no fue por mucho. Suplicaba, gritaba con todas mis fuerzas que me dijera que decían esas palabras. Ya no soportaba esta incertidumbre.

“A veces a mí también me gusta ver el atardecer.”

Mi llanto volvió, con muchísima más fuerza. Sé que suena exagerado, pero yo sentía como se me rompía el corazón. Corrí a mi habitación y cerré la puerta con seguro. Me veo en el espejo, volteando el cuello para intentar ver esas palabras yo misma. Corro por mi libreta, leyendo cada una de las frases anotadas aunque yo ya las he memorizado todas. Ninguna era tan absurda como la que me marcaba la espalda. Estiré mis brazos y empecé a rascarme la espalda. Lo que quería era rasgarla para siempre y arrancar esas malditas palabras de mi piel. Sentí ardor y dolor, y al verme las manos mis uñas tenían sangre. ¿Cómo podía estar enamorada de la persona incorrecta? ¿Cómo le iba a explicar que lo que sentimos… nada de esto tiene sentido? No somos almas gemelas. No deberíamos de habernos enamorado. Pero lo hicimos. Y yo no me arrepiento de nada. ¿Quién es el que decide por mí a quien debo amar? ¿Este Dios en serio piensa que le diré al hombre que amo “Lo siento, dijiste las palabras equivocadas cuando nos conocimos, debemos de terminar”? Porque eso no va a pasar. A la mierda el destino, yo voy a tener mi propia historia de amor. Ya conocí el amor de mi vida. Y jamás voy a ver ni un puto atardecer. Puedo renunciar a eso. Para mí, nuestro amor vale muchísimo más que el mismo sistema solar. Que se lleven a este amor verdadero que me parece tan falso, yo no lo quiero. Regrésenme mi ignorancia. Desearía regresar en el tiempo y nunca cumplir 18. Llevo cinco minutos con mi mayoría de edad y la vida ya me ha escupido en la cara y se ha reído de mí. No puedo dejar de llorar.

Desperté. Sonreí. Todo fue un sueño ¿verdad? Vi mis uñas, aún manchadas de sangre seca. No fue un sueño. Estaba viviendo en esta realidad. Una realidad donde el amor no puede escogerse y la vida sigue siendo una tragedia griega, todos en espera de un destino fatalista del cual no se puede escapar. No me levanté de la cama. No salí de mi cuarto a la hora de desayunar, ni a la hora de comer, ni tampoco a cenar. No respondí sus llamadas. No quería, ni podía escuchar su voz.

Al día siguiente planeaba seguir con mi misma rutina. Llorar, dormir, escuchar música triste que me orillara a llorar todavía más y volver a dormir. Mis padres se opusieron. Me sacaron de mi habitación casi a la fuerza y me obligaron a comer un poco. Me dicen palabras que pretenden ser reconfortantes, tratan de calmarme. Dicen que mi futuro será tan brillante que ya ni si quiera pensaré en mi pasado. Creo que mis padres no están conscientes de que en estos momentos no existe ningún pasado el cual olvidar. Vivimos en el presente y me duele muchísimo. ¿Qué consuelo puede darme el futuro y la esperanza de que este dolor disminuya? Mi padre dice que antes de conocer a mamá él tenía una novia. Cuando supo que ella no era su verdadero amor, ambos lo hablaron y decidieron terminar. Decidieron darse la oportunidad de ser verdaderamente felices. Mi padre, con sus ojos cansados y su bigote desarreglado había arriesgado todo por una mujer que su cuerpo le gritaba que era la ideal para él. Yo no tenía ganas de correr riesgos. Quería seguir con mi felicidad y no emprender una búsqueda incansable que pudiera tardar años sólo buscando una felicidad aun mayor a la que ya tengo. Tal vez el ni siquiera vive aquí. Puede encontrarse a miles de kilómetros de distancia. Esta alma gemela me parece que no vale la pena.

Decidí salir de la casa un rato. Caminé sin rumbo hasta que terminé en un parque por el cual paso todos los días para llegar a la escuela pero jamás antes me tomé la molestia en detenerme. Me senté en una banca y miré al horizonte. El cielo empezaba a cambiar de color. Por unos segundos me olvidé de todo, me olvidé de mi tristeza y mi odio. No podía permanecer enojada con un Dios que me regalaba tan hermosa vista. Un labrador pasó a mi lado con su lengua fuera del hocico y su cola moviéndose rápidamente. Su dueña era una chica que a veces veía por el vecindario, nos sonreíamos cortésmente pero jamás habíamos hablado.

La chica se sentó a mi lado y por primera vez, luego de tantos años de ser amables desde la distancia, esa chica decidió hablarme:

“A veces a mí también me gusta ver el atardecer.”

Sobre la autora: Anakaren Pérez Casas – Nacida en Torreón, Coahuila, México el 23 de Abril de 1998. Actualmente estudia su ultimo año de preparatoria

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